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| Análisis |
Mujeres y ámbitos de autoridad
Las palabras cuentan, y su género cuenta también, pues a través de ellas se expresa la cultura, y la autoridad. Como las palabras, las culturas y sus jerarquías se atienen a clasificaciones y categorías en las que el sexo es un valor y el género un carácter cultural y ambos pueden reforzarse y debilitarse entre sí. Tomar a la mujer como agencia en la generación de saber, en la autoría, ha centrado y sigue centrando los estudios feministas, en cualquiera de sus tipos, de sus variedades más o menos divergentes.
Mª Jesús Santesmases
Departamento de Ciencia,
Tecnología y Sociedad
Instituto de Filosofía CSIC
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Los estudios feministas tienen cada vez un papel más influyente no sólo en el conocimiento que las mujeres tienen de sí mismas, sino por el reconocimiento de su participación en la construcción del saber sobre el mundo
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La función que las sociedades antropocéntricas desde la edad moderna han atribuido a las mujeres, ha tratado de legitimarse sobre la forma –las formas de los cuerpos, la que adquiere en el embarazo– especificidades que esas culturas han situado en la categorías social de las mujeres, en ausencia de reconocimiento a su participación en la propia estructuración social y en la generación de mecanismos por los que se adquiere conocimiento y se distribuye reconocimiento.
El ámbito del cuidado
Una de las explicaciones que se han dado para el relego de las mujeres al espacio doméstico desde la primera ola de la revolución industrial fue que ese proceso tuvo lugar cuando la producción se trasladaba del mundo doméstico a las fábricas. Con el fin del artesanado como fuente de producción y de los privilegios aristocráticos, las nobles y aquellas que trabajaban en talleres domésticos donde el conocimiento transmitido por vía oral era la principal vía de entrenamiento, ven cerrarse el acceso informal tanto a su aportación al saber y a sus prácticas, como a la construcción de su propio papel socio-cultural.
Los hombres salieron de los hogares para trabajar en esas fábricas, mientras las mujeres se quedaban, a parir, a alimentar a la prole y a cuidar a las familias. Esas actividades tan profundamente humanas del cuidado, que durante siglos mantuvieron a las mujeres como agentes de salud, en las actividades de trato y cura de enfermos, son uno de los ámbitos en los que ha obtenido autoridad. Pero la institucionalización de la medicina, de la formación especializada, ha trazado fronteras, ha puesto límites y levantado barreras que durante siglos –las medievalistas documentan este asunto en el caso de las sanadoras– han dificultado el reconocimiento de espacios de autoridad, de saber y de práctica experta a las mujeres.
El espacio doméstico como espacio de conocimiento
El espacio doméstico, por su parte, ha sido usado con eficacia por las mujeres. Astrónomas, botánicas, genetistas fueron algunas de las que en el jardín de su casa, o de la ajena, observaron los cielos, estudiaron plantas y animales, y sus notas, dibujos, tablas y escritos han engrosado el saber de apariencia neutral que ocupa los manuales y que, sin embargo, esconde el trabajo de muchas mujeres. Ese espacio de conocimiento, espacio físico en el hogar y espacio mental y simbólico de pensamiento y cultura, ha sido ocupado por las mujeres, que han negociado su presencia pública con éxito desigual en distintos periodos de la historia.
Ese espacio doméstico no ha sido siempre el mismo, ni igual para todas. Unas se refugiaron en su propia casa; otras se recluyeron, en los conventos; cuando se crearon, las residencias de mujeres estudiantes fueron un ámbito de reconocimiento tanto como de formación, y en muchos casos de producción de saberes. Muchas optaron por tratar de tener presencia permanente en trabajos especializados –los de las parteras están bien documentados–, pero esos oficios que desempeñaron cuando las fronteras disciplinares y de autoridad jerárquica masculina no estaban dibujadas se desvalorizaron después. Al institucionalizarse las universidades, esos templos del saber consagran la autoridad masculina y el acceso a la educación se hace una ambición de difícil satisfacción para las mujeres. Su presencia entre estudiantes de medicina se discute, se critica y se intenta evitar desde que se producen los primeros intentos.
Masculinización del poder
El refuerzo mutuo, entre mujeres, ha sido un mecanismo quebrador de tendencias andróginas. Muchas veces la inspiración ha consistido en seguir vías trazadas por otras mujeres, recorrer caminos ya marcados por otras y en caso de procesos de apertura de nuevos espacios, científicos y profesionales, explorar vías nuevas. Pero el sexo biológico ha sido la herramienta esgrimida por las sociedades tanto en su organización como en el establecimiento de normas andróginas para establecer jerarquías. La autoridad era de los hombres y esa masculinización del poder ha generado, por su parte, necesidad en las propias mujeres de reconocerse autoridad entre ellas. De ahí procede buena parte de los esfuerzos de las mujeres por explorar historias y vidas de otras, y se ha encontrado a tantas que sabemos hoy que basta con buscarlas para que aparezcan desempeñando tareas sociales, familiares y profesionales, dentro y fuera del mundo doméstico.
Por eso también el sexo ha sido cuestionado como criterio de clasificación y de orden social. Las mujeres han participado en trabajos que desdibujan las fronteras entre los sexos, a través, desde hace más de un siglo, de sus estudios sobre transexualismo, determinación del sexo biológico en una creciente variedad de tipos de seres vivos, incluidas las personas. Las certezas en la identificación del sexo en muchos casos no son posibles, gónadas de tamaños de difícil clasificación, intercambios de sexo en algunas especies, sugieren que hasta la identificación sexual puede cambiar, puede funcionar como una elección. Al vestirse y al andar, al observar y al sentir el propio cuerpo se construye la identidad, y no sólo al dejar actuar a la biología.
Los estudios feministas
Los estudios feministas han tenido y tienen un papel cada vez más influyente en el conocimiento que las mujeres tienen de sí mismas. No sólo por la identificación de un número creciente de mujeres que ha tomado parte en la construcción del saber y de sus prácticas; también por medio del reconocimiento a la participación de estas en la construcción del saber sobre el mundo, del conocimiento como fuente de autoridad susceptible de ser reconocida como tal por las jerarquías sociales, profesionales y académicas en cada momento histórico concreto. La sabiduría, la mirada al cielo y a la tierra con consecuencias sobre el trabajo diario, sobre la alimentación de la prole, sobre la educación, la nutrición, la salud, el parto, las plantas y los animales domésticos y de granja, son dominios de actividad en los que hoy sabemos que las mujeres han tenido una función permanentemente creadora.
Devueltas al hogar
Las dificultades de las mujeres por obtener reconocimiento de y entre sus pares hombres han sido enormes, pero ello no las ha hecho dudar de poseerla. En muchos casos, esa ha sido una certeza necesaria. Han visto el mundo desde otro lado, con otro foco, y con otras emociones también. Y muchos hombres han apoyado sus actividades; de otra forma, en muchas ocasiones esas no habrían sido sino transparentes para la sociedad y sus jerarquías. Sin embargo, no hay un progreso que haya hecho que la autoridad les haya sido reconocida de forma paulatinamente creciente, no se ha producido un crecimiento permanente de su participación en la construcción de autoridad. Por el contrario, lo que los estudios muestran son discontinuidades recurrentes, guerras y epidemias, crisis y periodos de crecimiento económico a lo largo de los cuales el protagonismo social de las mujeres ha sido aceptado y sucesivamente cuestionado y relevado por la autoridad y la poderosa presencia de muchos hombres que las devolvían al hogar. El regreso de los ejércitos tras las contiendas, la superación de epidemias y de crisis produjeron nuevas normas que fortalecían jerarquías androcéntricas. Los hombres que habían combatido, los que habían sido heridos y mutilados tenían preferencia sobre las mujeres en el reparto de puestos profesionales al regreso de las trincheras; y los lugares que ellas habían ocupado, las funciones sociales que ellas habían desempeñado con eficacia, se devolvían a sus verdaderos dueños.
Sin que intervenga el abuso
Mientras tanto, muchos hombres, ya se ha dicho, han querido hacerlas hueco; como alumnas, como parejas sentimentales, como hijas contaron con ellas en empresas que ellos mismo emprendían, y de las que fue imposible tratar de apartarlas en muchos casos una vez consolidadas esas empresas en forma de disciplinas e instituciones políticas y académicas. Hermanos, mentores, padres, maestros han tenido una función singular, original en el establecimiento de una autoridad femenina, de un saber con efectos familiares y sociales cotidianos. Ese impulso inicial a la formación y a la participación de las mujeres ofrecido por mentores es siempre una moneda de dos caras, una de ellas es precisamente ese impulso, pero la otra es la invisibilidad que se aprecia al destacar el mentor, pues las mujeres permanecen en segundo plano a menos que logren negociar su propio espacio independiente de reconocimiento.
Quizá una de las principales fuentes de satisfacción y sosiego intelectual de las mujeres proceda de lo que otras proporcionan: saberse mujeres en un mundo sesgado. Conocer esos sesgos da, creo, cohesión a las mujeres como grupo que adquiere conocimiento especializado no siempre reconocido por las jerarquías sociales, profesional y culturales, pero sí por colegas del mismo sexo. Se trata, como explica Teresa Ortiz(1), de participar en la construcción de autoridad por el respeto a la disparidad, de aceptar la diversidad de necesidades y ambiciones sin que intervenga el abuso.
1. Teresa Ortiz, 2006: Medicina, historia y género: 130 años de investigación feminista (Oviedo: KRK).
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Marzo 2007 Número 943
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| Poder, autoridad y mujeres |
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Ser mujer en la sociedad de hoy parece que exige pasar por esos desplazamientos que se han producido en buena parte de la población femenina buscando posibilidades de libertad personal. Sin embargo, en cualquiera de ellos queda el deseo de no olvidar las dinámicas de relación que hacen posible encontrarse y reconocer autoridad femenina; de encarnar estilos de presencia y de intervención que no se identifiquen con el “poder culturalmente reconocido y legitimado”; de cuestionar muchas de esas formas de ejercerla; de hacer circular autoridad como una de las cualidades simbólicas de las relaciones, sin la cual es difícil percibir los significados que recorren las trayectorias femeninas hoy y antes, darse cuenta de las tramas que guían en ese tejer aspiraciones y voluntades para el que se necesita holgura.
La evidencia en tantos lugares no permiten negarlo. Siempre hay algunas cerca. Mujeres en el ejercicio de autoridad y mujeres en las que se confía y a las que se reconoce allí donde están; que ponen en juego todo su talento, y son puente para otras a quienes sostienen en ese querer más al que aspiran.
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