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Análisis

Jóvenes en peligro


Si el filósofo inglés John Locke volviese a escribir hoy su “Tratado sobre el Gobierno Civil”, posiblemente se lo pensaría dos veces antes de defender que una sociedad bien estructurada es aquella que se organiza mediante la división de tres poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial.
Y no digo esto porque alguno de los poderes citados por Locke y popularizados por Montesquieu no tengan que existir, sino porque en nuestra sociedad actual ha cobrado una fuerza extraordinaria un cuarto poder que configura formas de pensar, crea modelos de identificación, sustituye valores y modela a las generaciones más jóvenes. Lógicamente estoy hablando de los medios de comunicación.
Fernando García
Profesor de Salesianos El Pilar (Soto del Real).


En la extensión del relativismo ético y del subjetivismo que encarcela en una profunda soledad, se han comprometido de una forma muy especial los medios de comunicación social, auténticos adoctrinadores.

En el último trimestre de curso tuve unas jornadas de convivencia con mis alumnos de primero de Bachillerato. En ellas estuvimos analizando algunos cortes de alguna de las series que ellos siguen semana a semana. Arrancados de la atonía del sillón de su casa y activada la capacidad de reflexión, me llamó poderosamente la atención que la mayor parte de la clase estaba de acuerdo en asegurarme que el retrato de los jóvenes que se pintaba en las escenas seleccionadas era una caricatura. La vida es otra cosa…
¿Estáis seguros?, les dije. ¿Vuestra vida es sexo a todas horas, y coqueteo con las drogas, como se pinta en la última película española destinada al público adolescente? Recuerdo muy bien la respuesta de Rosa:–Nando, a mí me fastidia que nos pinten a todos así, pero la verdad es que estas cosas hacen daño porque te van creando un modelo y parece que no se puede ser de otra manera. –Eso es una tontería, dijo Dani, todo el mundo sabe que una peli es una peli y una serie es una serie… –¿Seguro?, volví a repetir. Porque yo no estoy tan seguro. Las cosas calan y los valores cambian…
El proceso de normalización
Basta un sencillo diálogo con los jóvenes para tomar conciencia del profundo relativismo que marca sus puntos de vista sobre la vida. Lo que tal vez ellos no se han parado a pensar es que esta actitud con la que juzgan actitudes desde criterios en los que todo vale, todo es igual de bueno y allá cada uno con sus ideas… lejos de ser una conquista de la libertad es en realidad un compañero de camino bastante cruel con ellos mismos.
Durante siglos los principios morales han servido de ayuda a millones de personas para orientarse en la vida, para elegir qué camino seguir, para distinguir entre el bien y el mal. Abolidos estos principios al joven se le abandona a su suerte sin lugares donde agarrarse. Si todo depende, si todo es subjetivo, si nada es preferible sobre su contrario, ¿cómo poder elegir lo que conviene? ¿cómo buscar la felicidad?
Y en la extensión de este relativismo ético y de este subjetivismo que encarcela en una profunda soledad, se han comprometido de una forma muy especial los medios de comunicación social a los que he hecho referencia, auténticos adoctrinadores de nuestros adolescentes y jóvenes.
La frontera entre el bien y el mal o entre lo adecuado y lo inadecuado se ha borrado por medio de un proceso de normalización ejercido sobre todo desde diversas series televisivas. Enchufas el canal tal y te encuentras con una serie, seguida por un montón de muchachos, donde el modelo de familia es un auténtico caos, donde uno ya se pierde para designar el parentesco que une a los que viven bajo el mismo techo, y esto a fuerza de verlo acaba siendo lo normal. Cambias a la serie cual y ahora lo que aparece con toda normalidad es un instituto donde una profesora se lía con un alumno o donde se fuma marihuana ordinariamente… y a fuerza de verlo, acaba siendo un comportamiento normal. Y así mediante este proceso deseducativo lento, firme y seguro, la cátedra televisiva moldea a nuestros jóvenes a la imagen y semejanza de los progresistas productores de estos seriales.
El resultado es ciertamente preocupante. Normalizada la marihuana, las drogas de diseño, las relaciones sexuales precoces, el alcoholismo… resulta ciertamente difícil proponer alternativas. Y lamentablemente este proceso ya está hecho. Nadie se extraña de que se fumen porros en cualquier esquina o de que sea realmente fácil conseguir droga en una discoteca. Nadie se extraña de que los adolescentes hayan hecho del sexo algo totalmente desvinculado del amor de una pareja estable. El proceso de normalización de todas estas conductas ya ha actuado y por ello en un gran número de jóvenes no existe ni sentido de culpa, ni sensación de actuar adecuada o equivocadamente.
Pero a la larga, este relativismo que habita en tantos jóvenes, acaba apagándoles la pasión, adormentándolos en una atonía del presente donde ya han hecho todo demasiado deprisa y demasiado pronto.

La crisis de la familia y de la escuela
Ahora bien, ¿porqué estas conductas que ven en la televisión influyen tanto en los chicos? Es evidente que los adolescentes siempre han tenido modelos pero tal vez la gran diferencia que existe hoy en día es que las dos estructuras más importantes en la tarea educativa de los chicos, la familia y la escuela, destinadas a filtrar y canalizar estas influencias externas, se encuentran en una profunda crisis.
En un libro que he leído recientemente, el psicólogo italiano Umberto Galimberti sintentiza esta crisis con crudeza: “La identidad se construye a partir del reconocimiento del otro. Si este reconocimiento falta, como le falta siempre al que va mal en la escuela, la identidad que es una necesidad absoluta para cada uno de nosotros, se construye en otra parte, en todos aquellos lugares, excluida la escuela, donde se puede obtener un reconocimiento. Si falla la escuela y falla la familia, sólo queda la calle, y la calle forjará aquel nivel de reconocimiento que la calle puede conceder. Sexo y droga aparecen como formas exasperadas de reconocimiento porque otras formas más adecuadas no se han ofrecido”.#
Efectivamente, la familia sufre día a día la difícil relación entre jóvenes y adultos. Mi contacto cotidiano con los padres me permitiría compartir con vosotros una decena de casos sin apenas esforzarme. Desde la madre de una alumna de bachillerato que me suplica que hable con su hija porque es incapaz de entender que en esta vida hay que tener ciertos límites (llámese hora de volver a casa, uso de internet, o formas de divertirse) hasta aquellos padres que dicen que ya no pueden más y claudican ante la imposibilidad de hacerse con sus hijos en temas de disciplina, autoridad, estudio o comportamiento.
Igualmente, la escuela cada día tiene más dificultades para enfrentarse a una tarea que aúne lo educativo con lo académico. La pérdida de autoridad de los profesores, los problemas de convivencia entre los chicos, el aumento del fracaso escolar, la venta de droga en las puertas de los institutos, la generalizada falta de esfuerzo y de espíritu de superación son algunas manifestaciones del mal provocado por la inversión de valores que se ha operado en nuestra sociedad occidental.
Tal vez esta crisis, de la escuela y de la familia, sea una de las situaciones más graves a las que nos enfrentamos aquellos que intentamos compartir vida con los jóvenes para ayudarles a construir su propia identidad. Y para esa tarea ineludible de la educación como es ayudar a los chicos a ser ellos mismos, con unos valores sólidos, es necesario realizar una denuncia más. La denuncia de una cárcel que aprisiona a muchos chicos en un frenesí de placer y diversión: la cárcel del exceso.

La cárcel del exceso
Mis alumnos de primero de bachillerato saben que cada vez que pronuncio el nombre de Kant deben hacer una ligera inclinación de cabeza en actitud de reverencia. En realidad pocas veces lo hacen por la profunda influencia que sobre ellos tiene, su padre adoptivo, don Federico Nietzsche, patrón no oficial del botellón y otras expresiones del fluir de la vida…
Yo creo que la vida está para disfrutarla y que nada debería separarnos del objetivo más noble de esta vida que no es otro que el de alcanzar la felicidad. Los deseos, necesidades, ilusiones, placeres… no son algo para ser aniquilados, sino que son el campo abonado en el que puede germinar y crecer, cada una de nuestras vidas.
Ahora bien, me parece que junto a cada uno de los deseos que nosotros podemos tener, siempre aparece un límite que lo marca, lo sitúa y lo hace realizable. Los límites vienen marcados por lo que somos, tenemos, podemos o hacemos.
La cultura del exceso, vende a los jóvenes la eliminación radical de los límites para conseguir la absoluta libertad de los deseos. Profetas de diversa índole proclaman esta nueva libertad sin horas, sin normas, sin reglas, sin presiones. Es precisamente entonces cuando el exceso se convierte en una cárcel.
Hay dos fenómenos, ampliamente extendidos entre los adolescentes y jóvenes, que manifiestan este encarcelamiento en el exceso. Uno es la ruptura o la relación difícil con sus padres, como representantes de una serie de normas, de las que se quieren liberar. Otro es el consumo excesivo del alcohol o de las drogas, como medio, cada vez más socialmente aceptado, para prolongar una diversión que necesita “ayudas” externas que superen los límites que marca el mismo organismo.
Desprovistos de una relación cordial con sus padres o coqueteando con el alcoholismo y la drogadicción, muchos jóvenes viven encarcelados tras los dulces barrotes de una cultura que les invita a ser libres disfrutando sin límites de sus deseos.
¿Se puede ser así feliz? No digo si así se puede pasar un buen rato o si se puede disfrutar. Me pregunto si se puede ser feliz sin una armonía entre deseos y límites. Y al hablar de armonía entro en el último punto que quiero tratar en este artículo que se me ha pedido sobre los jóvenes: la educación del corazón y de las emociones.

El analfabetismo emotivo
“Hoy la educación emotiva se deja a su ser y todos los estudios y estadísticas están de acuerdo en señalar la tendencia, en la actual generación, a tener un mayor número de problemas emotivos respecto a la generación precedente. Y esto porque los jóvenes están más solos y más depresivos, más rabiosos y rebeldes, más nerviosos e impulsivos, más agresivos, y por ello menos preparados para la vida porque están privados de aquellos instrumentos emotivos indispensables para poner en marcha comportamientos como autoconciencia, el autocontrol, la empatía, sin la cual serán capaces de hablar pero no de escuchar, resolver los conflictos y cooperar”(1).
Un día en clase realice una síntesis sobre el pensamiento postmoderno. Mis alumnos iban escuchando algunas ideas que preten- dían describir elementos característicos de la cultura actual: relativismo ético, pensamiento débil y fragmentado, pérdida de la visión lineal del tiempo, caída de los grandes relatos, victoria de la estética sobre la ética, reducción de la ética y de la religión al ámbito de lo privado, victoria del sentimiento sobre la razón, lógica consumista…
Terminada mi explicación me pareció oportuno escuchar su opinión. Y tú, ¿cómo te ves? ¿con cuál de estas caractarísticas te sientes más identificado? Me sorprendió la unanimidad con la que la clase se decantaba por dos ideas: nos manejamos a golpe de sentimiento y lo tenemos todo.
Bajo la primera expresión, “nos manejamos a golpe de sentimiento”, se expresa ese analfabetismo emotivo en el que habitan tantos jóvenes. Lo que te pide el cuerpo se presenta como criterio de actuación; el autocontrol y el autodominio son expresiones de los valores superados en esta sociedad progresista; la identificación del “bien” con el “sentirse bien” se convierte en el nuevo sustitutivo de la ética. ¿Y con esto qué pasa? Que nuestros jóvenes, lejos de haberse liberado de la tiranía de la razón, de las ataduras de la moral o de la autoridad de los padres, se encuentran sólos, abandonados y con serias dificultades para construir una personalidad equilibrada donde las decisiones de la vida cambian de golpe según los vaivenes propios del mundo de los afectos.
Si en casa no hay una comunicación afectiva y si en el colegio no se encuentra un ámbito calido, el adolescente queda reducido a la panda de amigos y a la lógica de mercado de los medios de comunicación, desde donde se le invita con una irresponsabilidad increíble al sexo rápido y fácil, al alcohol o incluso, a pesar de toda la campaña gubernamental de los planes nacionales, al consumo de drogas.
Si a esto le añadimos que para un porcentaje altísimo de adolescentes la comunicación virtual a través de tuenti/i> u otras redes llamadas de socialización, tiene más peso en sus vidas que la comunicación real, no nos podemos extrañar que estemos formando para el futuro una generación afectivamente inestable con serios problemas para adquirir una personalidad fuerte que les permita afrontar con éxito los reveses de la vida.
Y es que la personalidad se forma a partir de la alteridad. Si hasta para algo tan básico como es adquirir la posición erguida necesitamos en nuestros primeros años de vida la observación de otros seres humanos, cuánto más son importantes los adultos para que los jóvenes vayan adquiriendo en los momentos de la adolescencia y juventud estrategias de autocontrol, de dominio de sí, de aceptación de uno mismo y de los demás, de comunicación de los afectos y sentimientos…
Cuando un chico vive a sus 16 años un desierto afectivo es muy fácil que surjan comportamientos violentos, depresivos, ausencia de ganas de vivir, instrumentalización del sexo sin una referencia a los sentimientos. Los estudios nos sorpenden mes a mes señalándonos el aumento de número de suicidios entre los jóvenes y la reducción cada vez mayor de la edad de inicio del consumo de alcohol, drogas o de relaciones sexuales completas. Y a la raíz de todo esto, está el huésped nihilista que ha generado un individualismo exasperado y un sentido de la libertad hasta ahora desconocido, pero que en vez de ser auténticamente liberador, encierra a tantos jóvenes en una atmósfera de desencanto, de insinceridad y de aburrimiento.
No por acostumbrado, dejo aún de escandalizarme cuando cojo entre mis manos alguna de las publicaciones dirigidas hacia el público adolescente en las que se les invita a “hacerlo siempre con condón” a “disfrutar al máximo de tu pareja”… Cuando estas revistas son leídas por chicos y chicas, sobre todo chicas, de 13 años que no hablan de estas cosas con sus padres porque no existe este tipo de comunicación en sus familias y que están unidos entre sí por el tuenti donde publican fotos de todo tipo sin ninguna clase de pudor ni intimidad… ¿qué se puede esperar?
Y puede ser el caso, que la segunda parte de este problema emotivo surja o se engradezca por lo que mis alumnos me dijeron en mi clase de filosofía: “El problema es que tenemos de todo”. Son menores, no trabajan, no se esfuerzan por ganar dinero, incluso y en ocasiones no cumplen con sus obligaciones académicas… pero no les falta de nada. Se pueden permitir ir a esquiar en vacaciones, comprarse la ropa que les apetece o llevar el dinero que quieran en la cartera. Y así el pragmatismo económico que nos rodea se convierte en una especie de chantaje afectivo en el núcleo familiar. Los padres, desprovistos de autoridad y cansados de pelear, se ven obligados a negociar con sus hijos, a pactar y en ocasiones hasta aceptan el chantaje. Te doy esto a cambio de esto.
Deber, responsabilidad, autonomía, palabras que habrían sido invocadas en otro tiempo ceden ante el impulso nihilista del aquí y del ahora, ante el frenesí consumista, ante la orgía del placer y ante la abolición de las reglas, las normas y los horarios.
Y me pregunto, ¿nuestra generación de jóvenes es en realidad más libre por no tener hora de volver a casa, por iniciarse en las relaciones sexuales a los 15 años, por quemar etapas vertiginosamente en la carrera de la vida, por beber cuando todavía son unos críos, por tener privacidad en sus móviles y en internet, por poder abortar sin permiso de sus padres con 16 años cuando sin embargo hay que firmales una autorización para ir a un museo? ¿Ha hecho el nihilismo a nuestros jóvenes más fuertes emotivamente, más capaces de afrontar los problemas, más seguros de sí mismos, más equilibrados emocionalmente?
Me cuesta pensar que alguien pueda responder afirmativamente a estas preguntas. Por eso creo que la educación es el único camino para ofrecer alternativas a estos parásitos que los corroen por dentro para devolverles la dignidad y ayudarles a construir personalidades fuertes. Una educación que hable al corazón, que prevenga las situaciones de riesgo, que posibilite una presencia acogedora y cercana por parte del mundo de los adultos, tanto en el ambiente familiar como escolar. Una educación que prepare para el fracaso y para el éxito, para lo difícil y para lo fácil. Una educación que proponga metas y no encarcele en lo fugaz y lo instantaneo. Una educación que enseñe el valor de la espera, del control, de las normas, del deseo y de los límites. ©

1. GALIMBERT, U. (2007). L’ospite inquietante. Il nichilismo e i giovani. Milano:Feltrinelli, p.33.

2. Ibid p.48.



Septiembre - Octubre 2009 Número 963  
Los nuevos jóvenes II: La generación vulnerable
Para la Administración y las organizaciones sociales los jóvenes constituyen un importante grupo a tener en cuenta porque se enfrentan e interaccionan muy tempranamente con el mundo adulto. Hoy, un tercio de los jóvenes entre 12 y 18 años es sexualmente activo en contraste con el 25% que lo era hace diez años. También empiezan a beber antes y lo hacen con mayor frecuencia. Alcohol, drogas, sexo, violencia, agresividad... todos los temas del mundo adulto forman parte de la agenda diaria de los jóvenes. Apesar de esta vision negativa de nuestros jóvenes, lo cierto es que estamos obsesionados con ellos. Todas las instituciones civiles, empresariales, religiosas... quieren captar su atención para venderles productos, ofrecerles servicios o convencerles de algo. Y sin duda, por eso, los adolescentes suelen ser presa fácil de los mercaderes de imagen, de aquellos que venden superficialidad y frivolidad. ¿Hacia dónde debemos dirigir nuestros pasos para llegar a ellos? ¿Cómo podremos llegar a comprenderlos? ¿Cómo poder entrar en contacto con ellos siendo un colectivo tan escurridizo? Comencemos por aceptar que son distintos, una generación que ha nacido en un mundo completamente diferente al nuestro. Y seamos comprensivos, un joven de 16 años aún no puede tomarse el mundo tan en serio como nosotros (aunque por ley se les haya facilitado en nuestro país tomar decisiones muy graves). Escuchémosles, aprendamos. Esta revista está pensada para tender un puente entre adultos y jóvenes, para los padres preocupados porque no entienden a sus hijos, para los profesores que quieren comprender mejor a sus alumnos, para que usted, como lector, tome conciencia de su indiferencia hacia ellos y de que lo más importante en la vida es adelgazar de prejuicios y de incomprensiones.


Atrapados por el estrés
Adicciones que matan
La gramática del amor
La Iglesia que queremos
Educar las emociones
Los nuevos jóvenes II: La generación vulnerable
Los nuevos jóvenes I. ¿Imposible entenderlos?
Nacionalismos
Violencia de género, problema social
Enredados en la Red
 
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