18Septiembre2019

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Las estrategias retóricas del discurso político

Escrito por: David Felipe Arranz

"Yo tengo un sueño", de Martin Luther King

El reverendo baptista Martin Luther King jr. fue el primer líder del movimiento antisegregacionista del siglo XX, cuyo pistoletazo de salida tuvo lugar tras el Motín de Montgomery (Alabama) el 1 de diciembre de 1955, en el que Rosa Parks, una modista negra, regresó a su casa en autobús tras su jornada laboral y se negó a ceder su asiento a un hombre blanco, a pesar de las indicaciones del chófer. Siguiendo las leyes de Alabama, Parks fue ingresada en prisión hasta que un testigo ocular abonó la fianza para que no continuase allí, lo que motivó que el doctor Martin Luther King reuniera a los miembros de su iglesia para protestar contra esta terrible injusticia. En noviembre de 1956, la Corte Suprema de los Estados Unidos declaró inconstitucionales las leyes discriminatorias en los transportes.

En 1957, King junto con otros líderes negros creó la Southern Christian Leadership Conference (S. C. L. C.) para luchar contra las leyes estatales de discriminación en el transporte público que continuaban vigentes en muchos estados del Sur –a pesar de que la Corte Suprema de los Estados Unidos ya había modificado las leyes federales en 1956–. Por aquel entonces, King recorría Estados Unidos con un objetivo: contagiar a cada uno de los movimientos a favor de la minoría negra de su ideario pacifista. Para King, la democracia otorga al pueblo el derecho a protestar, pero sin odio ni violencia: "Nuestra regla será el amor al prójimo", proclama durante el boicot de Montgomery en diciembre de 1955. Sin embargo y a pesar de los reconocimientos tanto en Norteamérica como internacionales del movimiento de King, tanto el vicepresidente Richard Nixon como el presidente Dwight Eisenhower no fueron muy diligentes en el manejo de los tiempos a la hora de promover una legislación favorable al derecho al voto de los negros, ya que podrían perder votos en los Estados del Sur. Esta ralentización deliberada por parte del Ejecutivo estadounidense contribuyó al desarrollo de movimientos como el de Malcolm X y los Musulmanes Negros, que sí preconizaban la violencia como la única solución a la discriminación racial. De hecho, el radicalismo de estos sectores, liderados por Huey P. Newton o Bobby Seale, hizo que las propuestas de Luther King tuviesen una aceptación más popular.

En febrero de 1960 empezó una gran campaña a favor de los derechos civiles de la ciudadanía negra después de que un grupo de estudiantes afroamericanos se negara a abandonar un comedor reservado a alumnos blancos, en la ciudad de Greensboro, en Carolina del Norte. En este contexto, en agosto de 1963, tuvo lugar la célebre Marcha sobre Washington por el empleo y la libertad y contra las leyes segregacionistas estatales del Sur, que pretendía que John F. Kennedy acelerase la adopción de las leyes federales antirracistas. El 28 de agosto, en Washington, en su breve pero eficaz discurso “Tengo un sueño” (I Have a Dream), el joven pastor protestante de Alabama situó la oratoria estadounidense en su cima más alta… desde el discurso cuidadosamente redactado que pronunció Abraham Lincoln en Gettysburg, el 19 de noviembre de 1863 en la Dedicatoria del Cementerio Nacional de los Soldados, texto considerado como uno de los más grandes discursos de la historia de la humanidad. “Tengo un sueño” sigue la arquitectura retórica de una homilía de la iglesia baptista, jalonada de eficaces alusiones a la Declaración de Independencia de 1776 y a la Constitución de los Estados Unidos de 1787. No en vano, Luther King era un in telectual que se había doctorado en la Universidad de Boston con una tesis titulada “Comparación de la idea de Dios en Paul Tillich y Gandhi” (1955), que establecía una sugerente comparación entre las ideas teológicas de Mahatma Gandhi –la fuerza de la verdad que practica el satyagrahi y la no violencia o ahimsã– y las del filósofo protestante alemán que tras huir de los nazis enseñó en el seminario de Unión Teológica de Nueva York y después en las universidades de Harvard y Chicago. Forjado en la lectura de Platón, Rousseau, Hobbes, John Stuart Mill, Thoreau, Martin Luther King quiso llevar a la práctica el evangelio social –social gospel– recogido en el libro “El cristianismo y la crisis social” (Christianity and the Social Crisis, 1907), escrito por el pastor de la Segunda Iglesia Bautista de habla alemana del barrio Hell’s Kitchen de Nueva York, Walter Rauschenbusch, quien a su vez llevó a cabo una puesta en práctica de la teología de los valores morales del teólogo metafísico protestante alemán Albretch Ritschl (1822- 1899). De hecho, la insurrección pacífica de Gandhi contra el ejército británico le sirvió a King de inspiración la primera vez que movilizó a sus gentes y a sus pastores, repartiendo octavillas en las que se exhortaba a las familias negras a que no subiesen a los autobuses para ir a trabajar o acudir al colegio… hasta que 384 días después la compañía de autobuses, al borde de la ruina, hubo de eliminar la normativa discriminatoria por el color de la piel.

“Tengo un sueño”: una cuestión de justicia y de eficacia retórica

Encontramos en “Tengo un sueño”, un verdadero alarde de la arquitectura oratoria y del arte de convencer, varias y eficacísimas figuras retóricas, como la aliteración, la alusión, la asonancia, la anáfora, la metáfora, la metonimia, la hipérbole, el paralelismo, la personificación, el símil, la sinécdoque, etc. La repetición de fonemas o aliteración hace que el oyente retenga el discurso: “Nunca podremos quedar satisfechos mientras un negro de Mississippi no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay por qué votar. No, no; […]”. La alusión, por su parte, aporta legitimidad política y hace herederas las palabras de Luther King de las de Abraham Licoln “Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclamación de Emancipación”, a las que se suma el remate final del discurso con la oración espiritual de los negros que esperaban la emancipación: “¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!”, hermanando así ambas culturas. La anáfora más conocida que ha terminado por dar título al discurso la repite King varias veces: “Tengo un sueño”. La asonancia también marca el ritmo interno en el uso de las vocales –We must forever conduct our struggle on the high plane of dignity and discipline”.

Las metáforas también abundan, como la consideración de la fe como ese elemento capaz de transformar la discordia “en una bella sinfonía de fraternidad”, la que compara su movimiento como el cobro de un cheque al portador que el pueblo negro va a cobrar en el “Banco de la justicia”, pues “hemos venido a la capital de nuestro país a cobrar un cheque” y “por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia”. King escoge a través

de la metonimia lugares emblemáticos, toma el lugar simbólico –las partes– por la idea del racismo –la cosa significada–: “¡que resuene la libertad desde la cúspide de los montes prodigiosos de New Hampshire! […] ¡Que resuene la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia! ¡Que resuene la libertad desde la Montaña Lookout de Tennessee! ¡Que resuene la libertad desde cada pequeña colina y montaña del Misisispi!”. La hipérbole también está presente: “Sueño que algún día los valles serán cumbres y las colinas y montañas serán llanos”, al igual que el paralelismo: “Regresen a Missisipi, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Luisiana, regresen a los barrios bajos y a los guetos de nuestras ciudades del Norte”, la personificación: “Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos”, o el símil bíblico prestado del profeta Amós: “no quedaremos satisfechos hasta que la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente”. La sinécdoque audaz también articula el discurso del reverendo King al considerar retóricamente a los negros como cuerpos: “No podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades”. Destaca King además por el uso de la antítesis, contraponiendo una frase o una palabra a otra de significación contraria: “No debemos permitir que nuestra protesta constructiva degenere en violencia física”, siempre moviéndose en esa contraposición entre la violenciaexistente y el pacifismo que predica.

Por la senda del pacifismo

Más de 21.000 personas que participaron en sentadas pacíficas –entre ellas el propio reverendo– fueron arrestadas a lo largo de dos años, mientras el líder negro fue recibido por el presidente alemán Willy Brandt en Berlín, en septiembre de 1964, y por Pablo VI en Roma. Tras el asesinato de King, el papa declaró en la edición inglesa de L’Osservatore Romano, el 18 de abril de 1968: “… todos debemos compartir las esperanzas que este mártir nos inspira”. Y el 14 de octubre de 1964 el doctor en Filosofía Martin Luther King fue reconocido internacionalmente con el Premio Nobel de la Paz por promover la no violencia y sus esfuerzos contra la discriminación racial.

También en el Norte, en especial en las zonas industriales, había guetos negros en situación de marginalidad extrema y que eran el sustrato del que nutrían los grupos musulmanes violentos, el Black Power: era la otra cara de la discriminación racial. King se instaló entonces en un barrio negro de Chicago, empezó a proponer a las autoridades medidas sociales como la construcción de viviendas protegidas y la demolición de los barrios insalubres de la ciudad y pronto se granjeó fama de comunista y su figura vivió un insólito desapego entre la población de color estadounidense: los negros del Norte no respondían al discurso de King tan bien como los de los Estados racistas del Sur. En junio de 1966, Martin Luther King se dirigió a los congregados desde la escalera del capitolio del Estado de Missisipi para lanzar varios mensajes de la Marcha contra el miedo, que había iniciado en Memphis (Tennessee) el primer estudiante de color de la universidad de Mississippi, al que habían secundado los basureros de la ciudad.

El final terminó en tragedia, con un joven muerto a manos de la policía. Su siguiente proyecto, la Marcha de los pobres sobre Washington, proyectado para la primavera de 1968, quedó inconcluso: el 4 de abril, mientras hablaba de las preparaciones de la ceremonia del día siguiente con un feligrés, fue abatido de un disparo por el delincuente James Earl Ray desde la ventana de un baño frente al balcón del motel donde se encontraba Martin Luther King.

Ninguna de las pruebas separadas de balística realizadas concluyeron de forma determinante que Ray fuera el asesino o siquiera que esa fuera el arma homicida, con lo que la incógnita de quién lo asesinó realmente continúa abierta. Las sospechas también recayeron sobre el
propietario de un restaurante de Memphis, Loyd Jowers, quien afirmó haber recibido 100.000 dólares para “arreglar” el asesinato de King. El jurado, compuesto por seis blancos y seis negros declaró a Jowers culpable y que “agencias del gobierno formaron parte” en el plan de asesinato. Aún hoy sigue sin esclarecerse este último punto.©


David Felipe Arranz

Universidad Carlos III de Madrid


 

 

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