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Mujeres para los demás

Escrito por: Norberto Alcover
Mayo - Junio 2012

Hablaba en mi anterior artículo sobre mi madre, ventajas que tiene esto de poder publicar lo que uno siente porque previamente lo vive. Algunos lectores y lectoras me han hecho llegar su emoción, por la sencilla razón de que todos tenemos madre y en general significan ese ámbito de incondicionalidad fundamental para persistir en las tareas vitales, en ocasiones tan crueles. Son nuestra referencia sustancial, nuestro útero incondicional al que podemos retornar al cabo del tiempo y de sus inclemencias. Existen unas mujeres que son madres. Y las madres auténticas son y viven para los demás. Para todos los demás, aunque compriman este servicio universal a una concreta familia, a unos determinantes hijos y sobre todo a esos nietos que son el premio conclusivo a tanta abnegación.

¿Qué es lo que ilumina ese refulgente titanio materno? ¿Qué le confiere su absoluta brillantez en una sociedad tantas veces en doloroso claroscuro? Sencillamente, su incondicionalidad vocación de ser para los demás. Porque cualquier criatura aparece ante una madre como alguien construido en su seno maternal. Algo semejante a que las mujeres madres tuvieran el síndrome del hijo y nunca pudieran quitárselo de encima. Y por esta razón, las madres son para los demás. Yo mismo tuve en mi primera infancia un hermano de leche y siempre permaneció entre mi madre y él un vínculo entrañable, como de alguna oculta dependencia. Dar el pecho a una personita completamente indefensa y mínima, es uno de los actos más profundos que existen en este vertiginoso planeta, en ocasiones tan cruel. Es una de las imágenes más expresivas de que toda madre es para los demás, todos los demás. Es curioso, mi hermano de leche murió, pero sobrevive en mi anciana madre. Hay que ver más allá de lo visible…

Pero permítanme que complete lo anterior con una reflexión que cada vez me inunda con mayor fuerza. La maternidad reside en el útero físico y amante. Cuando una mujer es para los demás está concibiendo vidas ajenas, que acaba por hacer propias. Y la fuerza de tal llamativa toma de engendrar es el amor derramado en cualquier persona en cualquier instante de la vida. Cada mujer contiene en sí un útero físico, pero también un útero amante. Y su maternidad puede surgir de ambas dimensiones femeninas. En ocasiones coinciden y en otras no. Pero la clave es que toda mujer sea para los demás de forma absoluta y abnegada. Entonces, una mujer tendrá hijos, unos hijos maravillosos. De una manera o de otra. La clave es engendrar, dar vida, permanecer en la vida ajena… ser para los demás y dejarse la vida en ello.

Haríamos bien, piensa uno, en hacer memoria de nuestras madres físicas, por supuesto, pero también de nuestras madres afectivas. Unas irradiaron en nuestras carnes, nuestro titanio más preciado, el deslumbramiento de la vida física, pero otras, de forma complementaria, depositaron en estas mismas carnes, puede que en un mayor silencio, esa otra luz indirecta del cuidado escolar, de la atención médica, de la iniciación en las letras, del nombre de Jesucristo, de los comentarios sobre lo bueno y lo malo, de la esperanza y de la angustia… Dos maternidades que, de suyo, no se excluyen pero que en tantas ocasiones se deslizan en nuestras pequeñas vidas de forma diferente.

Así pues, esas mujeres para los demás son siempre madres. Y yo mismo descubro en mi propia vida un montón de maternidades que me han ayudado a ser el que soy. Nunca se tiene una sola madre. O mejor, la madre en cuanto tal se derrama en otras muchas que derrama, a su vez, el sol de su amor sobre el titanio de nuestras vidas. Hay que ver.©


Norberto Alcover

Colaborador de la revista Crítica - Cultura y fe: titanio reluciente -.


 

 

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