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La soledad del esplendor

Escrito por: Norberto Alcover
Julio - Agosto 2012

Tales tiempos no son aptos para la lírica. Otra cosa es que saltemos por encima del caos reinante para situarnos en una especie de nube inasequible al dolor y la desesperación humanas. Algunos lo procuran y hasta lo consiguen, tal es la obcecación de su conciencia, aletargada por el bienestar de sus cuentas corrientes. Pero, gracias a Dios, la mayoría de los españoles nos sentimos implicados en el caos citado por la sencilla razón de que formamos parte del mismo y en algún momento acabará por afectarnos, en cualquier caso, la situación invita a una serísima reflexión sobre la aparente contradicción humana entre el esplendor de un Rafael y la soledad de un Hopper. Las dos exposiciones que podemos contemplar en el Prado y en el Thyssen respectivamente. El arte como misterio antropológico.

Los seres humanos vivimos instantes, incluso épocas, de esplendor. Esos momentos en que la felicidad más dominante nos invade y experimentamos una especie de magma cromático que nos envuelve y conduce, en ocasiones, a la contemplación misma de la Belleza en cuanto tal.

Yo mismo recuerdo un día, hace muchos años, en el Mirador de las Pitas, cerca de Valldemossa, en Mallorca, cuando quedé paralizado al ponerse el sol en el Mediterráneo y expandirse sus rayos de un dorado sobrehumano por el horizonte entero del mar. Mi padre, que me había conducido hasta allí con toda intención puesto que estaba alcanzando los quince años, me susurró que el esplendor de la Naturaleza dependía del cromatismo que, en un momento dado, la iluminaba. Como en la gran pintura, añadió.

Y al llegar a casa de nuevo, tomó un volumen de Anglada-Camarassa y me fue mostrando las láminas del pintor catalán con sus correspondientes comentarios. Ahí los tienes, dijo, el esplendor de la Belleza. Disfrútalo, porque llega y desaparece sin saber por qué. Hizo silencio. Miró al techo como si estuviera perdido, y añadió que al fugarse la Belleza con su esplendor cromático, sobrevenía una amarga sensación de soledad, de vacío, de distanciamiento de los demás. Una especie de negrura aséptica pero insalvable. Sonrió para concluir exactamente con estas palabras: "Una especie de soledad del esplendor". Yo no supe qué responder. Pero jamás he olvidado la visita a Las Pitas, la contemplación del pintor catalán, pero sobre todo la reflexión paterna sobre la soledad del esplendor.

En el Prado, han reunido un montón de obras del maestro renacentista Rafael, uno de los creadores del esplendor vaticano, donde podemos entregarnos al cromatismo más intenso sin olvidar la perfección del dibujo: colores en sus respectivos contornos. El mirante explosiona de energía y satisfacción, hasta alcanzar un estado de éxtasis personal, que percibe también en los demás contemplantes.

Pero si el mismo mirante cruza el paseo del Prado y se llega al Thyssen, entonces se adentra en la serena y absoluta soledad del gran Hopper, ese maestro cada vez más venerado del realismo norteamericano. Una muestra: "Habitación de hotel" como paradigma de toda la soledad de una extraña y entristecida mujer dejada de la mano de alguien en una desnuda habitación de cualquier hotel neoyorkino. La vida está encerrada en estas dos exposiciones, que estarán visitables hasta después del verano, pienso. Vale la pena viajar a Madrid para estarse en ellas, sin más. Y caer en la cuenta de la importancia de gozar de la felicidad mientras dura, porque puede que inmediatamente sobrevenga esa tremenda soledad. Como si tras dejarse mirar por el titanio reluciente del Guggenheim, nos aplastara la neblina de la ría bilbaína. Ya no está mi padre para explicármelo. Ahora soy yo mismo, el hijo, quien se lo explica a ustedes.©


Norberto Alcover

Colaborador de la revista Crítica


 

 

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