21Septiembre2019

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Las servidumbres del poder: los orígenes literarios del pacto con el Diablo

Escrito por: David Felipe Arranz
Marzo - Abril 2012

En la Antigüedad, ante los logros y hechos extraordinarios de una persona, especialmente si en la época no podían tener más explicación que la intervención sobrenatural, la comunidad encontraba una rápida vía aclaratoria en la atribución a una influencia demoníaca, a una traición a Dios cuyo responsable se afanaba en ocultar: a la persona de éxito se le relacionaba con el Diablo a través de un pacto formal, de una hipoteca sobre la salvación de su alma que rubricaba como parte interesada a cambio de un inmenso poder. Por su parte, y como parte contratante, Lucifer obraba de buena fe y de acuerdo a la relación contractual, a cambio de que la persona le cediera su alma, le confería un poder sobrenatural.

La paradoja constante de las múltiples versiones de esta alianza sellada “jurídicamente” es que Satán siempre cumple con su parte del contrato y el ser humano trata de sustraerse a las obligaciones contraídas: los argumentos literarios de este motivo giran precisamente en torno al atractivo e ingenioso tira y afloja de las partes pactantes. Si las culturas orientales, en especial la judaica, propugnaban la existencia de un poder maléfico, la grecorromana, en cambio, reconocía en la figura del encantador un mediador que sólo a veces era capaz de servirse de la magia para fines malvados, si bien su extraordinario poder y sus conocimientos le eran otorgados por dioses como Hécate y Diana, no por seres diabólicos.

Primeras manifestaciones literarias

La primera manifestación literaria del motivo se encuentra en la historia oriental del príncipe Zohac, surgida de la tradición mítica de Persia e incluida en la epopeya nacional del Shâhnameh o Libro de los reyes (h. 1000 d. C.) de Firdusi; en ella, el demonio Iblis seduce al príncipe con la promesa de que lo elevará más alto que el sol y le otorgará su poder… a cambio de que mate a su padre, crimen que no duda en consumar. La tentación diabólica se recoge también y de forma ejemplar en el Nuevo Testamento (Mateo, 4), con la salvedad de que, en esta ocasión, Lucifer tienta en vano al Hijo de Dios: “Se lo llevó el diablo a una montaña altísima y le mostró todos los reinos del mundo con su esplendor, diciéndole: –Te daré todo eso si te postras y me rindes homenaje–”. En el texto evangélico la propuesta de Belcebú consiste precisamente en una abjuración de Dios, la adopción de Lucifer como único señor y el posterior sometimiento al mal a cambio de poder y riqueza. Tiempo después, en la Alta Edad Media, en la primera mitad del siglo V, la emperatriz griega Eudoxia compuso en hexámetros la Leyenda de Cipriano, con materiales formados en la centuria anterior: la conversión del mago Cipriano ante la visión de la señal de la cruz impresa en la palma de la mano derecha de la hermosa cristiana Justina, cortejada infructuosamente por el joven Aglaide, quien requiere los servicios del nigromante. Cipriano, ante los vanos intentos de hechizar a la joven, llega a exclamar a Lucifer: “¿En qué consiste gran genio que todo mi poder se vea humillado por una débil mujer? ¿No puedes con tanto dominio someterla a mis mandatos? Dime, ¿qué talismán o amuleto la protege, que le da fuerza para vencerme y hacer inútiles todos mis sortilegios?”, a lo que el Demonio le responde que no puede atentar contra quien posea el signo de la cruz en la palma de la mano derecha.

Algunas leyendas

También a la misma época pertenece la Leyenda de Basilio, reconvertida en narración legendaria hacia el 690 por la canonesa Hrotsvit von Gandersheim, en la que Basilio, a través de la oración, salva a un joven desgraciado, su colaborador y yerno, de un pacto con el Diablo, a través del cual quería conseguir a la hija consagrada a Cristo de este padre de la Iglesia; Basilio consigue incluso que el cielo devuelva al muchacho el documento del pacto. Hrotsvit fue igualmente la compiladora en verso de la leyenda de Teófilo, en la que un sacerdote piadoso, archidiácono de Adana (Cilicia), calumniado y humillado por el obispo tras la suspensión de su cargo como tesorero, sella un pacto con el Demonio tras visitar a un mago. El encantador lo lleva a medianoche a una encrucijada e invoca a Satanás, quien se compromete a reintegrar a Teófilo todos sus oficios y buena fama; para ello Teófilo debe abjurar para siempre de Jesucristo y su Madre y luego firmar el contrato en papel… con su propia sangre. Al día siguiente, el obispo reconoce públicamente su error, pide perdón a Teófilo, le devuelve a su oficio de tesorero y el pueblo reconoce su santidad. Sin embargo, los remordimientos pueden con Teófilo, a quien, muy enfermo, se le aparece la Virgen, que le aconseja orar para que le sea perdonado el diabólico pacto. A la mañana siguiente, Teófilo ve sobre su pecho el papel rubricado con su sangre, corre al templo y se arroja a los pies del obispo, haciendo su confesión en público y rompiendo finalmente el contrato.

Esta leyenda fue adaptada también por el riojano Gonzalo de Berceo en Los Milagros de Nuestra Señora –escritos en la primera mitad del siglo XIII–, en concreto en el “Milagro XXV”, en el que Teófilo sufre de nuevo una difamación y solicita los servicios de un mediador “negativo”, un “mal judío”, en la línea medieval de la demonización racial religiosa. La reunión del contrato con el Demonio consiste en un detallado pacto feudal de cambio de señor por el que Teófilo recupera una situación ventajosa en la comunidad y se le restablece su estatus personal. Así habla Lucifer: “Deniegue al so Christo e a Sancta María, / fágame carta firme a mi placentería; / ponga ý su seyello a la postremería, / tornará en su grado con muy grand mejoría”. Sin embargo, a ojos de Dios está degradado moralmente y “[…] perdió la sombra, siempre fo desombrado, / perdió la color buena, fincó descolorado”. Con respecto al contrato, a su muerte también pasaría a ser propiedad del Diablo, de manera que se encomienda a la Virgen, su mediadora y quien le facilita el acercamiento a Cristo. Además aparece una alusión directa en el “Milagro XXI”: “Tú acorriste, Señora, a Teófilo, que era desesperado, / que de su sangre fizo carta con el pecado / por el tu buen consejo fue reconciliado”.

La narrativa profana

Por el contrario, los personajes de la narrativa profana no hallan ningún salvador intermediario de carácter celestial. Una novela satírica del siglo VI –inspirada en una narración de Teodoreto– fundamenta la reconversión del emperador Juliano al paganismo a través de un ambicioso pacto con el Diablo. Juliano renegó públicamente en 361 del cristianismo, declarándose pagano y neoplatónico. Basándose en su vida, Henrik Ibsen estrenó Emperador y Galileo (Keyser og Galilaer, 1873) y el escritor Gore Vidal retomó el argumento, si bien prescindiendo de la parte diabólica aunque indagando en los misterios de Eleusis y Mitra, en Juliano el Apóstata (1964). Seiscientos años más tarde, la alemana Crónica de los emperadores (Kaiserchronik, 1135/-50) habla del pacto del poderoso con el Diablo, por cuanto esta obra, escrita por un partidario de los güelfos, muestra una progresión de los mundos paganos al cristiano a través de disputas teológicas y la cristianización del Imperio; de hecho, una gran parte del material posee un carácter legendario y fantástico, lo que indica que grandes fragmentos fueron recopilados de obras anteriores, en su mayoría biografías breves y vidas de santos. Una de las historias más conocidas de este periodo es la relativa al tiránico condotiero Ezzelino da Romano, retratado por Dante en La Divina Comedia en el “Canto XII del Infierno” completamente sumergido en un río de sangre y castigado por su violencia. El prehumanista paduano Albertino Mussato, autor del célebre dicho de que somos “enanos a hombros de gigantes”, escribió precisamente la tragedia de Ecerinis (1313) sobre este terrible personaje: el protagonista, tras la confesión de su madre de que era hijo de Satanás, se adhiere a este padre y, como enviado suyo, avanza hacia la meta del poderío universal.

La sospecha sobre el saber

Era la época de la sospecha sobre quienes se dedicaban al estudio de las ciencias naturales y, a ojos de los demás, poseían conocimientos como mínimo inquietantes. Incluso un papa como Silvestre II (945-1003), que había inventado y construido todo tipo de objetos destinados al aprendizaje y a la investigación –ábacos, un globo terrestre, astrolabios, un órgano y varios relojes de agua–, tuvo que sufrir numerosas acusaciones de brujería y nigromancia.

Pronto las leyendas, recogidas en el Chronicon de Siegbert von Gembloux o el Gesta regum Anglorum de William of Malmesbury, atribuyeron su dominio de la ciencia a un pacto con Satanás; incluso se habla de cómo este papa, de nombre civil Gerberto de Aurillac, tenía a su servicio a un ayudante infernal. Finalmente, y siempre según la ficción, tras disfrutar de los conocimientos esotéricos, tuvo que ceder al Diablo su alma hipotecada. Otro de los biografiados por el filtro de lo fantástico fue el poeta Virgilio, que antes del humanismo y siguiendo un modelo oriental fue contemplado como un mago que debía su poder a un diablo embotellado; así, cuentan las leyendas medievales que el autor de la Eneida procedía de Nápoles –en realidad donde fue hallado su sepulcro– y el primero en fijar el mito de la transferencia del poder del diablo en la botella al vate romano a través de un pacto fue Jansen Enikel, en Weltchronik (h. 1280). Casi dos siglos después, en 1445, un docto poeta como Felice Hemmerlin seguía afirmando que Virgilio había traído a Italia la magia de Salomón, recogida en una serie de escritos nigrománticos en caldeo y cuya traducción había confiado a un diablo embotellado.

El mito de Fausto

A finales de la Edad Media e incluso en pleno Renacimiento, el aliado del Diablo cobró una mayor importancia a medida que las ciencias avanzaban y la mayoría no sabía explicar a través de las leyes de la física y la química los fenómenos naturales. Era, en cambio, más fácil y cómodo atribuir a un pacto con Belcebú los logros científicos de Paracelso, Nostradamus, Francis Bacon o Galileo Galilei… que pensar en el fruto discreto de su esfuerzo.

Incluso Teófilo pasó de ser un sacerdote ejemplar que había coqueteado con el poder que le ofrecía Lucifer a convertirse en un orgulloso nigromante que exorciza y doblega al Diablo precisamente por su conocimiento de los arcanos y la fuerza divina de su condición sacerdotal y le obliga a que lo sirva, tal y como recogen las narraciones alemanas de los siglos XIV y XV. En esa línea aparecen el auto holandés Mariken van Nieumeghen (1485 / 1510), en el que el Diablo promete instruir a una inocente muchacha en las Siete Artes liberales… a cambio de que lo ayude a captar almas para el Infierno en una fonda de Amberes; o la leyenda polaca de Pan Twardowski, aristócrata que sella un pacto diabólico a cambio de fama, conocimiento y poder. Este orgullo intelectual se encuentra en la forja del mito de Fausto, plasmada por primera vez en Historia von D. Johann Fausten
(1587), acaso el más célebre de todos los relatos sobre los aliados del Diablo, un hombre cuyo espejismo sobre su falta de sabiduría y la insaciable necesidad de adquirirla ha sido provocado por Satanás, y que Goethe fijó definitivamente en el Faust, obra en la que el amor femenino redime la fatídica relación contractual del protagonista.©


David Felipe Arranz

Universidad Carlos III


 

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