18Septiembre2019

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Introducción a la cultura gastronómica en la literatura juvenil

Escrito por: Anabel Sáiz Ripoll
Enero - Febrero 2012

La literatura juvenil y la comida se interrelacionan frecuentemente. Así, todos sabemos qué es una comida “pantagruélica” o recordamos la ceremonia del té en casa del sombrerero loco de Alicia y podemos identificar al personaje glotón y distinguirlo del sibarita, por ejemplo. Alrededor de una buena mesa se pueden fraguar conspiraciones y motines.

La literatura infantil y juvenil no es ajena al tema de la nutrición. No puede serlo puesto que su público está aprendiendo a adoptar hábitos alimentarios y, gracias a los modelos literarios, puede encontrarlos. Ahora bien, es mucho más frecuente encontrar ejemplos literarios relacionados con la alimentación en la literatura infantil que en el juvenil. Incluso, en la literatura tradicional se habla de que “te va a comer el lobo”, por ejemplo, o se dice eso de “y comieron perdices”.

Este preámbulo nos sirve para enfocar el tema que estamos tratando: la nutrición y la alimentación y todo lo relacionado con las mismas. Alimentarse –bien o mal–, cocinar, tener buenos o malos hábitos, sentir predilección por un determinado alimento… son aspectos relacionados con la vida y, por lo tanto, aparecen en la literatura juvenil.

La cocina y la dieta Mediterránea

No es frecuente que la cocina o las aficiones culinarias aparezcan en la literatura juvenil. Carlos Romeu es uno de los autores que mejor trabaja la comida y la alimentación. Tristán, su personaje más recurrente, con seguridad, es el reflejo del autor y en él se evidencian sus gustos gastronómicos. Tristán opina, y por su boca quizás lo haga Romeu que: “Más allá del Mediterráneo, solo China sabe cocinar. Las demás culturas tienen un plato o dos y el resto es puro pienso”

Llamadme Federico es otro título relacionado muy de cerca con la cocina y con la dieta mediterránea, ya que Damián-Federico ha de ocuparse de la cocina del pesquero y no lo hace nada mal por cierto. Tres recetas son las estrellas de Llamadme Federico, una la “sípia amb pèssols”, otra el “suquet de peix” y otra la langosta a la brasa. Las tres son algo más que recetas puesto que le permiten a Federico salir de su ensimismamiento y reencontrarse para sentirse a gusto consigo mismo y dejar de ser “el chico invisible”. Eso sí, Romeu defiende los platos caseros frente a la cocina rápida y basura y la dieta Mediterránea es la que tiene todos sus afectos.

A veces, pasando a otra autora, una receta es el desencadenante de la historia como ocurre con el famoso “jarabe de rosas” que Ana Alcolea describe con todo lujo de detalles en sus dos novelas El medallón perdido y El retrato de Carlota.

Desórdenes alimenticios

Los desórdenes alimenticios son un motivo de preocupación para padres, educadores y médicos y, por supuesto, para los escritores. Las historias destinadas a los adolescentes cuando abordan enfermedades tan graves como la bulimia y la anorexia se llenan de dramatismo y seriedad. No en balde son enfermedades que minan el alma de quienes las padecen. Así, en La serpiente de cristal, de Fernando Claudín, Lorena sufre bulimia y nadie, en su casa, se da cuenta. Susana, en Billete de ida y vuelta, de Gemma Lienas, muestra con toda crudeza la cara amarga de la bulimia. Espido Freire en Cuando comer es un infierno. Confesiones de una bulímica, nos habla de esa enfermedad en primera persona, puesto que ella la sufrió.

La anorexia es una de las enfermedades relacionadas con los trastornos de la alimentación, mejor descritas en la novelística dedicada a la juventud y que, a juzgar por la cantidad de títulos que la abordan, más preocupa. Las chicas de alambre, de Sierra i Fabra, precisamente, reciben este nombre por su extrema delgadez, obligatoria en el mundo de la moda.

Sara, en Sara y la anorexia, de Nieves Mesón, empieza por comer menos y quitarse el dulce: “En mi casa están todos desquiciados. Mis hermanas me gritan, aunque ya no las escucho. Les fastidia que me coma todo lo que hay en los armarios de la cocina y que cuando se levantan por las mañanas no quede nada para desayunar. Mi madre ha llegado a esconder la comida debajo de las camas, sujeta a la parte de abajo, pero yo acabo encontrándola. No puedo evitarlo, por las noches siempre necesito comer”.

Carlos Puerto, por su parte, trabaja con extrema sensibilidad este tema en dos libros excepcionales: Mi tigre es lluvia y Rosas blancas para Claudia.

Brontë, en Románticos.co, de Tino Pertierra, establece un contacto por correo electrónico con Merlín y los dos, poco a poco, van desvelando sus problemas. Merlín ayudará a Brontë a superar su anorexia, aunque para ello tenga que reabrir su propia caja de los truenos.

Cristina, en ¡Hoy he decidido dejar de comer!, de Cristina Trilla, comprueba ella misma las secuelas de no comer, aunque aún no es consciente del problema. A Cristina le cuesta mucho salir adelante, aunque es capaz de ver con claridad al final y decir: “Mi vida no será mi familia ni mi trabajo ni mi pareja, y trataré de decidir sin dejarme llevar por los miedos. Quiero que mi vida sea muchas cosas pero, por encima de todo, quiero estar ahí para disfrutarlas”. A Sonia, en La foto de Portobello, de Vicente Muñoz Puelles, le pasa algo parecido: no sabe muy bien si quiere curarse o no porque se siente vacía.

La obesidad es también un trastorno que sufren algunos de los personajes de la literatura juvenil. Así, en El Granate de Amarilis, de Carmen Gómez Ojea o en Diferencias, de Madeleine George.

En varios textos, sobre todos infantiles, aparece la alusión al consumo de las llamadas chucherías que nada aportan a la buena nutrición.

La alimentación en la novela histórica

En muchas novelas de base histórica, las referencias a la alimentación y a las costumbres de la época son primordiales. Luz Álvarez, por ejemplo, en Alba de Montnegre describe el mercado de Toledo en el S. XV y lo hace con todo lujo de detalles, entre los que no faltan aspectos gastronómicos: “Aquí se vendía aceite de oliva de Valencia, dulces vinos de Alicante, grana para teñir los paños…; pilas de alheña triturada en polvo fino, que usaban las musulmanas para teñirse el pelo y la piel; enormes sacos que abrían sus bocas rebosantes de pimentón, dulce y picante, para la cercana matanza del cerdo en San Martín; carneros gordos, lanudos; pilas de lana cardada ya sin su oveja… Más allá se desparramaban cebollas, ajos secos, nabos y puerros, coles para los caldos, potajes y sopas que muy pronto el invierno castellano pediría sobre las mesas; los primeros membrillos de la temporada y las castañas recién cogidas, que, asadas en la lumbre o cocidas en leche, se daban de comer a las niñas delicadas, a los niños desganados, a los viejos desdentados y a los enfermos faltos de apetito.”

No faltan otros ejemplos en títulos como en Aquellas costas de Inglaterra, de Blanca Sanz, o en Dos gramos de plomo, de María Blanca Ballester e, incluso, en la recientísima La misteriosa fragua de Vulcano, de Jorge M. Juárez, en donde uno de los jóvenes personajes añora la “olla podrida” de su madre.

La cocina como descubrimiento personal

No faltan en la literatura juvenil obras en las que la cocina supone un descubrimiento personal y un reconocimiento de lo que se come en otros lugares. Marisa López Soria, en Bicicletas blancas describe como el protagonista conoce la cocina holandesa en Amsterdam y se deleita con ella.

Gustavo Baell, en La niña colombiana, alude a las arepas y al café; pero no solo eso, sino que la protagonista, en su particular periplo, tiene ocasión de conocer el congrio cubano o el tajín y el té a la menta marroquí.

Care Santos, en La ruta  del huracán, describe así, en palabras de la joven protagonista, el descubrimiento de las pupusas de El Salvador: “Las pupusas están mejor que las hamburguesas. Para que te hagas una idea aproximada, una pupusa es un redondel parecido al pan de pita libanés, sólo
que más duro y un poco tostado, porque se asan sobre una plancha. Saben al maíz con que amasan, y pueden estar rellenas de (atención, ahora te voy a dar una lección de “salvadoreñismo”): queso, queso con loroco, chicharrón o revuelto. Te preguntarás qué es el loroco”.

A menudo, las costumbres de un lugar no son las propias, pero hay que aprender a respetarlas como ocurre en El embrujo de Chalbi, de Fernando Claudín, donde los masai ayudan a un grupo de jóvenes occidentales con la sangre de sus reses mezclada con la leche: “A Kiko esa pasta de sangre y leche le daba verdadera repugnancia. Debía ingerirla, lo sabía, pero los escrúpulos parecían más fuertes. Rechazó el cuenco, sintiendo arcadas, y hubo un revuelo entre los masai. El guerrero empuñó el sable. El jefe masai hizo aspavientos, invocando a su dios.

“–Es una ofensa para ellos que no bebas –dijo Sofía–. Los masai adoran a sus rebaños. Para ellos los bueyes, las vacas y las ovejas son lo más sagrado, después de Ngai, su dios. Si no te lo tomas nos castigarán a todos.”

Los problemas para encontrar alimento

El hambre o los problemas para subsistir son también temas habituales en la literatura juvenil. Abdel, de Enrique Páez, sobrevive en unas condicionesdeplorables. En esta  ocasión se trata de un inmigrante que ha llegado ilegalmente a la Península. No obstante, también hay referencias a las penalidades que se vivieron en la Guerra Civil como en La perrona, de Vicente Muñoz Puelles; sin olvidar el estraperlo: “–El verano es malo –dijo Patro–. En invierno la gente se mete la comida en los dobladillos del abrigo, en las bufandas… cosas así. Ahora, en cambio, si vas muy abrigado se te nota, aunque la policía hace bastante la vista gorda por la parte que les toca, porque o están sobornados o ellos mismos se benefician del estraperlo. Por aquí verá a muchas embarazadas –pronunció la última palabra con retintín.
-¿No lo están?
-¡Qué va! Debajo de cada barriga hay un saco de arroz o degarbanzos o de lo que sea. Mire.”

Tema para llevar a las aulas

Son muchos los títulos que, por falta de espacio, se han quedado fuera de este estudio y varios los temas que podríamos haber mencionado como los alimentos que llegaron de América que Carlos Villanes en La otra orilla enumera perfectamente o la relación glotona con la comida que tienen
algunos personajes, como Cándida, en Frena, Cándida, frena, de Maite Carranza o la problemática que supone el alcohol en Las siete muertes del Gato, de Alfredo Gómez Cerdá o, sin duda, el valor simbólico de la comida. Los autores y autoras, como hemos visto, adoptan varios puntos de vista, comprometido, meramente informativo, casual, irónico o lúdico, entre otros. Así, se comprometen profundamente cuando se centran en las enfermedades alimentarias, como no podría ser de otra manera. En una época en que el culto al cuerpo parece no tener medida, está bien que alguien dé toques de atención para que se imponga la sensatez y la literatura juvenil tiene un buen papel en este sentido.

La relación entre alimentación y literatura creemos que ha de llevarse a las aulas para tratar de ofrecer buenos modelos para nuestros jóvenes. Muchas son las actividades que se pueden realizar y que, sin duda, revertirán en la buena nutrición de los chicos y chicas y también, por qué no, en la creación de lectores.©

 NOTAS 

1. Para conocer otros textos relacionados con el tema se puede mirar: http://delaliteraturajuvenilalescuines.blogspot.com/ .
2. Así, queremos recomendar un proyecto educativo, del cual formamos parte, en el que el docente, el alumno o el lector ocasional encontrarán un sinfín de textos relacionados con la literatura y el arte, en general. Se trata de: http://delaliteraturaalescuines.blogspot.com/p/presentacio.html.


Anabel Sáiz Ripoll

Doctora en Filología - Profesora IES Jaume I (Salou).


 

 

Repaso a nuestros miedos

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¿Qué es el miedo? ¿Cuál es su origen? ¿Son diferentes los miedos de la mujer y del hombre? La construcción social del miedo; El miedo en niños y adolescentes; El miedo desde la perspectiva de la fe; Miedo y pobreza; Miedo y vejez; El cine y el miedo; Miedos cotidianos; El miedo a la muerte, al fin del mundo... En éste monográfico trataremos de dar respuestas a los interrogantes y tratar el miedo desde todas las vertientes.


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