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¿De quién podemos fiarnos?

Escrito por: Manuela Aguilera
Enero - Febrero 2011

Con este número sobre el poder, Crítica quiere realizar la primera aproximación a una temática con múltiples aristas y, por lo tanto, no agotada en la revista que tiene entre sus manos. ¿Por qué hemos elegido este tema? Por un lado, por el afán (grandilocuente, ya lo sé) de querer desafiar los poderes existentes desvelando su presencia en nuestras vidas, por otro, para saber más sobre él, porque para los que nos dedicamos a escribir, esta tarea –la de escribir– no es una forma de enseñar a nadie, sino una forma de aprender siempre…, pero, sobre todo, lo hemos elegido porque todos, cada día, de una forma u otra, nos vemos envueltos en relaciones de dominación. El poder es una clave nuclear de la experiencia humana, por eso nos fascina, aún siendo una realidad contradictoria capaz de provocar desde los más sutiles conflictos hasta las más tranquilizadoras sensaciones; que tanto puede albergar la calidez y la belleza como la más absoluta frialdad y el espanto. El poder es sórdido, sí, pero puede ser también creativo, audaz y capaz de hacer converger las aspiraciones del bien común. El poder es un imán, asombra, intriga, apasiona, frente a él caben el miedo, el asco o el deseo (“el poder es la probabilidad de que un actor dentro de un sistema social esté en posición de realizar su propio deseo, a pesar de las resistencias”, según Weber), pero nunca cabe la indiferencia. Se muestra como un lugar donde todo es posible y está en todas partes incluso en aquellas en las que sólo parece haber servidumbre.

Según el Génesis, la primera tentación del ser humano no fue otra que la del deseo de “ser como Dios”… El deseo de poder nos constituye, al igual que la pasión de actuar, de dominar (palabra que deriva del latín Dominus que significa dueño), de ser dueños, primero de nosotros mismos, de nuestras facultades, y después del mundo y de los demás. Sentimos el poder como la capacidad de hacer realidad lo posible… Al respecto ha escrito José Antonio Marina en su libro La pasión por el poder, que “la búsqueda de la libertad propia, la lucha por la emancipación, el afán de hacer lo que nadie ha hecho, las grandes aventuras ascéticas o los grandes destrozos imperiales, esos despliegues gloriosos o terribles, brotan de la misma fuente”. La historia nos proporciona muchos ejemplos de esta hibridación del deseo de poder con otros deseos. Cuentan que Alejandro Magno se dejó morir, desesperado, porque había agotado los territorios por conquistar, los ejércitos a los que vencer… La falta de deseos es el síntoma certero del verdadero fin. Pero para nuestra suerte, el alma del ser humano es un saco sin fondo: ningún quehacer nos pa rece terminado, ningún viaje interior podemos dar por concluido, ningún avaro cumple sus ambiciones, ninguna curiosidad satisfecha nos deja saciados.

 

El poder, ciertamente, tiene su cara amable, nos hace experimentar la realidad como libertad porque gracias a nuestras potencialidades saciamos nuestra necesidad de transformar el entorno. En cambio, experimentamos la impotencia como ausencia de posibilidades, como angustia y depresión. Esta libertad, que nos configura y reside en nuestro propio espíritu, no nos puede ser arrebatada. A la persona le es tan consustancial la libertad, que para ser plenamente humano es forzoso ser libre. Pero este principio tiene, también, su cara oculta y es que esa capacidad de modificar el entorno nos puede llevar a la rivalidad con los demás. Somos seres en relación y el poder es un modo de afirmación y reconocimiento social. La llamada del éxito social, el afán por distinguirnos, es un motor muy poderoso. Es en este caso cuando el poder deja de ser expansión de la propia energía para convertirse en deseo de dominación. Es en este momento cuando es importante saber distinguir entre el individuo notable y el notorio. Es decir, distinguir al mediocre que quiere exhibir justamente aquello de lo que carece. Ésta es una de las primeras lecciones de la vida.

El verdadero y sano poder deriva siempre en la autoridad1 de un liderazgo honesto, de una clara visión del mundo que nos rodea, de múltiples conocimientos, de una vida ejemplar, de ser útil a los demás, de creer que es mejorable el mundo que habitamos. La sumisión a la voluntad ajena es el principal enemigo de nuestra libertad. Hay que estar atentos, porque el poderoso nunca es el que se impone, el que hiere o destruye, sino el que escucha, construye, ayuda y cura. Yo de ese o de esa sí me fío.©

1. La palabra autoridad, proviene del latín auctoritas. Significa: poder legítimo; persona revestida de poder, mando o magistratura; representación de una persona por su origen, merecimientos o jerarquías; crédito o fe que se da a una persona o cosa.


Manuela Aguilera 

Directora de la revista Crítica


 

 

 

El poder y sus máscaras

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Número que pretende desenmascarar al poder con artículos como: el poder y sus resistencias, el efecto mariposa: poder, deseo, responsabilidad, el de los partidos políticos, el origen y la democracia como límite, los variados rostros del poder económico, una relación difícil: las mujeres y el poder, los medios de comunicación porque... ¿querer es poder?


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