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Educar las emociones

Escrito por: Manuela Aguilera
Noviembre - Diciembre 2009

Hablar de la “inteligencia” emocional a muchos todavía se les antojará una paradoja. Siglos de conflicto entre quienes defendieron la primacía de la razón o la de los sentimientos lo avalan (estos últimos siempre vistos como seguidores de un rídiculo romanticismo). ¿Pero es que hay una razón completamente pura (con permiso de Kant) o un sentimiento puro completamente?. La razón ha sido siempre contemplada como aquello que nos conduce al seguro puerto de la verdad, o nos aproxima a él, mientras que el universo de las emociones y los sentimientos se presupone preñado de trampas que nos conducen invariablemente al error. Pensadores de todas las épocas no han cesado de advertirnos de los peligros que entrañan las emociones, relegándolas siempre a las habitaciones más lúgubres de la casa. Séneca condenaba las emociones como algo que puede convertir la razón en esclava; Kant las consideraba como una enfermedad de la mente, Spinoza las veía como lo que inclina la razón a la parcialidad… Otros, sin embargo, afinaron mucho más: “Todo nuestro conocimiento tiene su principio en los sentimientos”, dijo da Vinci, uno de los hombres más inteligentes y creativos de la historia humana. “El corazón tiene razones que la razón desconoce”: una contradicción que ya adivinó el riguroso Pascal. Y el severo Auguste Comte, filosofo francés, lo atisbó: “Sólo los buenos sentimientos pueden unirnos, las ideas jamás han forjado uniones duraderas”. Y el angustiado Unamuno, tan circunspecto en apariencia, afirmó: “Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento… Sentir y pensar brotan de la misma fuente”. Y Carl Jung, pionero de la psicología profunda: “La emoción es la principal fuente de los procesos conscientes. No puede haber transformación de la oscuridad en luz ni de la apatía en movimiento sin emoción”.

El término Inteligencia Emocional fue definido en 1990 por dos psicólogos de la Universidad de Yale (Peter Salovey y John Mayer) y difundido mundialmente por el psicólogo, filósofo y periodista Daniel Goleman quien lo definió como la capacidad para reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, de automotivarnos, y de manejar de manera positiva nuestras emociones, sobre todo aquellas que tienen que ver con las relaciones humanas. La inteligencia emocional es para él una forma de interactuar con el mundo que tiene muy en cuenta los sentimientos, y engloba habilidades tales como el control de los impulsos, la autoconciencia, la motivación, el entusiasmo, la perseverancia, la empatía, la agilidad mental, etc., que configuran rasgos de carácter, como la autodisciplina, la compasión o el altruismo, indispensables para una buena y creativa adaptación social. Esta idea se basó en la Teoría de las Inteligencias Múltiples elaborada en 1983 por el psicólogo de la Universidad de Harvard Howard Gardner, quien destacó que el ser humano no sólo tiene un tipo de inteligencia, sino 8 tipos: la lingüística-verbal, la lógica-matemática, la corporal-cinestética, la visual- espacial, la musical, la emocional, la naturalista y la existencial.

A partir de estas teorías, el Informe Delors (UNESCO 1998) definió la educación emocional como un complemento indispensable en el desarrollo cognitivo, incluyéndola entre los cuatro ejes básicos que fundamentan la educación del siglo XXI: 1. Aprender a conocer y aprender a aprender, para aprovechar las posibilidades que ofrece la educación a lo largo de toda la vida. 2. Aprender a hacer, para capacitar a la persona para afrontar muchas y diversas situaciones. 3. Aprender a ser, para obrar con autonomía, juicio y responsabilidad personal. Y 4. Aprender a convivir, a trabajar en proyectos comunes y gestionar conflictos.

El concepto de inteligencia emocional ha cuestionado, por tanto, los clásicos conceptos de éxito, capacidad y talento, al afirmar que la inteligencia general es una condición necesaria, pero no suficiente para conseguir el éxito en la esfera laboral, familiar, emocional y social de la vida. El análisis de la sociedad actual permite entrever, por otro lado, que muchos de los problemas con los que nos encontramos, en particular adolescentes y jóvenes, tienen mucho que ver con el “analfabetismo emocional”. La utilización inteligente de las emociones debería comenzar en la familia y continuarse después en la escuela. Esperamos, por tanto, con este número de Crítica contribuir a la reflexión y a la innovación educativa en este tema.

Cuántas palabras y teorías vertidas a favor o en contra de los sentimientos y las emociones y, en definitiva, cuánto desdén ante ellos, sin reparar en que lo que nos acerca o nos separa a unos de los otros no es la inteligencia o la torpeza, las creencias o las ideologías, sino aquello que sentimos, la capacidad para sentir dentro (que eso significa la palabra en griego), para percibir las experiencias subjetivas de los demás, es decir, sus emociones: la pena o la alegría, el amor o el odio, la agresividad o la dulzura, la angustia o la esperanza… Y es que, la razón, alejada de los sentimientos, se queda ciega. ©


Manuela Aguilera

Directora de la revista Crítica


 

 

Educar las emociones

Educar las emociones

Educar las emociones, pero... ¿cómo?. Al principio fue la necesidad... Sentimientos y crecimiento personal; Una llamada de auxilia; Educar los sentimientos. El profesor emocionalmente competente; ¿Se entrenan las actitudes morales?; Salud, prevención y desarrollo de la autoestima del adolescente: la importancia de la familia... son algunos de los artículos que componen éste número.


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