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Nacionalismos

Escrito por: Manuela Aguilera
Mayo - Junio 2009

La cuestión de la articulación territorial del Estado es una de las principales cuestiones no resueltas de la España del siglo XXI. Pese a que supuso un avance muy sustancial la instauración del estado de las autonomías por la Constitución de 1978 y su desarrollo posterior, lo cierto es que el mayor riesgo que amenaza la convivencia y la estabilidad institucional en España tiene como causa las tensiones entre nacionalismos, tema que consume una gran parte de las energías colectivas, condiciona ampliamente la agenda política, genera constantes tensiones sociales y nos hace vislumbrar un futuro preñado de incertidumbre.

En España coexisten nacionalismos democráticos históricos y nacionalismos democráticos emergentes junto a nacionalismos de confrontación (ese nacionalismo que piensa habitualmente que la mejor forma de imponer una idea es movilizar a unos contra otros). Hoy, los nacionalismos periféricos hablan con más claridad que nunca del derecho a decidir, de autodeterminación o de independencia. De otro lado, desde el nacionalismo español también se enfatizan posiciones cargadas de prejuicios emocionales y frecuentemente existe el empeño de considerar al nacionalismo como propiedad de “otros” atribuyéndole signos amenazantes y peligrosos. Como si no existiese, también, un nacionalismo democrático español, siempre omitido, incluso negado, pero vivo.

Ayuda bastante a la comprensión del tema que nos ocupa el recurrir a las encuestas de opinión. El Sondeo 2455 del CIS, publicado en 2003, fue una gran ayuda para medir la “percepción de la identidad” en nuestro país. Los resultados mostraron que más de la mitad de los encuestados (54%) rechazaban las posturas básicamente nacionalistas y se sentían igualmente españoles como miembros de su propia comunidad. La variante extrema del nacionalismo español (“me siento sólo español”) alcanzó un 14 % y la de “me siento sólo de mi comunidad”, el 6%. Los resultados por comunidades autónomas reflejaron el peso político de los nacionalismos periféricos. En el País Vasco, el 25% se sentía sólo vasco y un 34% aceptaba por igual el nacionalismo español y el vasco. En Cataluña, las cifras respectivas fueron 16% y 37%.

Pero en este tema no somos originales. Otras democracias maduras como Bélgica, Reino Unido o Canadá se enfrentan a situaciones similares y en todos los casos el reto colectivo es muy parecido: cómo integrar la diversidad en el seno de sociedades cada vez más complejas y plurales, manteniendo el equilibrio entre igualdad y pluralidad, distinguiendo con claridad entre ciudadanía e identidad, garantizando la igualdad en los derechos de ciudadanía (sociales, cívicos, políticos y económicos) y la diferencia en todas aquellas competencias y disposiciones simbólicas que afectan a la plurinacionalidad del Estado, así como a su carácter pluricultural y plurilingüístico.

No deben descartarse nuevas y desconocidas tensiones en el futuro. Hace falta, sin embargo, una importantísima condición para asegurar la convivencia. Se trataría de garantizar la existencia de una relación de colaboración, de mutua comprensión entre los diferentes nacionalismos del Estado. El Gobierno, por su parte, debe dedicar un esfuerzo extra a educar a la ciudadanía sobre los hechos diferenciales que cohabitan en el Estado español, pero no ofreciendo concesiones de información folclórica, sino realizando una labor educativa que muestre las raíces que legitiman todas las diferencias, a partir de la desaparición del concepto de una Historia hegemónica al servicio de una pretendida unidad. Pero, por otra parte, también debe realizar una labor educativa que desenmascare la interpretación que los nacionalismos periféricos hacen de la Historia “inventando” rasgos de nación en el siglo IX o en plena Prehistoria, pretendiendo poner a la Historia por testigo de la existencia de supuestas identidades nacionales, “creando” su nación en la antigüedad y en épocas en que nada de eso era posible, explicando el pasado en función del presente que se pretende construir. Si todos manipulásemos el pasado queriendo volver a ser lo que imaginadamente fuimos alguna vez, ¿qué hacer? ¿Volver a anexionar Portugal al reino de Castilla? ¿Añadir a Galicia sus antiguos territorios en Castilla, León y Asturias? ¿Refundar el reino suevo? ¿O mejor resucitar el reino de Aragón? ¿O convertirnos en provincia romana? ¿O refundar el imperio cartaginés?... ¿Superaremos alguna vez en este país la amarga pesadumbre de no tener más horizonte que el que Ortega nos predijo: conllevarnos dolidamente los unos con los otros?.

De lo que no hay duda es de que el nacionalismo sigue siendo una importante opción de sentido y de cohesión  social. Como dice Calhoun: “ la idea de nación, tan profundamente insertada en las formas modernas de establecer identidades individuales y colectivas, ayuda a la gente a sentirse situada en el mundo (...) la nación mueve emocionalmente a los pueblos porque les otorga un sentido de ubicación en un ancho y complejo mundo (...) el nacionalismo es una positiva fuente de sentido y de mutuo compromiso entre extensos conjuntos de personas”.©


Manuela Aguilera 

Directora de la revista Crítica


 

 

Nacionalismos

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¿Qué entendemos por nacionalismo?; Las identidades nacionales en los Estados modernos; En nacionalismo en el cono de la sombra; La identidad española en el mundo de las naciones; Los diversos sentimientos nacionalistas: catalán, vasco, gallego...; Nacionalismo y Unión Europea.


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