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Para qué sirven las cumbres del medio ambiente

Escrito por: Luis Guijarro
Julio - Agosto 2012

Con la clausura de Río+20, la Conferencia de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible, son ya cuatro los encuentros internacionales al más alto nivel que se han celebrado en los últimos cuarenta años. Conocer el contenido y los temas que se trataron en las mismas nos servirá para comprobar si estas reuniones son un éxito, un fracaso y si todavía tienen un futuro prometedor.

Dando un salto en el tiempo, hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando convencidos de que el futuro de la humanidad estaba aún por determinar y que todavía era posible evitar las actuales y previsibles catástrofes resultado del egoísmo humano o de equivocaciones debidas a la forma de gobernar el mundo, un grupo integrado por más de 100 personalidades de los campos de la diplomacia, la industria, académicos y la sociedad civil de distintos países se reunieron en abril de 1968 en una casa de campo de Roma. Allí discutieron sobre el consumo de recursos ilimitados en un mundo cada vez más interdependiente. Propusieron un nuevo orden mundial y sentaron las bases del Club de Roma.

Dos años después, se legalizó esta institución y en 1972 produjeron el Primer Informe Meadows del Club de Roma sobre Los límites al crecimiento, actualizandolo después en varias ocasiones: en el año 1992 bajo el título Más allá de los límites del crecimiento y en 2004 con el título Los límites del crecimiento: 30 años después.

En la década de 1970, ante la ausencia de países que contaran con leyes para regular el uso y disfrute del medio ambiente y de los recursos naturales, surgieron los primeros organismos mundiales encargados de la atención de los ecosistemas y de la adecuada explotación de los mismos. Las preocupaciones ecológicas o ambientales empezaron a cobrar una fuerza hasta entonces desconocida en Occidente.

Dos cumbres de orden internacional debatieron sobre estas preocupaciones y marcaron las directrices de las políticas públicas en cuestión de medio ambiente y recursos naturales de los últimos cuarenta años: la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano en 1972 y, dos décadas más tarde, la Conferencia de Río en 1992.

Estocolmo 1972. Nace el ecodesarrollo

La ampliación de la cobertura y percepción de la temática ambiental ocurre a partir de la celebración de la Conferencia de Estocolmo en 1972 –conocida también como Cumbre de Estocolmo– ya que por primera vez en un foro internacional se conjuntaron los aspectos social y económico como ámbitos trascendentales para la conservación del ambiente y de los recursos naturales. La Declaración de Estocolmo de 1972 supone la primera legislación refrendada por la Comunidad Internacional para cuestiones relativas al medio ambiente, por eso se la suele valorar como el punto de partida en la evolución del moderno Derecho Ambiental Internacional, dividiéndose la historia de este Derecho en un antes y un después de Estocolmo.

En esta Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente nace el llamado ecodesarrollo que pretendía armonizar los objetivos sociales y económicos del desarrollo con un manejo adecuado de los recursos naturales y del medio ambiente.

La Conferencia declaró 26 principios. Se comenzaban a proteger los recursos naturales para el disfrute de generaciones presentes y futuras. Se indicó que los recursos no renovables debían emplearse de forma que se evitase su agotamiento. Las sustancias tóxicas también debían controlarse para que pudiesen neutralizarse y evitar daños irreparables a los ecosistemas. También se pidieron nuevos recursos destinados a la conservación y mejora del medio no sólo económicos sino también científicos que previniesen y sirviesen para combatir las amenazas al medio ambiente.

Se puede afirmar que el medio ambiente se convirtió en un asunto de importancia mundial a partir de la Conferencia de Estocolmo. Fue todo un éxito conseguir certificar el daño causado por el ser humano en distintas regiones de la Tierra. Se avanzó considerablemente en cuestiones técnicas y científicas, pero en el plano político se continuó dejando de lado las cuestiones ambientales.

Río de Janeiro 1992, un avance innegable

Otra de las grandes Cumbres de la Tierra organizadas por la ONU, fue la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo celebrada en la ciudad de Río de Janeiro, en Brasil, del 3 al 14 de junio de 1992.

Previamente, en 1987, la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (CMMAD) presentó un informe, conocido como el “Informe Brundtland”, a la Asamblea General basado en un estudio de cuatro años donde se definía y concretaba el tema del desarrollo sostenible: “el tipo de desarrollo que satisface las necesidades de la generación actual sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”.

Con este nuevo concepto surgió una nueva perspectiva desde la que abordar el crecimiento en todos los ámbitos, partiendo de un nuevo concepto de cooperación internacional que reconoce la incidencia de las decisiones asumidas en una parte del mundo sobre el resto de las regiones.

Siguiendo los resultados del Informe Brundtland, los objetivos fundamentales de Río buscaron lograr un equilibrio justo entre las necesidades económicas, sociales y ambientales de las generaciones presentes y de las generaciones futuras y sentaron las bases para una asociación mundial entre los países desarrollados y los países en desarrollo, así como entre los gobiernos y los sectores de la sociedad civil, sobre la base de la comprensión de las necesidades y los intereses comunes.

En Río de Janeiro, 172 gobiernos, incluidos 108 Jefes de Estado y de Gobierno, aprobaron tres grandes acuerdos que habrían de regir la labor futura: el Programa 21, un plan de acción mundial para promover el desarrollo sostenible; la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, un conjunto de principios en los que se definían los derechos civiles y obligaciones de los Estados, y una Declaración de principios relativos a los bosques para la ordenación más sostenible de los mismos en el mundo.

Se firmaron, además, dos instrumentos con fuerza jurídica obligatoria:

  • La Convención Marco sobre el Cambio Climático (Cuya Conferencia de las Partes se ha reunido ya en 17 encuentros internacionales buscando atajar el problema del Cambio Climático).
  • El Convenio sobre la Diversidad Biológica (hasta la fecha, la Conferencia de las Partes ha celebrado 10 reuniones ordinarias y una reunión extraordinaria). Ambas conferencias de las partes se iniciaron con ilusión pero tanto la de Copenhague y Durban, referidas a Cambio Climático como Nagoya, en biodiversidad, se han caracterizado por el desencanto general. Sin embargo, la Cumbre de Río 92 fue un éxito, sobre todo por los grandes avances conseguidos para conservar el medio ambiente.

Johannesburgo 2002

La tercera Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, celebrada en Johannesburgo (Sudáfrica) en 2002, tuvo un menor respaldo político y se caracterizó por una mayor ambigüedad. A pesar de todo, evaluó los obstáculos que impedían progresar y los resultados conseguidos desde la Cumbre de la Tierra de 1992. La Cumbre aprobó el Plan de Aplicación de las Decisiones de Johannesburgo, que contiene un planteamiento más preciso, con medidas concretas, metas y objetivos cuantificables y sujetos a plazos fijos.

El programa intergubernamental constituyó la parte central de la Cumbre, pero también se prestó atención a todos aquellos sectores de la población que están comprometidos con el desarrollo sostenible, incluyendo aquellos definidos en el Programa 21.

Para algunos, el gran éxito de la Cumbre de la Tierra de Johannesburgo fue el énfasis que se logró poner en temas de desarrollo social tales como la erradicación de la pobreza, el acceso al agua y a los servicios de saneamiento, y la salud.

Lo cierto es que desde 1972 han aumentado las conferencias internacionales, los departamentos especializados, los técnicos, las publicaciones especializadas en el tema y, sin embargo, no se ha conseguido, hasta el momento, enderezar la situación global. El exceso de literatura y de las cumbres internacionales, parece que contribuyen más a mantener que a reconvertir los modos de gestión económica que acarrean los problemas ecológicos globales actuales.

Río+20

Brasil ha acogido, de nuevo en Río de Janeiro, del 20 al 22 del pasado mes de junio, la Conferencia de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible, llamada también “Rio+20” porque se celebra dos décadas después de la primera gran Cumbre de la Tierra en 1992.

Con menos presencia de jefes de Estado que su homónima en 1992 (han destacado las ausencias del estadounidense Barack Obama, presidente de la primera economía del planeta, de la jefa de gobierno alemán, Angela Merkel, la mayor economía de Europa y tradicionalmente comprometida con el medio ambiente y la del primer ministro británico David Cameron). Por tanto, desde su comienzo, distintos grupos alertaron del riesgo de fracaso de la cumbre porque pronosticaron una falta de compromiso de los gobernantes y de los políticos.

Antes de la cumbre ya se anunció que incluso el documento que se sometería a la discusión de los líderes políticos conocido como El futuro que queremos, era un texto lleno de lugares comunes y expresiones vagas sin que hubiese objetivos ambientales cuantificados y que tampoco sirvía para que los líderes abriesen la discusión durante el tramo político de la negociación.

El propio secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, aseguró en la inauguración de la Cumbre que “los esfuerzos de los países no han estado a la altura de la medida del desafío”, recordando también que “la naturaleza no negocia con los seres humanos”.

Una vez clausurada la Cumbre, los pronósticos se cumplieron. “La cumbre verde acaba en decepción” y “Río+20 no logra avances en las políticas ambientales ni de desarrollo sostenible”, son algunos de los titulares recogidos por la prensa mundial. Río+20 se clausuró de la misma manera que se inauguró: con un documento de mínimos, que no caló en la sensibilidad de nadie y que, ciertamente, no ha servido de revulsivo para que la comunidad internacional reaccione con vigor ante el deterioro natural del planeta.

En Río, los líderes no han sido capaces de dar respuestas contundentes a las demandas de buena parte de la sociedad: de momento no habrá nuevos mecanismos de financiación para políticas de desarrollo sostenible, ni un acuerdo para crear una agencia que sea el brazo medioambiental de la ONU, ni nuevos pasos al frente en la protección de los océanos, ni la decisión de eliminar los subsidios a los combustibles fósiles, o medidas que contribuyan a la erradicación de la pobreza en el mundo.

Con opiniones como la de China, uno de los mayores contaminadores del mundo, que dejó muy claro que el cuidado del medio ambiente no será una prioridad del país mientras obligue a frenar su crecimiento, muchos son los que se preguntan si estas cumbres internacionales sirven para algo; aunque otros, la inmensa mayoría, todavía creen en el espíritu de Estocolmo 72 y Río 92 y consideran que en estos encuentros se pueden y deben obtener compromisos. ©


Luis Guijarro

Periodista Medioambiental


 

 

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