Revista Crítica

Usted está aquí: Inicio La Revista Monográfico Análisis La imagen de España

La imagen de España

Escrito por: Blanca Sáez de Santa María Gómez-Mampaso
Mayo - Junio 2012

Antes y después de la Constitución

 Probablemente no son los mejores tiempos para tomar una foto de nuestra ya no tan joven democracia, pero sí que puede resultar interesante reflexionar cómo ha evolucionado durante estos años la imagen de España tanto ad intra como ad extra, teniendo en cuenta que siempre va acompañada de una cierta distorsión marcada por los estereotipos, algunos inventados y otros reales pero exagerados. Es importante, por lo tanto, reflexionar no sólo en cómo han visto los demás desde fuera la suerte de la puesta en práctica de los principios marcados por la Constitución de 1978, sino también cómo hemos vivido nosotros ese proceso desde dentro durante estas tres décadas.

La imagen que se ha tenido y se tiene de España en el exterior es ciertamente contradictoria. A pesar de nuestra larga trayectoria histórica, dicha imagen es un conglomerado proveniente del romanticismo en el que se mezclan aspectos supuestamente positivos (la pasión, la alegría de vivir o el honor) como negativos (la crueldad, la ignorancia, la pereza o la intolerancia) pero que dan como resultado el retrato de una sociedad primitiva, en donde nos encontramos con personajes arquetípicos que se mueven entre el buen salvaje y el salvaje sin más.

Del aislamiento al reconocimiento

Al comienzo de la Dictadura franquista, España sufrió un absoluto aislamiento internacional hasta que la Guerra Fría hizo que su decidida postura anticomunista y su cómoda ubicación geográfica la hicieran un aliado natural de los Estados Unidos lo que facilitó su ingreso en la ONU a finales de 1955. A partir de este momento, la forma de gobierno de España seguía siendo condenada pero cada vez era más habitual mirar hacia otro lado: eran más las ventajas de tolerarla que los inconvenientes de sancionarla. Esto, unido al crecimiento económico que España experimentó en la década de 1960 –que algunos denominaron el “milagro español”– basado en una progresiva industrialización (la España del 600) y en una gran impulso del turismo de sol y playa al amparo del longevo eslogan “Spain is different”, hicieron que Occidente “perdonase” a España – o sin cierto paternalismo– el hecho de no ser una Democracia. Por eso, cuando la sociedad española mostró su madurez política durante la Transición democrática – debido, todo sea dicho, a la existencia previa de una amplia clase media – el mundo se sorprendió de su talante pacífico y dialogante, a pesar de las lógicas dificultades que en algunos momentos nos hicieron contener la respiración, como la matanza de Atocha o el 23-F. Probablemente, una de las grandes sombras de estos más de treinta años con más repercusión internacional ha sido el sanguinario Terrorismo etarra, actualmente inactivo, pero que lamentablemente sigue constituyendo una amenaza latente.

A pesar de todas estas dificultades, la imagen de España fue mejorando notablemente desde una perspectiva política, social y económica. En la década de 1980 los distintos gobiernos españoles trataron de reforzar la presencia de España en los más importantes foros internacionales. Así, en 1982, a pesar de una fuerte oposición social, España fue aceptada como miembro de la OTAN y en 1986 se hizo realidad un deseo largamente soñado: nuestro ingreso en la Comunidad Económica Europea. Empezábamos a gozar de cierto reconocimiento que se iría consolidando en la década de 1990. La Política Exterior de la España democrática se ha centrado, por tanto, en tres claros objetivos: Europa, Iberoamérica y Mundo musulmán, con algunos guiños –no siempre afortunados– a los Estados Unidos de América.

¿Cómo nos ven?

Económicamente siguen pesando algunos estereotipos tales como que en España se trabaja poco, se tienen muchas vacaciones y se duerme la siesta, lo que no impidió que en 2007 nos posicionásemos en el puesto octavo de la Lista de los países más ricos del mundo por Producto Interior Bruto (PIB) del Banco Mundial. Nuestros productos de consumo, bajo el amparo de la “Marca España” o del “Made in Spain”, al igual que la imagen de nuestros servicios, son bastante apreciados en el exterior, pero a nivel industrial y tecnológico se nos percibe como un país no muy desarrollado en estos sectores, que invierte poco en I+D y no excesivamente creativo. Tras varios años de bonanza económica, a día de hoy estamos viviendo una de las peores crisis de nuestra Historia. Hemos regresado a ese grupo maldito de países europeos al que groseramente los británicos denominan PIIGS (acrónimo compuesto por la letra que da comienzo en inglés a Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España), cuya traducción sería “cerdos” y que hace referencia a algunos países de la periferia europea a los que, tras una mejora notable de sus economías tras la unión monetaria, la crisis les está afectando más que al resto de países europeos.

¿Cómo nos vemos nosotros?

Así nos ven, en líneas generales, desde fuera. Pero, ¿cómo nos vemos nosotros? Los españoles somos animales políticos sumamente pesimistas, lo que contrasta con nuestro alegre carácter como sociedad en general; pero es ponernos hablar de cómo va el país y convertirnos en unos seres feroces, demoledores, sin piedad. En este sentido, un acontecimiento acaecido hace pocos años me produjo una media sonrisa de esas que sólo aparecen cuando te das cuenta que te estás exigiendo a ti mismo mucho más de lo que exiges a los demás. Tras analizar unas fotografías tomadas por Jean Laurent en la segunda mitad del siglo XIX y unas radiografías recientes, se llegó a la conclusión de que el “Duelo a garrotazos”, una de las famosas pinturas negras de Goya, había llegado hasta nosotros manipulada. Esta lucha a muerte al alba entre dos jóvenes con las piernas enterradas hasta más allá de las rodillas para no tener la posibilidad de huir había sido interpretada tradicionalmente como la tendencia fratricida de nuestra nación. Pues bien, al parecer Goya no escondió las piernas de los hombres que pe- lean sino que les pintó sobre un campo de hierba alta; el “enterramiento” fue fruto de una restauración chapucera y de una interpretación más bien melodramática en la que nos percibimos como una sociedad más violenta y cainita de lo que realmente somos. Esta anécdota constituye una auténtica parábola de la forma que tenemos de empeorar aún más – si cabe – nuestra propia imagen: la escena es, de por sí, brutal, pero nosotros mismos la agravamos con ese exacerbado sentido de la autocrítica, tan característico de los españoles.

¿Una sociedad feliz?

Pero, ¿en qué medida ha cambiado España realmente desde la Transición hasta actualidad? Las estadísticas nos permiten una primera aproximación relativamente neutra a estos dos momentos de nuestra Historia que pretendemos analizar. La España de 1978 tenía una población joven de unos 35 millones de habitantes con una esperanza de vida menor que ahora y bastante más acostumbrada a emigrar que a recibir emigrantes. La tasa de analfabetismo rondaba el 15 por ciento y solamente un 10 por ciento de los jóvenes accedían a los estudios universitarios. Había menos paro aunque una parte importante de la población se dedicaba al sector agropecuario. La España de 2012 tiene una población de unos 46 millones de habitantes, bastante más envejecida y con una esperanza de vida mayor. En la actualidad la población inmigrante asciende a un diez por ciento del total. No obstante, los españoles nos seguimos viendo obligados a emigrar, si bien es cierto que nuestra emigración es ahora cualificada y es debido a que el techo de expectativas profesionales es bastante limitado. Nuestra tasa de alfabetización se acerca al 98% ciento y alrededor del 35% de los jóvenes sigue una carrera universitaria. Laboralmente somos una sociedad centrada en el sector servicios, con una tasa de paro de en torno al 24% de la población activa, constituyendo el problema que más preocupa a los españoles a día de hoy. Por lo demás, hemos pasado de ser una sociedad bastante austera a demasiado consumista. Seguimos considerándonos un país católico o –al menos así se declara un 73% de la población– pero cada vez somos menos practicantes. Somos, por lo demás, una sociedad bastante feliz comparándonos con la media europea, que nos percibe como un país con un buen nivel de vida, con una economía bastante desarrollada y políticamente estable. Nosotros, a su vez, pensamos que nuestra vinculación a Europa ha desempeñado un papel fundamental en la consolidación de nuestra democracia.

“Don Quijote en el bar, Sancho Panza en las urnas”

No obstante, no creo que en España haya un gran interés por los temas políticos y no tanto porque no se hable de Política, sino porque no se sabe de Política. Hace unos años un argentino –a pesar de la mala prensa de la que gozan en la actualidad– me dijo que vistos desde fuera los españoles éramos como don Quijote en el bar y Sancho Panza en las urnas. Es decir, apasionados en nuestras discusiones, opinando absolutamente de todo, y conservadores en nuestras decisiones, lo que no implica que lo seamos en nuestras inclinaciones ideológicas. En los años transcurridos desde la promulgación de la Constitución de 1978 hemos avanzado en muchas cosas, hemos consolidado muchos derechos y libertades; también se ha demostrado que hay muchas cuestiones que deberíamos replantearnos como algunas instituciones o el reparto competencial. La pregunta que se nos viene a la cabeza es si la Constitución de 1978 ha cumplido su misión, si es tiempo de reformarla o, incluso, de cambiarla. Creo que la madurez de una sociedad se demuestra en su valor ante los cambios, sobre todo cuando estos son necesarios, y lamentablemente la sociedad española aún no está del todo preparada para ello. Quizás nos hemos acostumbrado a vivir en democracia, pero aún no hemos aprendido lo que significa vivir en democracia: el discurso político de la calle sigue siendo enormemente superficial –por muchas manifestaciones y acampadas que se hagan– y seguimos a la espera de que el Estado satisfaga nuestras necesidades sin implicarnos demasiado como una auténtica ciudadanía. Algunos podrán sorprenderse leyendo estas líneas cuando estamos siendo testigos del aniversario del Movimiento del 15- M: nuevamente vemos las calles llenas a rebosar de gentes, pancartas con lemas emotivos, asambleas ciudadanas en las que se plantean tantas líneas de debate como personas intervienen en el mismo… Yo no digo que a los españoles no nos guste manifestarnos, que nos encanta y si hay enfrentamiento con las fuerzas del orden, más; yo no digo que el 15-M no sea capaz de remover conciencias (que lo es, y mucho); yo no digo que España no tenga muchos problemas y muy graves que requieran nuestra atención… Lo que afirmo es que para poder solucionarlos no basta con mostrar nuestro malestar: debemos implicarnos, debemos dejar de actuar como si los problemas de España se pudieran solucionar como si fuera una comunidad de propietarios y tratar de elevar el discurso político de nuestra sociedad tanto en las Cortes como en la calle. En este sentido, coincido plenamente con lo que dijo el otoño pasado en una entrevista concedida al diario El País respecto a este movimiento ciudadano el filósofo y sociólogo polaco Zigmunt Bauman: “Con emociones sólo, sin pensamiento, no se llega a ninguna parte”.©

BIBLIOGRAFÍA
España en cifras 2012. Instituto Nacional de Estadística. Madrid, 2012 La Sociedad española tras 25 años de Constitución. Instituto Nacional de Estadística. Madrid, 2003
CUENCA TORIBIO, J. M. “La transición española, modelo universal” en Nueva Revista de política, cultura y arte. Núm. 37 (diciembre 1994), Difusiones y Promociones Editoriales, S.L. Madrid, 1994.
NOYA, Javier. La imagen de España en el Exterior. Estado de la Cuestión. Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos. Madrid, 2002.
NÚÑEZ FLORENCIA, Rafael. “La percepción exterior de España durante el Franquismo” en Historia contemporánea. Núm. 30 (Franquismo, política exterior y memoria histórica). Universidad del País Vasco. Servicio de Publicaciones. 2005, pp. 23-48.


Blanca Sáez de Santa María Gómez-Mampaso

Profesora de Historia del Derecho y las Instituciones de la Universidad Pontífica Comillas de Madrid


 

 

¿La Constitución de todos?

¿La Constitución de todos?

Retos del modelo autonómico en la Constitución, el derecho a la educación, al trabajo y a la sanidad, iglesia y religión en las constituciones españolas, en definitiva, a propósito del bicentenario de la Constitución de 1812, llamada popularmente "La Pepa", Crítica hace un repaso a lo que supone y representa el texto constitucional.


Ver revista Descargar Suscribirse

Artículos más leídos

La educación no es neutral

La educación no es neutral

Para transformar la sociedad es necesario formar sujetos críticos y creativos, y...

Consumo y ciudadanía

Consumo y ciudadanía

La ciudadanía no consiste únicamente en tener derechos, sino también...

Como lágrimas en la lluvia

Como lágrimas en la lluvia

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de...

Desde mi teclado

Desde mi teclado

El 93% de los internautas españoles tienen una cuenta activa en al menos una red social....

Crítica cumple 100 años

Crítica cumple 100 años

Hace exactamente 10 años, en el año 2003, yo misma titulaba el editorial de la...

  • La educación no es neutral

    La educación no es neutral

    Martes, 01 Marzo 2011 13:57
  • Consumo y ciudadanía

    Consumo y ciudadanía

    Martes, 01 Julio 2008 11:17
  • Como lágrimas en la lluvia

    Como lágrimas en la lluvia

    Sábado, 01 Marzo 2014 13:54
  • Desde mi teclado

    Desde mi teclado

    Miércoles, 01 Mayo 2013 09:48
  • Crítica cumple 100 años

    Crítica cumple 100 años

    Domingo, 01 Septiembre 2013 00:00

Redes Sociales

Newsletter

Suscríbase a nuestras newsletters para recibir nuestros últimos comunicados
eMail incorrecto