18Septiembre2019

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El dolor como desencadenante de la solicitud y el cuidado

Escrito por: Lydia Feito Grande
Septiembre - Octubre 2012

Nunca separes tu dolor del común dolor humano, busca el íntimo aquel en que radica la hermandad que te liga con tu hermano, el que agranda la mente y no la achica; solitario y carnal es siempre vano; sólo el dolor común nos santifica. 

M. de Unamuno:

“Dolor común” (fragmento)

El dolor y el sufrimiento: el ser humano vulnerable

El dolor y el sufrimiento son viejos conocidos de los seres humanos. Son la expresión más visible de la condición vulnerable de las personas. El mero hecho de tener vida y sensibilidad nos convierte en seres frágiles. Y por más que se defienda la autonomía de las personas, ésta no es comprensible sin la dimensión de vulnerabilidad que hace tan precarias y, a la vez, tan preciosas, las vidas humanas.

Ser vulnerable implica fragilidad, una situación de amenaza o posibilidad de sufrir daño. Por tanto implica ser susceptible de recibir o padecer algo malo o doloroso, como una enfermedad, y también tener la posibilidad de ser herido física o emocionalmente. No en vano, el origen del término “vulnerabilidad” es el término  latino “vulnus”, que significa herida, golpe, punzada, y también desgracia o aflicción. En el mismo campo semántico se encuentra “vulneratio”, herida o lesión, y también el verbo “vulnero”, herir o lastimar. La vulnerabilidad tiene que ver, pues, con la posibilidad de sufrir, con la enfermedad, con el dolor, con la fragilidad, con la limitación, con la finitud y con la muerte.2

La vulnerabilidad tiene una dimensión de susceptibilidad al daño, que es en buena medida dependiente de factores intrínsecos, pero que también está fuertemente condicionada por factores extrínsecos. Está anclada en la radical fragilidad del ser humano, pero sin duda es atribuible en buena medida a elementos sociales y ambientales. La condición de vulnerable no sólo supone estar sometido a condiciones hostiles que puedan suponer riesgo para el individuo, sino que también hace referencia a la indefensión, a la ausencia de medios para contender con tales riesgos sin sufrir daño.

Además, la vulnerabilidad es dinámica, es cambiante. El énfasis puesto en lo relacional, lo contextual y lo procesual, permite considerar que la vulnerabilidad, aun siendo intrínseca al ser humano, no es una característica estable e inmutable, antes bien es dependiente, al menos en parte, de factores que pueden cambiarse, en los que se puede intervenir. De ahí que ésta sea la clave que sustenta la obligación moral de una acción, preventiva, curativa, de cuidados, social, económica, o de cualquier otra índole, que pueda minimizar, paliar o evitar estas condiciones favorables al daño, estos espacios de vulnerabilidad.

El dolor y el sufrimiento, elementos consustanciales a nuestra vida, se convierten en razón de ser de aquellas disciplinas, como las actividades socio-sanitarias, que intentan aliviarlo. No obstante, en muchos ámbitos médicos se asocian ambas experiencias, de modo que se considera que el sufrimiento sería la reacción psicológica negativa ante el dolor físico o los síntomas desagradables. De este modo, la clave de abordaje del dolor sería, por ejemplo, la investigación en los nociceptores (receptores del dolor) y la farmacología, para encontrar un modo de atenuarlo o hacerlo desaparecer, objetivo que, una vez logrado, resolvería también el problema del sufrimiento.

Sin embargo, el sufrimiento hace referencia a una dimensión más amplia del ser humano, que no se agota en el dolor. E. Casell,3 sugería en su conocido libro “The Nature of Suffering and the Goals of Medicine”, que el sufrimiento es un estado específico de grave aflicción inducido por el quebranto de la integridad, por no estar intacto, por la pérdida de la totalidad y la unión de la persona, o por una amenaza que la persona considera que dará como resultado la disolución de su integridad.

Este concepto más amplio, plantea la exigencia de un cuidado y atención de quien sufre, que va más allá de la versión estrecha del dolor.4 Considera la persona como un todo, y llama a una respuesta solidaria, sencillamente por el reconocimiento del otro humano como alguien en quien se muestra la propia vulnerabilidad. Desde esta perspectiva, se puede decir que existe una exigencia ética de cuidado y atención ante el sufrimiento humano.

Sin duda, esta visión más holística no debe menoscabar la importancia de paliar el dolor. De hecho, es esencial subrayar la necesidad de prestar mayor atención al alivio del dolor, como obligación de los profesionales sanitarios, frente a lo que ha sido, y aún sigue siendo, habitual, esto es, un deficiente control de síntomas a pesar de disponer de los medios para afrontarlo. Tan decisivo resulta este tema que se habla ya del alivio del dolor como derecho humano,5 y se considera que el dolor crónico o un mal manejo del dolor en la población son auténticos problemas de salud pública.6

El cuidado como respuesta a la vulnerabilidad

Es verdad que la vulnerabilidad en cuanto tal no es un principio moral, por más que la propuesta de unos principios europeos de la bioética la incluyan como tal.7 La constatación de una dimensión de lo humano, no puede ser la exigencia de un deber, pues se trata de una mera descripción de la realidad. Es necesario ir algo más lejos para justificar un principio de protección del vulnerable: a partir de la afirmación de la vulnerabilidad como característica antropológica que nos iguala a todos los seres humanos, es posible afirmar un reconocimiento que genera una exigencia de respuesta. La capacidad de sufrimiento genera un sentimiento de empatía, de comprensión frente a lo que le acontece a otro ser humano, que es igual, y que muestra nuestra propia fragilidad. Y que también desencadena una respuesta, una necesidad de actuar frente a dicho sufrimiento, una suerte de solidaridad que es la base de la Regla de Oro –aquella que afirma que no debemos hacer a los demás lo que no querríamos que nos hicieran a nosotros–, y también una justificación racional para la idea de justicia. Desde esta perspectiva se puede afirmar que la vulnerabilidad es el origen de la ética.

Cuidado ante el enfermo, ante el vulnerable, ante el que sufre, quien tiene una experiencia vital que probablemente se hace más insoportable si no puede dotarla de algún sentido, y si no puede compartirla con otras personas. De hecho, el sufrimiento muestra la condición humana de un modo radical. Refiriéndose a la enfermedad, Laín Entralgo destacaba una serie de rasgos de esa experiencia: (1) la enfermedad hace patente la condición corpórea de la existencia humana, es decir, la determinación corporal de la identidad. La condición de enfermedad muestra las limitaciones que podemos sufrir. (2) También pone de manifiesto la “coexistencialidad”, la constitutiva apertura de la existencia humana al “otro”, ese carácter de necesidad y ayuda solícita que se desencadena ante (3) la vulnerabilidad, la
permanente susceptibilidad de la existencia humana a la destrucción, y por (4) la doloribilidad, la constitutiva susceptibilidad de la existencia humana al dolor físico. Pero también, junto a estos rasgos que destacan los aspectos negativos de la enfermedad, también se da la experiencia de (5) la capacidad de apropiación, esto es, el hecho de que la persona puede hacer y hace personalmente suya su propia experiencia, incluso cuando ésta es penosa. Y en cuanto apropiación es un acto de creación (aquel por el cual la persona, además de padecer la enfermedad, la “hace”) y un acto de interpretación, (aquel en cuya virtud el enfermo interpreta el sentido de su dolencia en la trama de su vida). Todo ello, en última instancia, remite a (6) el valor, la condición radicalmente valiosa de la existencia humana.

Teniendo esto en cuenta, la tarea de cuidado ha de realizarse desde una comunicación con la persona que está pasando por una situación de dolor o sufrimiento, que puede ser irreversible, y que ha de integrar en su vida como experiencia de la enfermedad, de la vulnerabilidad, de la dependencia, y de la propia finitud. Por eso es tan importante la labor de quienes prestan su ayuda. Se trata de una “actitud de cuidado” que depende de la sensibilidad ante el sufrimiento o la necesidad de otro ser humano y surge del mutuo reconocimiento como seres vulnerables.

La relación entre profesional sanitario y paciente –por extensión, entre cuidador y persona doliente– está basada en aspectos interpersonales del cuidado, en la capacidad de percibir la necesidad y comprender la situación de vulnerabilidad en que la persona se encuentra. Quien sufre puede padecer dolor, puede sentir miedo o angustia, puede tener incertidumbre y dudas, está en una situación en la que necesita solución, pero también probablemente apoyo y comprensión, en la que se percibe a sí mismo como frágil o dependiente, y en la que el profesional sanitario –el cuidador– se convierte en alguien que puede prestarle ayuda y alivio. De ahí que deposite su confianza en ese cuidador del que espera, al menos, respeto y confiabilidad, es decir, la cualidad de hacerse acreedor de confianza. En el caso del profesional sanitario, dicha confianza tiene que ver con su saber hacer técnico y su competencia profesional, pero también con su saber ser prudente, su dimensión de relación y cuidado.

Todo lo dicho es pertinente a la ética del cuidado.8 Desde esta perspectiva, la llamada a la solicitud y la responsabilidad por el otro humano, que no puede ser ajeno, se convierte en un mandato moral cuyo fundamento radica en nuestro modo de ser humanos: inevitablemente morales, obligados radicalmente a justificar nuestros actos y nuestras opciones, llamados a asumir las consecuencias de ellos, compelidos a la realización de un ideal de humanidad que puede adoptar muchas formas, pero que siempre asume que la libertad nos confiere la responsabilidad de nuestros actos. Se trata de una llamada, pues, a la solidaridad entendida como preocupación y responsabilidad por el otro ser humano, porque sin ello no es posible la realización de la justicia.

El cuidado, como atención solícita al otro que requiere ayuda, no es renunciable, y debe realizarse de tal modo que no olvide el respeto a su autonomía, a su perspectiva frente al mundo, y a su modo de afrontar el sufrimiento, y todo ello en el marco de la justicia, de la necesaria equidad que exige una humanidad común. La relación interpersonal que se da en ese marco de la respuesta solidaria frente al dolor, permite reconocer al individuo, al otro, como fuerza moral que exige una responsabilidad. Pero la ampliación de esa responsabilidad más allá de esa persona, al conjunto de la humanidad, exige la justicia.

La justificación de este enlace entre el cuidado ante el dolor del sufriente, y la inscripción de esta respuesta ética en el marco de la justicia, viene de que, según lo dicho, la solidaridad y la atención solícita ante el otro ser humano son un mandato de humanidad. La experiencia de la fragilidad del mundo, de la vulnerabilidad de la vida (la vida en general, y la humana en particular), nos ha llevado a la necesidad de afirmar un compromiso moral que denominamos responsabilidad, y que es la clave ética de nuestro tiempo. Así, la fragilidad y la vulnerabilidad nos obligan, en justicia, a la atención solidaria.

Se puede decir que ésta es una de las claves de lo que sería una “ética de la vulnerabilidad”, basada en el reconocimiento de la condición vulnerable del ser humano y la exigencia moral que de ella se deriva, como protección ante la fragilidad y promoción de una autonomía interdependiente. Y ello porque los seres humanos son siempre susceptibles de sufrir daño, mortales, falibles e incompletos. Como resume D. Gracia,9 comentando las situaciones límite analizadas por K. Jaspers, “vivir humanamente es estar siempre al borde del abismo”, y es precisamente nuestra condición vulnerable la que nos amenaza, pero también es lo que nos concede una vida auténticamente humana. La constatación de la vulnerabilidad y el reconocimiento del otro humano abren el espacio del cuidado, la responsabilidad y la ética.©

NOTAS
1. Doctora en Filosofía. Magister en Bioética. Magister en Neuropsicología. Profesora de Bioética. Departamento de Medicina Preventiva, Salud Pública e Historia de la Ciencia. Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid. España. lydia.feito@med.ucm.es
2. Feito, L. Vulnerabilidad. An. Sist. Sanit. Navar. 2007; 30 (Supl. 3): 7-22.
3. Cassell, E. J. 1991. The nature of suffering and the goals of medicine. NewYork:Oxford University Press.
4. McGee, S.J., Kaylor, B.D. H. Emmott, M.J. Christopher, Brief Research Report. Defining Chronic Pain Ethics. Pain Medicine 2011; 12: 1376–1384.
5. Brennan F, Cousins MJ. El alivio del dolor como un derecho humano. Rev. Soc. Esp. Dolor. 12: 17-23, 2005. Torres LM. El tratamiento del dolor como un derecho de todos. Rev. Soc. Esp. Dolor.12: 399- 400, 2005
6. Goldberg and McGee, Pain as a global public health priority. BMC Public Health 2011, 11:770
7. Kottow, M. Vulnerability: What kind of principle is it? Medicine, Health Care and Philosophy 2004; 7: 281-287.
8. Rendtorff, J. & Kemp, P. Basic ethical principles in European bioethics and biolaw. Instituto Borja de Bioética. Barcelona. 2000. Rendtorff, J. Basic ethical principles in European bioethics and biolaw: Autonomy, dignity, integrity and vulnerability – Towards a foundation of bioethics and biolaw.” Medicine, Health Care and Philosophy 2002; 5 (3): 235-244.
9. Laín Entralgo, P. El estado de enfermedad. (Esbozo de un capítulo de una posible antropología médica). Moneda y Crédito. Madrid, 1968.
10. Feito, L. Ética y enfermería. San Pablo. Madrid, 2009.; Feito, L. Ética profesional de la enfermería. Filosofía de la enfermería como ética del cuidado. PPC. Madrid, 2000.
11. Gracia, D. Ética de la fragilidad. En: Bioética Clínica. Ed. El Búho. Santa Fe de Bogotá, 1998.


Lydia Feito Grande1

Universidad Complutense de Madrid


 

 

Comprender el dolor

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La ayuda en situaciones de catástrofe, el manejo emocional ante el dolor ajeno, el dolor en las grandes religiones, la representación del dolor en el cine, en definitiva, un mosaico de perspectivas con las que pretendemos comprender el dolor.


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