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El dolor, ¿es sufrimiento?

Escrito por: Paula García-Borreguero Lorenzo
Septiembre - Octubre 2012

El objetivo del siguiente texto es presentar la distinción entre sufrimiento y dolor; y ofrecer unas nociones básicas sobre cómo los pensamientos y emociones pueden influir directamente sobre respuestas fisiológicas, de qué forma los factores psicológicos afectan también a su modo de afrontarlo; e ilustrarlo con ejemplos. Así se pretende ayudar a entender, por ejemplo, cómo los sentimientos de indefensión pueden incrementar la percepción de dolor, o cómo las relaciones con otras personas pueden muy bien reforzarlo.

En principio es importante hacer una distinción entre dolor y sufrimiento; pues se trata de dos realidades que no proceden necesariamente de la misma experiencia:

Se puede tener dolor sin sufrimiento, como en el caso de las mujeres al dar a luz, o al despertar después de haberse sometido a una cirugía estética. Y puede ocurrir lo contrario, que exista sufrimiento sin dolor físico: como cuando a alguien querido le informan del diagnóstico de un cáncer avanzado y todavía no se han producido síntomas limitantes para la vida diaria. O la devastadora reacción psicológica que se produce tras la pérdida de un ser querido; lo que describimos como dolor emocional. El sufrimiento está más relacionado con emociones negativas y deterioro de la calidad de vida, lo que pone de relieve la gran importancia de los aspectos psicológicos y espirituales. Tal y como hemos visto en el ejemplo del parto, el dolor, por el contrario, puede estar asociado a emociones positivas.

En contra de la creencia popular; no todas las personas que padecen enfermedades graves o en situación avanzada tienen sufrimiento. Esto depende en gran medida de la capacidad de introspección de la persona.

Por otro lado, los seres humanos tenemos nuestros propios mecanismos de defensa para reducir el sufrimiento, incluso en las situaciones más difíciles: este es el caso, por ejemplo, de la negación. Una persona negadora es aquella que niega una realidad demasiado dolorosa en su vivencia como para poder ser tolerada, y la sustituye por otra menos amenazante.

Un prestigioso médico de familia de Santiago, con amplia experiencia profesional, padecía un cáncer de pulmón avanzado y recibía puntualmente sus tratamientos con quimioterapia en la unidad de Oncología del hospital correspondiente. Cuando sus amigos y familia iban a visitarlo quedaban sorprendidos por el buen ánimo con que lo afrontaba. El secreto de su actitud quedó al descubierto cuando le confesó a un amigo: “Si no fuera porque soy médico, creería que lo que tengo es un cáncer…”, Se había puesto una venda en el alma para reducir el impacto emocional que su enfermedad le producía.

No sólo síntomas físicos

El dolor es un fenómeno complejo que no puede explicarse sólo por síntomas físicos, sino que resulta de la interacción de factores orgánicos, psicológicos, ambientales y culturales. Por este motivo la misma experiencia dolorosa puede ser vivida de forma completamente distinta por personas diferentes.

Deben considerarse elementos tales como el contexto, la interpretación que la persona haga de las sensaciones físicas, el estado de ánimo de la persona que lo padece, etc. A modo de ejemplo; una fuerte jaqueca es más llevadera con la alegría de conocer que se va a tener el primer nieto que la misma jaqueca durante una larga jornada buscando trabajo. Un retortijón en el estómago después de haber hecho una comida copiosa duele “menos” que ese mismo retortijón tras un mal diagnóstico. Un fuerte dolor de ovarios anunciando la ovulación puede incluso ser vivido con alegría cuando se deseaba fervientemente no quedar embarazada. Unos pinchazos en el pecho son vividos de forma completamente diferente por una persona que ha padecido un infarto; ya que ésta enseguida lo enlaza con experiencias pasadas y se pone en alerta ante la posibilidad de sufrir un nuevo ataque.

Hay incluso influencias culturales: hay sociedades en las que manifestar el dolor no está bien visto (“los hombres no lloran…”); y otras en cambio en las que se acostumbra a expresar públicamente que se está experimentando gran dolor. De hecho, en la mayor parte de los países occidentales tememos al dolor, lo consideramos algo intolerable, insoportable, que hay que evitar a toda costa y que limita el desarrollo de la vida de las personas. Sin embargo, en las culturas orientales viven con la creencia de que el dolor es algo propio de los seres humanos, como animales que somos, con el que hay que aprender a convivir de la mejor forma posible. En la India existe un centro hospitalario dirigido por una orden religiosa, que con mucho esfuerzo y pocos medios trata de dar acompañamiento, cuidado y cobijo a hombres y mujeres sin recursos con enfermedades avanzadas. Uno de los pabellones, de dos plantas, alberga a unas ochenta mujeres, de todas las edades, con enfermedades que generalmente no han sido diagnosticadas y que por supuesto no han seguido ningún tratamiento, ni se han acompañado de las más básicas medidas de higiene: impresiona la crueldad de las úlceras por presión, las secuelas de la lepra, sarna, úlceras tumorales… Pero si hay algo que impacta es que no se escuchan lamentos de dolor. ¿Cómo iban a lamentarse?, probablemente estas mujeres han aprendido que quejarse no tiene beneficios (ni analgesia, ni alivio de la carga de trabajo, ni comprensión). Y además tienen una necesidad aún más básica por cubrir, de la que sí se quejan, y a la que sí prestan atención: el hambre.

Por lo tanto, el dolor es una experiencia individual única e irrepetible, de la que es necesario explorar todas sus esferas para poder abordarlo correctamente.

De forma general podemos decir que el dolor tiene tres componentes básicos: un componente fisiológico; un componente emocional, y finalmente, pero no por ello menos importante, un componente cognitivo.

Los componentes fisiológicos

Quizá sea el componente fisiológico el menos necesario de explicar: todos en algún momento lo hemos sufrido; es en el que las medicinas analgésicas pueden ayudarnos. Se ha descrito que su función es mostrar al sistema nervioso que una zona del cuerpo está expuesta a algún peligro. Es decir, que su función sería la de alarmar para reducir los daños y atacar la fuente de los mismos.

Por otra parte, la aparición de dolor puede agravar el estado emocional de las personas; y a su vez, los problemas emocionales pueden ser un impedimento para su control. Quienes experimentan dolor de manera intensa y/o prolongada en el tiempo, como es el caso de los pacientes con alteraciones del nervio trigémino, pueden padecer secuelas emocionales como ansiedad, depresión, conducta suicida, abuso de fármacos analgésicos…

Las emociones

En segundo lugar, los estados emocionales de irritación, tristeza o ansiedad son en parte responsables del empeoramiento del dolor. Por el contrario, un estado de aceptación y tranquilidad facilitan su control.

Frecuentemente, el dolor se asocia con ansiedad, motivo por el cual los clínicos emplean técnicas de relajación con los pacientes con el fin de reducir la tensión corporal. Estar más relajados ayuda a reducir la ansiedad, y aliviar el dolor. Algunos psicólogos emplean incluso la hipnosis como bloqueante del mismo.

Como todas las experiencias emocionales, poder compartirlo, normalizar, y aceptar, facilita su tolerancia: de ahí el beneficio de la queja, así como el de sentirse comprendido por personas que lo han padecido.

Una comunicación eficaz con el equipo médico es de gran ayuda en el tratamiento del dolor para entender su causa, y aceptarlo. Además también ayudará a resolver miedos frecuentes, a veces irracionales, relacionados con la analgesia: muchas personas no toman correctamente la medicación por creencias limitantes, miedo a convertirse en un adicto, miedo a acostumbrarse, miedo a los efectos secundarios…

Componente cognitivo

Por último, el componente cognitivo. La forma con la que interpretamos el dolor así como los pensamientos que nos asaltan contribuirán a que lo llevemos de una forma u otra.

Por ejemplo, unos pinchazos en el costado, bajo la axila, asociados al pensamiento “es síntoma de un cáncer de mama” serán vividos con una intensidad mucho mayor que esos mismos pinchazos seguidos del pensamiento “tengo que comprarme un sujetador más grande”. Los efectos secundarios de un tratamiento agresivo, como el de la quimioterapia, son experimentados de forma más llevadera cuando han sido previamente normalizados por el médico que los pauta y se conocen, que si sorprenden al paciente y éste se deja llevar por su imaginación y los asocia a la enfermedad.

Es por este motivo que se torna fundamental aprender a modificar el habla interna y hacer atribuciones correctas de los síntomas corporales para así hacerlos más llevaderos.

El factor atencional es de una importancia decisiva en la percepción dolorosa. De hecho, las técnicas de distracción tienen efectos muy positivos en el control del dolor. Se han estudiado los efectos de la distracción en múltiples experiencias de dolor, y se ha encontrado que es especialmente potente al emplearse en las curas médicas. Especialmente cuando se utiliza como coadyuvante de los procedimientos farmacológicos. Esto se ha registrado incluso con dolores muy intensos, extremos, como el que sufren los pacientes durante las curas de graves quemaduras.

La literatura incluso describe casos extremos, como el de un soldado que declaró no haber sentido dolor cuando se le amputaron los dedos de una mano en el campo de batalla, según dijo, porque tenía toda su atención puesta en cómo luchar y salir con vida de aquella situación.

Pero volviendo a la realidad frecuente de la vida cotidiana, las técnicas más empleadas para facilitar la distracción son, por ejemplo, escuchar música, hacer crucigramas, sudokus, contar objetos, o participar en una conversación: de ahí lo beneficioso de las visitas a los enfermos. Y la técnica de distracción favorita de los niños y seguramente la más eficaz: los videojuegos. Tener la posibilidad de jugar a la Play Station y focalizar toda la atención en matar marcianitos, definitivamente hace más llevadero un dolor de oídos. Más de un paciente atendido en unidades de pacientes terminales ha sorprendido por la mejoría percibida durante un Madrid - Barsa; o en la final de una Copa del Rey. Para concluir, el dolor físico no necesariamente va ligado al sufrimiento humano, ya que éste abarca una dimensión más emocional y espiritual que precisa de una capacidad de introspección y que frecuentemente es amortiguada por mecanismos de defensa propios de los seres humanos. En concreto, el dolor es una experiencia en la que intervienen variables fisiológicas, cognitivas, emocionales, y contextuales. Para su alivio es importante tener en cuenta todos estos factores, especialmente para aquellas personas que padecen enfermedades crónicas.

La forma más apropiada para conseguirlo es manteniendo una comunicación franca y fluida entre el enfermo y el equipo sanitario que le atiende (médico, enfermera, y psicólogo si lo hubiera) prestando especial atención al vínculo entre ambos. ©


Paula García-Borreguero Lorenzo

Psicóloga Máster en Psicología Clínica y de la Salud


 

 

Comprender el dolor

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La ayuda en situaciones de catástrofe, el manejo emocional ante el dolor ajeno, el dolor en las grandes religiones, la representación del dolor en el cine, en definitiva, un mosaico de perspectivas con las que pretendemos comprender el dolor.


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