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El dolor y el sufrimiento en las grandes religiones

Escrito por: José María Pérez-Soba Díez del Corral
Septiembre - Octubre 2012

La piedra clave que sostiene el sistema simbólico de las religiones, es sin duda, la experiencia de salvación. F. Heiler afirmaba que el aroma de las religiones es la soteriología y R. Panikkar proponía definir el hecho religioso con tres simples palabras: ‘camino de salvación’1.
Por ello, la realidad existencial del dolor y el sufrimiento son el gran reto lanzado a la experiencia religiosa: proponéis salvación, se puede decir a los creyentes, pero el dolor y el sufrimiento siguen existiendo. ¿Cómo es posible? Por ello, todas las religiones, de formas muy diferentes, responden a la pregunta por el sufrimiento y proponen formas para integrarlo existencialmente.

Puede decirse que el gran problema, incluso médico, no es sólo el dolor en sí, sino el sentido del dolor. Como afirmaba V. Frankl, el hombre no se destruye por sufrir, sino por sufrir sin motivo. Y el mundo del sentido es el mundo de las religiones.

LAS RELIGIONES NACIDAS EN INDIA

Por las limitaciones de espacio, nos centraremos en dos grandes tradiciones religiosas actuales, que engloban a la mayoría de los creyentes actuales: las religiones nacidas en la India (Hinduismo y Budismo) y las religiones de la tradición abrahámica (Judaísmo, Cristianismo e Islam).

Hinduismo

Lo primero que es necesario decir es que el hinduismo no es una religión… es una auténtica ‘familia de religiones’, emparentadas entre sí y que se reconocen como parte de una misma tradición nacida de la experiencia milenaria escrita en los Vedas. Por ello, en estas pocas páginas no podemos hacer justicia a las diferentes tradiciones hinduistas. Pero sí podemos apuntar a dos de las ideas más difundidas e influyentes en el mundo hinduista: la idea de samsara y karma.

Desde la experiencia de los sabios que escriben las Upanishades, comentarios a los Vedas, toda la realidad hay que entenderla como un infinito ciclo cósmico de creación y destrucción. Nuestra vida humana actual es un renacimiento más, parte de un ciclo infinito de existencias en infinitos universos. Esto es el samsara: nuestra vida actual no es sino un ínfimo eslabón más en una rueda eterna.

La existencia misma es, pues, necesariamente, dolorosa. Vivir implica dolor y muerte (infinitas veces); permanecer en el ciclo del samsara es una condición dolorosa en sí, más allá del sueño, mejor o peor, en el que actualmente vivas. La salvación no puede ser sino escapar de esta eternidad de sufrimiento, fundir aquello que permanece en todas las reencarnaciones, el centro de mi ser (atman), con el Absoluto (Brahman), de manera que ya no exista condicionamiento, existencias, y, por tanto, sufrimiento.

Pero, aunque aceptemos que nuestra condición actual es necesariamente dolorosa, ¿por qué algunas personas sufren mucho más que otras? La respuesta es el concepto de karma. El ciclo de samsara se rige, como una ley eterna y mecánica, por el ciclo de causalidad: toda causa genera un efecto, y éste, a su vez, se convierte en una nueva causa… De esta manera, nuestras acciones adecuadas, las que nos ayudan a liberarnos, tienen consecuencias positivas en nuestra existencia actual y futura. Las acciones que nos encadenan aún más al ciclo de existencias, porque refuerza la mentira de nuestra personalidad, nuestros deseos, etc., tienen consecuencias negativas, tanto en nuestra vida actual como en las futuras. De esta manera, nuestro sufrimiento actual es consecuencia de nuestras acciones anteriores. Si lo asumo como tal y lo reoriento hacia descubrir la transitoriedad de mi vida actual y su falta de entidad, las consecuencias serán buenas y, superada la ilusión de mi personalidad, mi atman caminará a la liberación2.

Budismo

Siddharta, el Buda, nace en el mundo de ideas del hinduismo y asume la cosmovisión propia de éste, incluyendo la realidad del samsara y del karma. Pero lo asume con características propias.

Para el budismo la experiencia del dolor es la clave de su propuesta religiosa. Si bien es cierto que no existe un budismo sino muy diferentes budismos, también es cierto que sí existe una referencia común que identifica a las diferentes corrientes entre sí. Y, en el centro de esa referencia común se encuentra el discurso del Buda en el parque de los ciervos, las llamadas ‘cuatro verdades’. Al explicar su experiencia, Buda recurre al esquema de la medicina de su época: Para alcanzar la curación/salvación, lo primero necesario es ser consciente de la enfermedad. De no ser consciente, el mal continúa extendiéndose. Y la verdad es que nuestra vida no es plenamente feliz, que vivimos insatisfechos, que no somos plenos… Esa es la primera verdad: estamos enfermos. Así, el dolor se sitúa en el mismísimo corazón del budismo. Dinero, salud y amor son realidades efímeras que no se sostienen ante las experiencias universales de la enfermedad, la vejez y la muerte. Hasta los momentos de placer o de paz intensos no son más que ‘dolor dorado’, por cuanto, una vez dejados atrás, los miramos con nostalgia, suave dolor que nos indica que ahora, en ese momento, no somos plenamente felices. Estamos enfermos y sufrimos.

Pero no basta con ser consciente. Para curar al enfermo hay que conocer la causa de la enfermedad. Es la segunda verdad: la causa del dolor es el deseo. Con ello el Buda no se refiere a los pequeños deseos de la vida cotidiana, sino al ‘Deseo’ que mueve nuestra existencia.

Buscamos que la posesión de cosas nos dé la paz definitiva; que la fama, el dinero, el buen nombre, el cuerpo sano, nos calme… y ninguna de esas realidades puede hacerlo. No porque no quieran, es que no pueden. Todas las realidades de este mundo son, necesariamente, impermanentes,por lo que su consuelo sólo puede ser caduco. No nos permiten escapar del dolor más que momentánea e ilusoriamente. El problema no está en las cosas. Somos nosotros los que, ignorantes, equivocamos el camino y pedimos a la realidad aquello que no nos puede dar.

Y, como el Buda asume la cosmovisión hinduista, esta situación no sólo nos concierne en esta vida, sino que nos mantiene atrapados en infinitas existencias, en el samsara. Nuestra insatisfacción actual, nuestra infelicidad es eterna. Y nosotros tenemos la culpa.

Si acabara aquí el discurso de las Cuatro Verdades, ciertamente presenta un panorama, puede que lúcido, pero terrible. Pero no acaba aquí. La tercera verdad dice que es posible la liberación definitiva, una paz absoluta, el fin del ciclo de sufrimiento: Nirvana. El Buda, el Iluminado, ha llegado al fin del camino y puede señalar a otros la senda. Es posible curar. Y la Cuarta Verdad nos muestra el camino, el óctuple sendero: correcta visión, acción y meditación, que no podemos explicar en estas pocas páginas.

Por ello, la gran propuesta del budismo es superar el sufrimiento desde la raíz. Se puede preguntar por el lugar de Dios en todo ello, pero la única respuesta que encontraremos será la sonrisa suave del Buda. El budismo no entiende que sea necesario creer en un Dios creador para alcanzar el Nirvana, lo que no significa que niegue su existencia. Simplemente cree que discutir sobre si existe o no, sobre sus cualidades, sobre su nombre, no ayuda necesariamente a la liberación del sufrimiento. En el hinduismo en el que crece Siddharta igual se podía creer en trescientos sesenta millones de dioses, que en tres, en uno o incluso en ninguno. Ante esas discusiones que le rodean, Buda propone recorrer el camino divino, no discutir sobre él. Por ello, calificar al budismo como ateo no es exacto, por lo menos con el significado que tiene ese término entre nosotros3.

Y se podría afirmar, también, que el Budismo, ante el sufrimiento, sólo aporta una solución individual… pero habría que recordar que la sabiduría de comprender la verdadera naturaleza de la realidad, conlleva, necesariamente, la más profunda compasión por el sufrimiento de todos los seres vivos, y, por tanto, el compromiso inquebrantable de ayudarles a encontrar la liberación definitiva de sus sufrimientos.

RELIGIONES ABRAHÁMICAS

Judaísmo, Cristianismo e Islam conforman la otra gran tradición religiosa actual. Las tres se reconocen en la misma tradición y las tres se declaran, aunque de formas diversas, monoteístas y creyentes en un Dios personal. Esta característica les hace especialmente sensibles al tema del sufrimiento: ¿cómo es posible que un Dios bueno y salvador permita el sufrimiento? ¿qué sentido puede tener éste? Sus respuestas tienen aspectos comunes y también sus propios acentos, nacidos de sus propias formas de comprender a ese Dios.

El Islam

El Islam, por ejemplo, se centra en la experiencia de la majestad absoluta y sin igual de Dios. Para el Islam decir que Dios es ‘uno’ no es una cuestión numérica, sino cualitativa: es ‘único’, es decir, absolutamente supremo y diferente a todo lo creado. Por ello, su confesión de fe (sahada), confiesa que ‘sólo Dios es dios’. Nada está a la altura de Dios. Ninguna otra realidad puede siquiera ser reflejo real de Él. Sólo el Libro que Él mismo escribe y que nos envía a través de los ángeles nos da cuenta de su voluntad de forma fiel. Así, el verdadero creyente es un ‘musulmán’, el que se ‘somete’ a la voluntad suprema de Dios.

Por ello, toda teología islámica aborda el concepto del qadar, el ‘decreto eterno de Dios’. Dios, en su omnipotencia suprema, ha decretado el destino del mundo, de la historia y de cada ser humano concreto. Dios no ha creado el mundo y se ha apartado de él, dejándole autonomía, sino que lo ‘recrea’ a cada segundo, por lo que cada instante se fundamenta absolutamente en Dios. Todo acontecimiento histórico y personal tiene, así, su raíz primera en Dios, incluido el sufrimiento4. Nada sucede si no es su voluntad y, por tanto, es deber religioso acatar esta voluntad aunque incluya el sufrimiento.

Cierto es que esta experiencia de la omnipotencia divina pudiera sonar a fatalismo a nuestros oídos, pero también es verdad que la gran mayoría del Islam, a la vez que afirma qadar, no niega la libertad humana. En multitud de ocasiones El Corán afirma esa libertad y anima a evitar el mal y a hacer el bien. Lo que recuerda qadar, referido al sufrimiento, es que la única fuente de consuelo es Dios. Él es la única referencia y la única respuesta, aunque no sea racional ni lógica para nuestras mentes, que no son divinas. Lo fundamental no es pedir respuestas a lo inevitable sino vivir la experiencia de que Él es nuestra única esperanza, de que tanto los bienes como los males encuentran en Él, en su Misterio infinito, su relatividad... y su verdadero consuelo. Sólo Dios es dios.

El Judaísmo y el Cristianismo

El Judaísmo y el Cristianismo mantienen también, cada uno de forma propia, esta experiencia monoteísta. Pero tienen sus propios acentos en su experiencia de Dios. No en vano el pueblo de Israel toma su nombre de aquel que luchó con Dios… y venció (Gen. 32, 29). Un judío creyente puede discutir, pelear con Dios incluso condenarle… pero no estar sin Dios5. Y la identificación del Dios de Jesús con el Amor, con el Abba, y la afirmación de que ese mismo Jesús es el Cristo, ‘Dios con nosotros’, marcan diferencias fundamentales que definen la personalidad propia de cada tradición religiosa. Y esas diferencias se proyectan en sus respuestas al sufrimiento humano, plurales y matizadas, en contraste permanente con su realidad histórica. Señalamos, sin intención ninguna de exhaustividad, algunas de estas respuestas.

a) El sufrimiento como expiación de una trasgresión. El Judaísmo bíblico más antiguo propone que el dolor, la enfermedad o la desgracia son castigos divinos causados por las transgresiones cometidas por el sufriente o por algún familiar. Como en otros pueblos tribales, los espíritus centrales protectores (o dioses del pueblo) quedan liberados de su alianza con el grupo o con la persona por esa trasgresión, con lo que, o bien retiran su protección a los infractores, con lo que estos quedan a merced de los espíritus agresores, o ellos mismos reivindican sus derechos lesionados castigando directamente al pecador6.

El sentido del sufrimiento es, pues, recordar al sufriente su condición pecadora y reincorporarle a la conducta adecuada.

b) El valor del sacrificio. Esta experiencia del sufrimiento como purificación del pecado se ve cuestionada por una realidad evidente: el sufrimiento del justo. El libro de Job es el gran ejemplo de ello: un justo sufre, sin pecado alguno.

Por ello, la tradición bíblica, judía y cristiana, propone otro posible sentido a ese dolor injusto. El sufrimiento, sea causado por Dios o por el demonio o por el mismo ser humano, acrisola a la persona, le permite probar su fidelidad y concentrarse en lo central, la experiencia de su Dios como una fuente de salvación. De esta manera el sufrimiento tiene sentido y valor, de manera que, como a Job, al final, salen las cuentas en el balance de Dios7.

Desde esta experiencia, otras tradiciones judías y cristianas dan un paso más. La dolorosa experiencia histórica del pueblo judío, Siervo doliente de Yavéh, tiene para parte del Judaísmo, desde su conciencia de pueblo elegido, un valor redentor de carácter mesiánico para la humanidad entera. Su sufrimiento histórico, desde la esperanza mesiánica tiene un valor propio8.

El Cristianismo es diferente en este punto. Su fuente es la experiencia fundamental de la muerte injusta de Jesús, el Cristo, en la cruz, muerte que se convierte en fuente de salvación para la humanidad entera y que se convierte en la clave del triunfo definitivo sobre la muerte. Esta experiencia fundante del Cristianismo se vincula, en el mundo de ideas judío en el que se mueve, a la idea del sacrificio expiatorio (por ejemplo, en la Carta a los Hebreos) inaugurando una larga reflexión sobre el valor redentor del sufrimiento que tiene un hito central en las propuestas teológicas de S. Agustín y S. Anselmo.

Pero, más allá de las lecturas teológicas, para muchos cristianos la figura de la cruz les enseña que el sufrimiento no sólo puede vivirse como prueba de fe en los planes divinos, sino que puede también convertirse en ofrenda por el bien de otros. Más allá de la pregunta por su origen, se vive como una donación amorosa que se espera que produzca bienes a otras personas. Así, el sentido desolador del sufrimiento cobra una dimensión nueva y pasa del mundo estrictamente personal al del cuidado por el otro.

c) El sufrimiento como enigma y solidaridad. Otras voces creyentes, judías y cristianas, proponen no resolver el problema del sufrimiento y de Dios. Mezclar a Dios con el sufrimiento es subrayar una imagen terrible de Dios y es casi blasfemo. El sufrimiento es parte de una creación libre y autónoma. No cabe alternativa. Si somos libres, deberemos sufrir. Dios, dicen algunos teólogos cristianos, acompaña ese sufrimiento que Él mismo ha vivido en Jesucristo. La cruz es el gran abrazo de solidaridad y, sobre todo, de consuelo, de Dios con el ser humano sufriente.

Por otro lado, los teólogos judíos no pudieron sino reaccionar a la marea inhumana de sufrimiento que significó la locura genocida de la Shoah, del Hecho, del mal llamado ‘Holocausto’. Y muchos cristianos compartieron esa experiencia de horror y tuvieron la quizá imposible tarea de ‘hablar de Dios después de Auschwitz’.

Porque intentar resolver el problema del sufrimiento de tantísimos inocentes y buscarle algún tipo de sentido, es, para estos creyentes, justificarlo en alguna medida. Si buscamos algún sentido a la masacre, se puede cerrar la herida, dar a las víctimas por enterradas y legitimar, en última instancia, el mal. Por ello, más que resolver las aporías racionales de la fe en un Dios bueno y la realidad del sufrimiento, lo que cabe es “confiar en Dios y a trascender el mal desde la fe y la solidaridad con las víctimas, al riesgo de perder la vida”9. Sin resolver el enigma, se propone la fe como entrega misma de la vida en solidaridad con las víctimas, a las que no se puede olvidar. Más que hablar de Dios, se trata de vivir como Dios. En palabras del judío Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz:

“Después de Auschwitz yo creo que ya no podemos hablar de Dios, sólo podemos hablar a Dios... digamos lo que digamos sobre el Hecho, es inadecuado’10. ©

NOTAS
1. R. Panikkar, ‘La vocación humana es esencialmente religiosa’, Anthropos, 53-54, 1985, p. 16.
2. W. Halbfass, Karma y renacimiento, Barcelona, 2001.
3. R. Panikkar, El silencio del Buda, Madrid, 1996.
4. E. Galindo Aguilar, Enciclopedia del Islam, Madrid, 2004.
5. J. B. Metz y E. Wiesel, Esperar a pesar de todo, Madrid, 1996, p. 98.
6. E. Miquel Pericás, Jesús y los espíritus. Aproximación antropológica a la práctica exorcista de Jesús, Salamanca, 2009.
7. Una forma muy expresiva de decirlo se encuentra en H. Wonx, Éste es mi Dios. El estilo de vida judío, Barcelona, 2001, cuando cuenta cómo su padre, ante el sufrimiento diario decía, ‘en el interminable banquete sabático de los justos en el cielo, el pescado es Leviatán, la carne el legendario buey del desierto y la bebida el famoso vino hecho con las uvas del Edén...hoy mi porción de Leviatán y buey está creciendo en el cielo”, p. 167.
8. J. Maier, P. Schäfer, Diccionario del judaísmo, Estella, 1996, p. 383.
9. J. A. Estrada, La imposible teodicea, Madrid, 2003, p. 399.
10. J. B. Metz y E. Wiesel, Esperar a pesar de todo, Madrid, 1996, pp. 97 y 99.


José María Pérez-Soba Díez del Corral

EU Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá de Henares)

Instituto Superior de Pastoral (Universidad de Salamanca)


 

 

Comprender el dolor

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La ayuda en situaciones de catástrofe, el manejo emocional ante el dolor ajeno, el dolor en las grandes religiones, la representación del dolor en el cine, en definitiva, un mosaico de perspectivas con las que pretendemos comprender el dolor.


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