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Sus labores: De la sección femenina a Superwoman, pasando por Martirio

Escrito por: Araceli Caballero
Marzo - Abril 2012

Por más que personas desavisadas pudieran pensarlo, ama de casa no designa a la propietaria de una vivienda. El Diccionario de la Real Academia explica que es la “mujer que se ocupa de las tareas de su casa”. Puesto que tiene valor normativo (y muy expresivo de la sociedad que lo sustenta), así debe ser; y no, no tiene forma masculina. Según la encuesta de población activa de 2005, el 98 % de las amas de casa son mujeres. “La visión del trabajo doméstico como una actividad realizada naturalmente por las mujeres –señala el Instituto de la Mujer– está arraigada en el entramado social y es compartida por las propias amas de casa.”

En un trabajo publicado en la Revista de Relaciones Laborales en 2006 sobre los cambios en la división sexual del trabajo y dinámicas identitarias en Bélgica, uno de los encuestados explica: “Declaré ser padre en casa en el Ayuntamiento, pero no lo aceptaban. Me decían que no era posible. Yo les respondí preguntando si no incluían en el registro a las amas de casa, me contestaron: ¡Ah si! Entonces les dije que podían poner padre en casa. Aunque fue una mujer la que me atendió, me dijo que consultaría si era posible incluirme así”.

Hace no tantos años era considerada una profesión; aunque muy particular, porque no implicaba ni contrato, ni sueldo, ni vacaciones, ni otros elementos que suelen caracterizar las profesiones, pero en el DNI de muchas mujeres aparecía “Profesión: sus labores”, y se refería a esta ocupación. ¿Por qué no concretaba “ama de casa”? Pues porque se supon(e)ía que esas son las labores que le corresponden. De hecho también se conocía como “labores propias de su sexo”, pero mejor no nos metemos en asuntos escabrosos, que en los documentos de identidad ya no figura la profesión.

Mi mamá me mima

Una traductora atribulada demandando orientación en Internet para traducir “sus labores”. Una tecla amiga le aclara que la persona a la que se refiere “se ocupa de atender la casa, los hijos, el marido, la comida .... (que no es poco, por cierto)....”, delimitando muy bien cuál es el espacio de las mujeres.

El espacio de los hombres es público, mercantil, productivo; el de las mujeres, privado, doméstico, de cuidado. Eso explica que, como señala Juana Gallego en Mujeres de papel, la prensa dirigida a las mujeres se ocupe de ese amplio abanico de facetas que hacen de una casa un hogar: decoración, cocina, limpieza, labores, etc. ¿Los varones no comen? ¿A las mujeres no les interesa la cultura, los deportes o la política? Claro que la respuesta a ambas preguntas en sí, pero el público de cada medio define la publicación: lo que atañe al ámbito privado es propio de mujeres. El contenido de las publicaciones de información general atiende al espacio público. No invento nada al constatar que lo masculino funciona como el “grado cero” de la humanidad.

Como reconocía el auxilio de la traductora, el trabajo “no es poco”: un 70% de las amas de casa dedica a “sus labores” una media de 80 horas semanales. Lo curioso es que, aunque representa el doble de la jornada laboral ”normal”, oficialmente están consideradas población inactiva, al menos en España; por lo tanto, no tienen vacaciones, jubilación ni ningún tipo de prestación social. Eso explica, por ejemplo, que un titular de Cinco- Dias.com fuera “465.000 mujeres se convierten en activas desde 2008” (es decir, han comenzado a trabajar fuera de casa). Semejante metamorfosis masiva no podía quedar oculta, y menos en vísperas del Día de las mujeres, fecha en la que apareció la noticia.

El ángel del hogar

A lo largo de décadas, el icono de la mujer ha sido “ángel del hogar”. Pasada la República y acabada la guerra, que exige que las mujeres se ocupen de tareas “de varones” (espacio público) en la retaguardia, el Franquismo impone que regresen al espacio que les pertenece: el hogar, del que no sólo son gestoras, encargadas de que la logística funcione, sino que se les echa encima, en exclusiva, la responsabilidad, el “sagrado deber” de velar, con las armas abnegación y sumisión, para que sea un Hogar, habitado por una Familia. Los feminismos vivían, sobre todo en las últimas décadas de la dictadura, momentos de auge en otras latitudes, y aquí gentes valerosas hacían lo que podían, que, con su tridente y su cola serpentina, combatidas con vaderetros, no era mucho (algo se colaba, no obstante).

Para difundir y fomentar esta “nueva” mujer, el Régimen contaba con toda una sección de su hueste militante, la Sección (¿cómo no?) Femenina, que llegaba hasta el último rincón de la Patria para inculcar a las féminas cómo ser ese “ángel doméstico” que salta de la cama antes que su marido para prepararle el desayuno y despedirle cuando marcha a su guerra laboral, que se ocupa de los niños y, diligente, se afana todo el día para tener la casa como un jaspe cuando regrese el guerrero en busca de su bien merecido reposo. La casa como un jaspe y ella como un pincel, sonriente y relajada, dispuesta a escuchar (los asuntos de las mujeres, ya lo decía Pilar Primo de Rivera, no tienen importancia como para ser escuchados).

Y, como el arbolito desde chiquito, las niñas tenían una asignatura (todos los cursos) que se llamaba precisamente “Hogar”, que las cuestiones identitarias no es cosa de descuidarlas y dejarlas a la improvisación. El problema es que tales textos hablaban de un modo de vida en el que el grueso de la población no se reconocía. ¿Cuándo podría el ama de casa media poner la mesa como decía el libro, o arreglarse de manera apropiada para las fiestas de sociedad? Administrar un exiguo salario, preparar la comida, lavar a mano, fregar el suelo de rodillas y, para fiestas, la feria una vez al año.

Conforme se deslizaban los años, llegaban los turistas, la televisión y el desarrollismo, también, arteras, se iban colando otras formas de ver la vida y, sobre todo, de vivirla. Llegaron las neveras y las lavadoras, primero a las clases pudientes, pero paulatinamente a capas cada vez más amplias de la población. Llegó la fregona, ese gran invento que cambió la postura de las mujeres. Y, inmersos ya en la sociedad de consumo, se desvaneció el Régimen y, con él, la prohibición de acceder a determinadas profesiones, de tener cuenta en el banco y viajar al extranjero sin permiso del marido.

Con mi chándal y mis tacones

La sociedad de consumo dibuja otro horizonte de felicidad para el ama de casa. Ahora el triunfo no es mantener un hogar feliz y un marido contento, sino poseer electrodomésticos que no sólo facilitan ”sus labores”, sino que confieren y exhiben estatus. Se trata de comprar, que hay que ver “qué gusto da ver los forladys a rebosar”, como canta Martirio, esa juglar de las marujas, que el DRAE define como “ama de casa de bajo nivel cultural”, con claro deje despectivo. (Con la historia que tiene, tampoco cabe esperar que la RAE sepa mucho del tema). WordReference abunda en lo mismo y dice que maruja significa “mujer dedicada exclusivamente al trabajo del hogar, sin inquietudes culturales, sociales ni de otro tipo”. Hace siglos Sor Juana Inés de la Cruz denunciaba el mecanismo: la sociedad que las crea las ridiculiza. Tras un debate serio e interesante sobre violencia de género, que puso de manifiesto, entre otros factores, la violencia estructural que implica el rol social de las mujeres, el primer anuncio fue de uno de esos productos de limpieza que nos hacen felices a las mujeres (a la del anuncio, al menos).

Este es el estereotipo, que cual corsé, constriñe la realidad. En la práctica, el paisaje no es, ni mucho menos, tan monótono. No es lo mismo ser ama de casa a tiempo completo que “gozar” de doble jornada, dentro y fuera de casa; no es lo mismo ser maruja urbana que rural; no resulta indiferente la clase social o las posibilidades económicas; ni la historia familiar, ni los referentes, ni un vasto etcétera que abarca casi todo. Sin embargo, hubo cambios, si bien no en la misma medida, en todos los ámbitos. Por ejemplo, en las últimas décadas del siglo XX, las mujeres de las ciudades llegaron en mayor proporción a la Universidad que las de los pueblos, pero éstas comienzan a asociarse (asociaciones de amas de casa, etc.) en grupos que, más allá de su objetivo concreto, tienen un efecto significativo: un espacio en el que se encuentran con otras mujeres fuera del ámbito doméstico.

La llegada más o menos masiva de las mujeres a la educación superior y a la vida profesional supuso sin duda un cambio del panorama, vinculado, entre otros factores, al acceso al espacio público. ¿Significa que se rompe la división tradicional del espacio público/ privado (que no es sino la división del trabajo) y se reconfigura el reparto de papeles? Ni mucho menos. Por decirlo de manera simple, el espacio de las mujeres sigue siendo el privado, pero ahora visitan el público, el de los hombres, con unas implicaciones simbólicas cuyo tratamiento demandaría mayor extensión. El “ángel del hogar” ahora es superwoman. Las medidas de conciliación surgen para paliar esta situación; en la práctica (con la en este caso relativa injusticia de la generalización) para que las mujeres sigamos ocupándonos de la gestión doméstica y de las tareas de cuidado.

El pasado 8 de marzo felicité a unas amigas con una imagen de una mujer-orquesta que atiende a la vez plancha, colada, plumero, guiso, escoba y bebé. Una de ellas me respondió “le falta el ordenador”. Y sí, esa es la cuestión, que, sin perder plancha, plumero, fregona, olla o niños, hemos ganado el ordenador.

Mi marido me ayuda/yo ayudo a mi marido

Hay frases que, por más que se quiera, no hay manera de hacerlas paralelas. La que encabeza este apartado es gramaticalmente posible, pero sociológicamente exótica. Según un estudio del Instituto de la Mujer de hace unos años, 79 de cada 100 mujeres preparan la comida para ellas y para otros, mientras que entre los hombres no pasa del 10 cada 100. Las cosas han cambiado, pero no mucho. De nuevo según el Instituto de la Mujer, las mujeres dedicaban al hogar y la familia una media de 4h 24’ diarias en 2003-04; que pasó a ser 4h 7’ en 2009-10. En el mismo periodo, los varones pasaron de 1h 54’ a dedicar 1h 30’

De modo que, volviendo a los iconos, me temo que las cosas no han cambiado sustancialmente. Precisamente el Día de la mujer trabajadora se me ocurrió teclear en Google “iconos amas de casa” y en la web de una revista del corazón encontré esta joya: “Teri Hatcher encarna a la típica ama de casa (…) con un estilo fresco y casual. El personaje de Susan Mayer lleva a la pantalla chica la realidad de todas las madres de familia quienes tienen que pasar de ser niñeras hasta jardineras y despampanantes esposas.” El ama de casa de la sociedad de consumo tampoco ha acabado con la dependencia. La maruja de Martirio se prepara, “arreglá pero informal” porque “domingo por la mañana él me saca a pasear”.

O tal vez sí que han cambiado las cosas. Los estereotipos son caricaturas, y las caricaturas facilitan reírse de la imagen del espejo, y del espejo mismo. Las aludidas han dado la vuelta a la tortilla (para eso son expertas). El blog Marujas modernas da mucho de sí; marujasaceleras. blogspot.com habla de trekking y carreras; incluso existe un test para averiguar online el grado de marujez que se ostenta (yo lo soy un 22%).

Más allá de estadísticas y porcentajes, siempre desde mi punto de vista, la cuestión no es si el hecho de que haya mujeres que se dediquen a ser amas de casa constituye un horror o un derecho, sino que la gestión de la logística doméstica (que es más que barrer y fregar) sea un tema político, puesto que afecta a las relaciones sociales, a la organización de la sociedad, al reparto de poder, a los derechos de las personas, tocando (¡y de qué forma!) los pilares de nuestro mundo. ¿Qué pasaría si abandonáramos “nuestras labores”?

Tal vez cuando “ama de casa” pueda decirse en masculino, dejaremos de escribir artículos sobre iconos y marujas.©


Araceli Caballero

Periodista


 

 

Iconos femeninos de nuestro tiempo

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El artículo marco de este monográfico es “El feminismo hoy”, punto de partida para ahondar en el conocimiento de la mujeres que han destacado en el campo del saber y de la cultura. Haciendo un repaso de todos aquellos iconos femeninos de la literatura, la ciencia y la investigación, en el cine y la publicidad, mujeres en el poder, la educación, el deporte, la poesía y la religión.


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