17Noviembre2017

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Abusos y agresión sexual en la familia

Escrito por: Javier Urra Portillo
Marzo - Abril 2013

La infancia –no se dude- es el mayor patrimonio de toda la sociedad. Por eso quebrar el horizonte de los niños es el arquetipo de la infamia, es el crimen más imperdonable de la humanidad.

Cuando un adulto abusa sexualmente de un niño no sabe que su pesado cuerpo es sentido como una lápida. Pero es que estos hechos son repetitivos hasta la náusea. Y es que en defensa de los innegables derechos individuales, se han arrinconado los derechos de la infancia y se ha diluido como una acuarela la ética social.

Un niño necesita gozar con su vida, tiene que vivenciar que se le quiere. Como dijo Dostoievski: nada existe más elevado, más fuerte, más sano y más útil para el porvenir en la vida que el buen recuerdo de la infancia y la casa paterna. Un bello recuerdo, un santo recuerdo conservado en la infancia, representa posiblemente la mejor educación.

Para intentar prevenir los abusos sexuales en la infancia bueno será que los padres se informen y los más pequeños también.

Los padres han de enseñar a los hijos a decir NO explícitamente a cualquier adulto que le proponga algo que le haga sentir incómodo, mal o confundido.

Es imprescindible haber ganado la confianza del hijo, para ello hay que escucharle, dejar que hable, que exprese sus sentimientos. Deberá indicárseles que se pueden “guardar” secretos buenos (por ejemplo un regalo que se va a hacer), pero nunca secretos malos (los que nos hacen sentir mal).

Si el niño confía que sufre abusos sexuales hay que escucharle con absoluta seriedad. Se le debe animar a que explique sus sentimientos (ser pacientes pues está asustado, teme que no se le crea o se le castigue). Erradicar siempre cualquier sentimiento de culpabilidad que pueda tener. Transmitirle que se le ha comprendido y creído, mostrarle que estamos a su lado. Explicarle los pasos que se van a seguir para ayudarle. Y por supuesto ponerse en marcha.

Una de las claves del abuso sexual es el secreto

Los niños no mienten en temas tan relevantes, no inventan, pero sí pueden ser coaccionados, generalmente de forma afectiva, a declarar en falso.

¡Cuidado!, entre los tópicos erróneos que circulan en el subconsciente colectivo está que los niños fantasean, engañan, denuncian sin causa justificada. No es cierto, lo declaro desde mi ya larga experiencia con rotundidad.

Por eso me da miedo que el uso incalificable del niño por odio contra el que, hace no tanto, era el amor, pueda desvirtuar o poner en tela de juicio la veracidad del testimonio de la infancia o perjudique  la credibilidad genérica de sus denuncias. ¡Bastante callan y padecen en la penumbra!, para que cuando salen a la luz, sean interrogados bajo sospecha, en lugar de escuchados con ternura y proximidad.

Expertos como Steller afirman que “las alegaciones realizadas por niños son en su mayoría verdaderas, al menos un 70%”.

Ante el tabú de la relación sexual entre adultos y niños, las personas se protegen. Cuando la realidad hace innegable que ha sido transgredido, minimizan, niegan o desplazan la responsabilidad al niño, señalándole como posible autor de falsedad.

Existen muchos miedos:

♦ Del niño: –¿Me creerán? ¿Mandarán a mi padre a la cárcel? ¿Entenderán que yo no lo consentí? ¿Quedaré señalado? ¿Volveré a vivir con el agresor? ¿Es mejor permanecer callado? Los más pequeños no se formulan estos planteamientos, simplemente no saben si actúan bien o no.

♦ Miedo de los padres: cuando el agresor sexual es – a título de ejemplo– un educador, –¿podrá demostrarse?, ¿no dañaremos al hijo?, ¿qué pasará en el juicio?, ¿no se enterarán los medios de comunicación?

♦ Miedo de la madre, cuando el abusador es el padre: –no quiero hacerle daño, no sé como responderá, lo mismo le hace o me hace algo, ¿y si nos abandona?, todo el proceso puede afectar a la niña.

♦ Miedo de vecinos: el egoísmo entendido como que los problemas no son sociales, sino individuales.

¿Qué hay que hacer?

El tutor ha de mantener una escucha activa. Ha de ser receptivo. Ha de preguntar pero en un diálogo presidido por la confianza.

Se ha de disparar la alerta cuando se aprecian cambios conductuales: sueño/vigilia; anorexia/bulimia. Ante los silencios, mutismos, distanciamientos, actitud agresiva impropia. Cuando los niños son muy pequeños el ir a lavarse reiteradamente, tocarse los órganos genitales…

Para “sondear” a un niño es necesaria la voluntad de ayuda, no se ha de transmitir una honda preocupación y alarma, pues bloquearíamos al niño.

Hay que dejar entrever que de ser ciertas las sospechas, la culpabilidad única es del adulto agresor, que el niño no va a ser sancionado. Hay que desbaratar el peligro de que el niño tenga sentido de connivencia, o asuma una responsabilidad y culpabilidad por su denuncia en un hecho en el que participó (pero contra su voluntad).

Hay que trasmitir al pedófilo y a quien sólo quiere un dinero sucio, que le espera la cárcel, un cumplimiento total de la pena. Y no estaría de más hacer un seguimiento próximo del exrecluso que ha mostrado ese trastorno sexual tan proclive a la reincidencia, para constatar su asistencia a terapia y su correcta conducta.

Cómo afrontar las consecuencias

¿Qué daño emocional, hondo, indeleble, se ocasiona a los niños víctimas de una red de prostitución? Cuánto dolor, cuánta vivencia traumática fruto de quien asquerosamente cree que su dinero lo puede comprar todo, hasta la inocencia de un niño.

La agresión sexual a los niños es un maltrato que atenta a su salud mental, a su futuro, a su evolución. No somos conscientes de la gravedad del daño, ni de la ingente cantidad de casos que quedan en eso que hemos denominado cifra negra. Nos falta sensibilizarnos, podemos creer a un niño pequeño cuando denuncia estos hechos, pero recelamos en exceso ante la denuncia aplazada (interpuesta, por ejemplo, por una adolescente de 16 años). Propiciamos así una segunda victimización y damos carta de naturaleza a los miedos que habían impedido poner dicha denuncia con anterioridad.

Denunciar nos permite sensibilizarnos con los niños, creerlos, protegerlos. Pero hemos de cuestionarnos en nuestro obrar, cuando un niño que es víctima de abusos en su hogar, es separado del mismo y envíado a una institución, ¿cómo vive este acto entre comillas de “protección”?.

El coste psicológico del niño víctima del abuso no acaba en el mismo, muchas veces el proceso legal y unos miembros familiares que le golpean torpemente por su “maldad al tomar tal decisión”, pues “los trapos sucios se lavan en casa”, agravan las secuelas de quien está en edad de amar, de ilusionarse, de conocer a un igual con el que compartir esperanzas y no sufrimientos injustificados.

Tratamiento, de tipo cognitivo, ha de evitar la generalización de angustias, “fantasmas”, miedos.

Se ha de analizar la realidad, desculpabilizar, hacer comprender que no queda una “marca indeleble o imborrable”, que cabe ser un adulto feliz, dar y darse a los demás, vivenciar al prójimo como próximo a nosotros.

La psicoterapia, el tiempo, la normalización, el apoyo, la capacidad de superación del ser humano puede y debe hacer que ese padecimiento quede diluido y casi olvidado en una nebulosa de un pasado que no puede ni debe hipotecar el futuro.

El caso de incesto

¿Y qué ocurre cuando el que no desea al hijo es el padre? ¿Y además abusa sexualmente de la hija y posteriormente se comporta de manera “correcta” con el resto?

Se produce un dolor insondable. Una pena crónica.

Brota un odio silencioso e imposible de verbalizar: se trata del rencor recurrente. El miedo a no ser capaz de amar y/o entregarse. Emana el horror, la vergüenza, la necesidad de olvidar, de borrar, de superar un asco interno. Y cualquier sentimiento de connivencia, de responsabilidad compartida.

La vívida percepción de que se ha sido lesionado sin solución, se hace permanente, se aprecia que la confianza en el ser humano ha sido quebrada. Es víctima de por vida.

El incesto padre-hijo/a no es estadísticamente una rareza. El incesto madre-hijo (denominado “gran incesto”) trae consigo unas consecuencias aún más graves.

Cuando se es víctima de violación, incesto o abusos sexuales continuados lo primero que se debe hacer es asistir al médico para que certifique los hechos, (no se debe lavar, ni cambiar de ropa interior, ni eliminar pruebas como el esperma antes de esta exploración).

El facultativo, que se pondrá inmediatamente en contacto con el médico forense, mediante información al Juez de Guardia o Fiscal de Menores de Guardia certificará asimismo las posibles lesiones que la joven víctima de abusos sexuales haya sufrido.

Al tiempo, explorará la posibilidad de embarazo y contracepción. Buscará detectar enfermedades de transmisión sexual y su prevención.

Con inmediatez se ha de presentar una denuncia en la Comisaría de Policía, o en la Fiscalía y Juzgados de Menores.

Se puede y debe solicitar no sólo el acompañamiento de un abogado, sino de un psicólogo especializado en atención a las víctimas.

Los niños que han sufrido incestos o abusos sexuales continuos sufren las “secuelas del silencio”, un sentimiento equívoco de autoculpabilidad por connivencia, vergüenza, baja autoestima.

Las lesiones de carácter psíquico que sufre la víctima no se contemplan muy específicamente en las sentencias. Las secuelas a corto plazo generalmente son confusión y ansiedad, culpa, angustia y depresión, desconfianza, suelen sexualizar sus relaciones y dependencia emocional. A largo plazo suele aparecer cuadros de ansiedad, ataque de pánico, agorafobia, síndrome de estrés postraumático y fobias, depresión y abuso de alcohol u otras drogas, pueden buscar el autocastigo o conducirse de forma promiscua, hasta repetir –en algún caso– con sus hijos esas mismas conductas de abusos sexuales.

Superar el trauma

El tratamiento del niño ha de buscar en primer lugar prevenir que siga ocurriendo el abuso, minimizar las consecuencias emocionales y superar en la medida de lo posible el trauma. Desde el rigor científico no está consensuado que un objetivo de la terapia sea la reconciliación de los hijos con los padres abusadores. La intervención se debe realizar inicialmente con el niño de forma individual, mientras se efectúa en paralelo con los otros miembros familiares (el agresor recibirá la psicoterapia en la cárcel), para al fin poder realizar un tratamiento grupal, de conjunto.

¿Qué hacer con el agresor?

Respecto al agresor, el problema nace de su negación de implicación en los hechos, lo que le evita una culpabilidad más amplia, el temor a la crítica abierta y a la cárcel, el aislamiento, la pérdida de relaciones interpersonales. Pero impide el tratamiento y la desvinculación a tan aberrante conducta. Y, sin embargo, el tratamiento psicológico realizado de una forma especializada y muy continuada en el tiempo sería imprescindible para valorar su posible reinserción social.

La sociedad demanda que se encuentre el método o la fórmula que identifique a los agresores sexuales que serán reincidentes, para evitar nuevos ataques y daños.

Sabemos que el peligro de reincidencia es mayor cuanto más grave y dilatada haya sido la carrera delictiva (no necesariamente sexual) del sujeto en el momento de la actividad diagnóstica.

También conocemos que no se incluyen a las mujeres en las estadísticas criminológicas de estas características, pues es irrelevante el número de las que se implican en estos delitos.

Asimismo los pedófilos son mayoritariamente varones, sólo en un 13% de los casos el abuso es llevado a cabo por mujeres.

Pero somos conscientes de que los ofensores sexuales tienden a ser reincidentes y que apenas sí sabemos mejorar los porcentajes de éxito. Como afirmó Marshall et. al., 1.991, “Las tasas de reincidencia se tornan descorazonadoras cuando señalan que la tendencia a incrementar se prolonga muchos años después de haber finalizado el tratamiento”.

En España se denuncian aproximadamente unas diez mil agresiones contra la libertad sexual al año de las que dos mil quinientas lo son por violación. Y se estima que sólo se denuncia una agresión de cada ocho.

De forma genérica estamos hablando de seres con inmadurez psicosexual, que agreden para autoafirmar un Yo inseguro, y que se caracterizan por poseer un alto grado de hedonismo y muy baja resonancia emocional.

Sin un tratamiento psicológico específico y eficaz, las agresiones sexuales se repiten, para dolor y rabia impotente de la sociedad. Precisamos modificar las conductas de los agresores, pero para ello hemos de conseguir previamente que cambie su pensamiento y conciencia ciudadana. Es pues, trabajo de todos y para todos.©


Javier Urra Portillo

Director Clínico Recurra Ginso


 

 

Retrato de familia

Retrato de familia

En este número, Crítica lleva a cabo una radiografía sobre la familia en nuestro país, aunque los nuevos modelos y unidades familiares ocuparán el grueso de nuestro monográfico se da una visión amplia de todos aquellos problemas y conflictos que se dan dentro del seno familiar, como siempre aportando una visión multidisciplinar apoyada y respaldada por prestigiosas firmas especializadas en el tema.


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