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Nuevos retos del profesorado en el siglo XXI

Escrito por: Francisco Imbernón
Noviembre - Diciembre 2012

La necesidad de una nueva formación permanente en tiempos de crisis

La profesión del profesorado trae a una cotidianidad invisible puesto que se tiene que establecer una difícil convivencia entre vivir la realidad de lo que nos rodea para introducirla en las lecciones y en la vida de las aulas de cada día, recordar el pasado para que los niños y adolescentes reconstruyan y eduquen su propia inteligencia a partir de lo que fue creado, y proyectarse al futuro con la intencionalidad de que las nuevas generaciones puedan crear un mundo mejor. Para ellos y para todos.

Ser maestro, maestra, profesor o profesora siempre ha sido una tarea laboriosa y difícil aunque mucha gente no se lo crea. De hecho, una tarea difícil es ser un buen maestro o una buena maestra y enseñar bien. Aunque en el imaginario colectivo hay la idea que se trata de un trabajo sencillo porque se trabaja con niños o adolescentes, con muchas fiestas y vacaciones y de fácil quehacer. Pero lo cierto es que la educación de los niños y adolescentes siempre ha sido una tarea ardua y hoy día más compleja. Cualquier persona que entre en una aula podrá comprobar que ponerse ante muchos niños y niñas o mejor aún, adolescentes, no es coser y cantar, sino que se trata de una tarea laboriosa, de conocimientos de muchos aspectos y como decíamos de una complejidad creciente. Y también de un trabajo paciente, si se hace bien. Y, a lo largo del siglo XXI la sociedad se ha hecho más compleja y, por lo tanto, hacer de maestro también ha asumido, todavía más, grandes cotas de complejidad (y a veces, en algunos lugares, de peligrosidad).

Y esta complejidad vale para todo el profesorado desde los que tienen niños y niñas pequeñas con funciones más cercanas a la asistencia vital, hasta los que los tienen más grandes con funciones más de preparación para la vida cotidiana o profesional. Todos sufren una angustia de pasar de las viejas funciones de hacer de “maestro de escuela” o de primeras o segundas letras a las nuevas funciones que le pide la sociedad que rodea la escuela o el instituto.

Durante el siglo XXI (ya empezó a finales del siglo XX), ha habido un gran cambio radical y vertiginoso de las estructuras científicas, sociales y educativas que son las que dan espaldarazo y sentido al carácter institucional del Sistema Educativo (se educa para el mañana) y la evolución acelerada de la sociedad en sus estructuras materiales, institucionales y formas de organización de la convivencia familiar, modelos de producción y distribución de conocimiento (Internet, redes, teléfonos, etc.), que se reflejan en el cambio inevitable de las formas actuales de pensar, sentir y actuar de las nuevas generaciones y han hecho cambiar el papel de las escuelas (o deberían hacerlas cambiar) y las funciones del profesorado.

El siglo XX fue un siglo de cambios vertiginosos, donde muchos maestros y maestras fueron poniéndose al día para ir asumiendo nuevas funciones educativas y sociales, pero también muchos maestros, al final del siglo pasado y actualmente, no saben qué pasa con los
niños, con el conocimiento científico, con la tecnología, con las demandas sociales, etc. La incertidumbre y el cambio se han introducido enla profesión de maestro de escuela o de instituto y la profesión tiene que convivir con ellas. Y el profesorado se tiene que preparar para asumir estas nuevas funciones.

Todo cambiará excepto el cambio. Y la formación ha de cambiar

Fue en el siglo XX cuando se produjo la escolarización obligatoria universal, o sea, la estancia de todos los niñas y las niñas en las escuelas hasta los 16 años (no voy a entrar aquí en el debate de la nueva Ley reformista del gobierno) y esto se ha hecho con un gran esfuerzo por parte de todos pero sobre todo de los docentes. No es lo mismo enseñar a una minoría, más o menos homogénea, que a una gran cantidad de niños y niñas muy diferentes. Pero no únicamente ha sido la escolarización la que ha obligado al profesorado a cambiar la forma de educar sino también las reformas educativas (excesivas en poco tiempo), los vaivenes de la organización escolar, las nuevas tecnologías, etc. Un esfuerzo, a veces, poco reconocido profesional y socialmente.

Se han producido cambios sociales y científicos tan importantes (los adelantos científicos y tecnológicos, la sociedad del conocimiento, la inmigración, las aportaciones culturales de todo tipo, los cambios sociales y familiares, la globalización, etc.) que han obligado constantemente al profesorado a plantearse nuevas formas de enseñar y por tanto de recibir formación para esos nuevos retos. Pero a pesar de todos esos componentes, la mayoría ha continuado trabajando para analizar y entender la realidad, y para introducir estas reflexiones en sus clases y en la escuela. Una prueba de esta inquietud y de las ganas de entender el cambio y la incertidumbre del mundo actual es la existencia misma, al final del siglo XXI, de un colectivo de profesores y profesoras muy preparados y de la importancia que estos otorgan a la formación permanente para nuevas funciones que han aparecido a lo largo del siglo XX y XXI.

De la instrucción a la función de agente social

De una función principalmente de instrucción se ha ido pasando a una función de educación y agente social. Durante el siglo XX fueron asumiendo relevancia las cuestiones socioculturales (por ejemplo la comunicación, el trabajo en grupo, los procesos, la elaboración conjunta de proyectos, la toma de decisiones democrática, etc.). Fue un cambio fundamental en la profesión de maestro. Esto también comporta sus peligros puesto que el aumento de exigencias puede implicar una intensificación del trabajo educativo (trabajar mucho y hacer muchas cosas mal) y una cierta desprofesionalización originada por una falta de delimitación clara de las funciones del profesorado. Son temas a continuar debatiendo durante esta nueva época.

Y ello ha propiciado que uno de los cambios más importantes tenga que ser la formación. De una formación inicial escasa, no universitaria, donde se entraba de adolescente y se salía un poco mayor y donde el maestro sabía “un poquito más que los niños y niñas” a una formación inicial que ha ido cambiando a lo largo del siglo XXI y se ha configurado como una formación inicial del profesorado de infantil y primaria de cariz universitario como un grado más de cuatro años. Y un máster de formación para ejercer de profesorado de secundaria. Viejas reivindicaciones cumplidas en este siglo.

Nuevos tiempos, nuevas capacitaciones

Y la formación permanente todavía ha de cambiar más. Como decía anteriormente cuando las funcionas del maestro eran simples, el maestro no se preocupaba mucho y como la estancia en la escuela de los niños y niñas duraba poco, un maestro/a se podía permitir el lujo de primero estudiar y después ejercer el oficio hasta su jubilación. Ya desde el último tercio del siglo XX y, sobre todo, desde principios de éste el maestro tiene que estudiar siempre, por esto la formación permanente, que históricamente ha formado parte de la voluntariedad del maestro, se institucionaliza y podemos decir que la formación permanente del profesorado, tanto la propuesta por las Administraciones como por otras instancias y los propios maestros, ha logrado una función esencial para la mejora de la profesión puesto que es necesaria una asunción de nuevas competencias profesionales inexistentes a primeros del siglo XX; por ejemplo, capacidades de procesamiento de la información, capacidad de generar conocimiento pedagógico a las escuelas, capacidad de hacer búsquedas-acción, análisis y reflexión crítica sobre el quehacer, capacidades reflexivas para interpretar, comprender y reflexionar sobre la enseñanza y la realidad social de forma comunitaria, trabajar con sus iguales y con la comunidad, orientación y diagnóstico de problemas de aprendizaje ante la diversidad del alumnado, decisiones racionales sobre el qué se tiene que enseñar, evaluación de procesos y reformulación de proyectos, tanto laborales, sociales como educativos. Y otras muchas nuevas capacidades que antes no eran necesarias en la profesión docente y que, hoy en día, se hacen imprescindibles. Aún así, las medidas de ahorro y recorte del gobierno central y de algunas comunidades autónomas hacen peligrar ese tipo de formación, casi eliminándola, pensando y diseñando en una formación permanente mínima y de cariz virtual (más por ahorro que por cariz pedagógico). Craso error ya que se perdería todo el terreno que poco a poco se ha ido ganando y se dejaría al profesorado desnudo hacia los nuevos retos.

Decíamos que la formación permanente se hace necesaria porque los cambios han repercutido en la profesión. De trabajar aislado enun aula se ha pasado al equipo docente. Hoy en día no se puede trabajar de maestro sin trabajar en equipo. Los modelos relacionales y participativos son imprescindibles en la profesión de enseñar. Y sobre todo, durante el siglo XXI, se ha ido pasando a una reflexión sobre los aspectos éticos, relacionales, colegiales, actitudinales y emocionales del profesorado, que van más allá de los aspectos puramente técnicos y “objetivos” que predominaron durante casi todo el siglo anterior en la formación permanente antigua. Son temas cada vez más imprescindibles en las escuelas de hoy en día y en el nuevo papel del profesorado.

¿Estamos ante un retroceso?

Pero los últimos tiempos de la formación permanente del profesorado han supuesto, desde mi punto de vista, un retroceso o, si se quiere ser más benévolo, un estancamiento, de cierta nostalgia, de algún aturdimiento y de cierto desconcierto. Muchas de las estructuras de la etapa anterior (me refiero a la etapa que empieza en 1984 con el decreto de creación de los CEP) se han mantenido, pero su actividad se ha reducido o se han eliminado (los planes de los CEP o nominaciones similares, la formación del asesor/a, la de los coordinadores o directores de CEP, las modalidades, los procesos de investigación-acción, los planes de formación institucionales, etc.). Y me vuelve a dar miedo un tipo de formación permanente que se base en un modelo de lecciones modelo, de nociones suministradas en cursos, de una ortodoxia de ver la forma de enseñar, de cursos estándar suministrados por expertos y muchos virtuales; y no tanto lo que se viene predicando de hace tiempo: investigación-acción, proyectos unidos al contexto, participación activa del profesorado, heterodoxia didáctica, modelos variados de profesorado, planes integrales, inventiva didáctica, etc.

Si eso pasa traerá como consecuencia que el profesorado reduzca su asistencia a la formación, baje su motivación por hacer cosas diferentes, corra poco riesgo y, sobre todo, que la innovación aparecerá como un riesgo que pocos querrán correr. Creará una crisis institucional de la formación permanente ya que se encontrará en una gran contradicción y a la vez paradójica ya que se considera que el sistema educativo necesita una nueva forma de ver la educación, y el papel del profesorado y del alumnado y la formación no estará cumpliendo bien ese cometido.

Soy consciente de que, hoy, no podemos hablar ni proponer alternativas a las formación permanente sin antes analizar el concepto de profesión docente, situación laboral y carrera docente, los cambios sociales, la situación actual de las instituciones educativas, la situación actual de la enseñanza en las etapas infantil, primaria y secundaria, el análisis del alumnado de las diversas etapas en una escolarización total de la población y la inversión en educación. Pero ello no ha de impedir generar alternativas, como la que no se limita a analizar únicamente la formación como el dominio de las disciplinas científicas o académicas (y menos virtualmente) sino que plantea la necesidad de establecer nuevos modelos relacionales y participativos del profesorado mediante proyectos de innovación en las escuelas. En fin, en esta ápoca de recortes y reducción de la formación permanente aún hemos de alzar más la voz para ver su importancia y animar a que aparezcan alternativas o propuestas nuevas, que pueden provocar un nuevo pensamiento formativo, una nueva forma de formar y formarse. Sin formación docente no hay futuro, hay rutina, aburrimiento y mala calidad de la enseñanza. ©


Francisco Imbernón

Universidad de Barcelona


 

 

Hacía dónde va la educación

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Número que analiza el estado de nuestro sistema educativo actual, así como abre una serie de interrogantes en torno a la metodología, los retos de los nuevos educadores, los nuevos entornos y tecnologías, el éxito en el aprendizaje, formación y retos del profesor del futuro, entre otros.


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