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De profesor a educador: Los cambios de rol

Escrito por: Antonio González Pérez y José Mª Solano Chía
Noviembre - Diciembre 2012

Partimos del hecho de que, al igual que en otras áreas del conocimiento, en los últimos 40 años las ciencias de la educación han avanzado más que en el resto de la historia. Sin embargo hay sectores sociales que, con una falta de perspectiva histórica notable, achacan todos los males de la educación actual, reales o atribuidos de forma interesada, a las ideas pedagógicas que se han ido desarrollando a lo largo de estos años. A nuestro juicio esto responde a intereses espurios totalmente ajenos a la educación o bien, en el mejor de los casos, a la ley psicológica de la resistencia al cambio.

Pensamos que, como en cualquier otro campo del saber, los cambios y las mejoras en educación no sólo son necesarios sino inevitables. Por tanto, plantearnos que los problemas educativos actuales son consecuencia de variables como la falta de autoridad del profesor, el poco respeto del alumnado, el bajo nivel de conocimientos de la mayoría, la educación no diferenciada para niños y niñas, etcétera, es demasiado simplista y supone una imposible vuelta atrás. El principal problema reside en la adaptación de todo el sistema educativo y, especialmente, de los responsables políticos y de los profesionales a los vertiginosos cambios sociales, tecnológicos y de valores en nuestro mundo.

De profesor a educador

Dentro de los múltiples cambios necesarios en la educación, el cambio de rol de los docentes no es el menor y sí probablemente uno de los más complejos. Las denominaciones que ha tenido esta profesión han sido muy variadas a lo largo de la historia: mentor, preceptor, maestro, profesor, enseñante, instructor, pedagogo, guía, docente… En cada época, o según la edad del alumnado, se ha utilizado con más frecuencia una de estas acepciones porque se ha querido enfatizar alguna de las múltiples facetas que encierra. No queremos entrar en una cuestión nominalista sino de fondo; nos es indiferente el nombre que utilicemos; lo importante es su significado para nosotros. Y la pregunta clave es ¿qué rol fundamental debe desempeñar el profesional de la educación en la sociedad del siglo XXI?

La función más comúnmente aceptada tanto por los docentes como por la sociedad en su conjunto es la de ser vehículos y transmisores de conocimientos, de cultura, de saber. Este rol –significado en la denominación de enseñante o de profesor– cada vez va a ser más superfluo e innecesario porque los conocimientos están a disposición de cualquier persona gracias a la generalización de las nuevas tecnologías. Por tanto la función esencial del profesional de la educación debe necesariamente cambiar: deberá extenderse hacia otros campos, tendrá otros condicionantes y otras tareas. Ello nos lleva, sin duda alguna, como ya advierten muchos autores, a una verdadera redefinición del rol docente.

Sin la pretensión de ser exhaustivos y sistemáticos, a lo largo de estas líneas apuntaremos algunos rasgos que en la práctica diaria nos parecen más relevantes.

Educador comprometido con sus destinatarios

La experiencia nos ha mostrado que esta profesión conlleva poner en juego todo lo que uno es porque, fundamentalmente, no educamos partiendo de lo que sabemos sino de lo que somos. Este oficio compromete a la persona en su integridad. Sólo estamos en condiciones de educar cuando nos ganamos la confianza de nuestros alumnos, cuánto más cuando la educación no se limita transmitir saberes, sino a adquirir una serie de valores que guíen su vida. Como profesionales de la educación debemos aceptar este hecho. Sin un compromiso moral, ético, podremos transmitir conocimientos, entrenar habilidades pero contribuiremos muy poco al desarrollo integral del alumnado, objetivo globalizador de toda educación.

¿En qué se concreta este compromiso? Podemos distinguir tres dimensiones fundamentales:

  • El saber, conocimientos, razón, intelecto, cognición, “cerebro”… nuestra parte racional.
  • Los afectos, emociones, amores y odios, simpatías y antipatías, “corazón”… nuestra parte afectiva.
  • Las acciones, comportamientos, hechos… nuestra parte activa.

La implicación personal se traduce en una serie de tareas que, aún siendo valoradas en la actualidad por una buena parte de los docentes, no cuentan con el reconocimiento real y efectivo de las administraciones educativas. Nos referimos a la necesaria disponibilidad horaria de los docentes para conocer a sus alumnos y relacionarse con ellos a través de otras actividades no estrictamente curriculares: entrevistas, análisis de los expedientes de los alumnos, jornadas de convivencia, actividades extraescolares y complementarias, etc.). Sin tiempos para conocer y relacionarnos con nuestros alumnos difícilmente podremos comprometernos con ellos.

El profesor como “preparador personal”

Un salto en la mejora de la calidad en la educación actual ha de ser el de la personalización de la misma. Hace 30 años hubo una idea pedagógica llamada “enseñanza personalizada” que en algunos centros llegó a practicarse cambiando la secuencia curricular y supeditando metodología, espacios y tiempos a las características y necesidades de los alumnos. Esta práctica pedagógica permitía la atención individual a cada alumno así como su progreso sin depender del ritmo de aprendizaje del grupo. No llegó a generalizarse porque significaba romper las rutinas establecidas en multitud de profesionales y de instituciones. En la actualidad tenemos la oportunidad de retomar dicho modelo con un menor coste, debido a la facilidad de acceso a los conocimientos que nos aportan las nuevas tecnologías. Además nos ofrece la posibilidad de conseguir que el profesor pueda conocer y atender individualmente a cada uno de sus alumnos, no sólo en lo relativo a su nivel curricular sino en su evolución y desarrollo personal. Del mismo modo que en el mundo empresarial se ha impuesto el perfil profesional del coaching cuya función no es enseñar sino ayudar a aprender, en el ámbito educativo el profesor deberá ayudar a aprender y también a ser. Para ello utilizará habilidades propias de un acompañante, consejero, juez, fiscal, espejo, referente, psicólogo, entrenador… Son roles en los que la vinculación afectiva y la implicación personal son imprescindibles. Todo ello en colaboración estrecha con quien va a ser el “preparador personal” por excelencia: el tutor o tutora del alumno .

En la práctica diaria se concretaría en una atención psicopedagógica personalizada que en la actualidad sólo se realiza en la atención al alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo. Con los medios tecnológicos actuales cabe este tipo de atención para todo el alumnado a través del diseño de itinerarios educativos individualizados. El uso del portafolios en la acción tutorial, los blogs, la utilización de medios de comunicación personalizada como el correo electrónico, los foros, etc., hacen factible su desarrollo.

El docente como líder de un grupo

Por otra parte, el desarrollo integral de la persona conlleva un proceso de socialización que, teniendo en cuenta las características de la sociedad actual, se produce fundamentalmente en los centros educativos. Vemos muchos niños y adolescentes cuya única relación personal con sus iguales se produce en el colegio o en el instituto debido a lo inhóspito y peligroso de nuestras ciudades, a las ocupaciones de los padres, al número de familias con un solo hijo o al tiempo de ocio empleado en ver la televisión o los videojuegos.

El grupo de iguales, en sí mismo, es un factor educativo pero debe ser liderado y cuidado por el profesional adulto que modula, dinamiza y modera su funcionamiento interno para que su influencia sobre cada uno de sus miembros sea lo más positiva posible. Ello implica un profesor con actitud, conocimientos y habilidades para un manejo adecuado del grupo de niños o adolescentes.

Miembro de un equipo

Debido a la especialización de los diferentes profesionales, la enseñanza es, desde hace tiempo, una tarea de equipo. De hecho uno de los órganos de funcionamiento de los centros es el llamado Equipo Docente –tutor, especialistas y en ocasiones jefe de estudios y orientador–. Estos equipos no siempre adquieren entidad jurídica o siguen denominándose como Juntas de Evaluación, limitando su función y proyección. Pero esto responde al retraso persistente con que la normativa lleva con respecto a la práctica y, sobre todo, a las necesidades del sistema.

Trabajar en equipo no es una tarea fácil. Requiere poseer habilidades sociales como saber comunicar, escuchar, preguntar, ser flexible, tener iniciativa, ser asertivo, estar abierto a la crítica y, sobre todo, ser capaz de manejar las propias emociones. Desgraciadamente todas estas competencias todavía no han sido incluidas en los currículos profesionales ni de la enseñanza en general pero el futuro las va a demandar.

Este nuevo estilo docente requiere de la organización de tiempos y espacios que propicien dichas tareas, especialmente las que se refieren a la coordinación docente respecto a cada grupo clase.

Integrado en un proyecto educativo compartido

La tan denostada LOGSE introdujo el concepto de Proyecto Educativo en cuya elaboración debía participar toda la Comunidad educativa. Los logros fueron limitados, probablemente porque la generalización de las utopías es una utopía mayor. Se priorizó el resultado –un documento– sobre el proceso –elaboración colectiva– y hemos terminado por abandonar el objetivo. Sin embargo, sigue siendo cierto que para educar es necesaria toda la comunidad y no basta uno o varios profesionales. Habría que recordar el aforismo africano que cita José Antonio Marina: “Para entrenar a un perro es suficiente un hombre. Para educar a un niño se precisa toda la tribu”. En cualquier centro educativo siempre hay un proyecto implícito pero no siempre está pensado por todos, es coherente o posible. El maestro–profesor del futuro deberá estar dispuesto a trabajar con todo el resto de la comunidad educativa en la elaboración y práctica de un proyecto educativo en el que se compartan conocimientos y concepciones profesionales, y se consensuen valores, objetivos y procedimientos.

Posiblemente esta sea la modificación más costosa para nuestro sistema educativo. Implica un cambio en la concepción de la educación y sus relaciones con la sociedad. Exige un mayor protagonismo por parte de las familias y la generación de una cultura colaborativa entre centros y profesores. La pérdida de autonomía pedagógica de los centros y la reducción de competencias de los consejos escolares supone un serio ataque a este enfoque.

El profesor experto comunicador

Con esta habilidad no nos referimos solamente a su capacidad para impartir clases magistrales sino a sus aptitudes para ser capaz de establecer una comunicación interpersonal fluida con el alumnado y con las familias. La competencia comunicativa no se reduce al dominio de técnicas y habilidades concretas, sino que conlleva además una serie de actitudes como son la capacidad de escucha, el reconocimiento de los intereses legítimos de alumnos y familias, el respeto a formas y estilos de vida diversos, etc. Si no creemos en nuestros alumnos ni en sus familias, si partimos de prejuicios en nuestras relaciones, poco tendremos que aportarles y la posibilidad de comunicación será nula. Este nuevo docente deberá ser un experto en resolución de conflictos, dinamizador de grupos, competente en el manejo de las entrevistas y con una gran capacidad empática.

La formación inicial

Hasta ahora, con todas las reformas que el sistema viene sufriendo, no se ha diseñado una formación acorde con las exigencias de la sociedad y de las personas. En todas ellas han pesado demasiado los condicionantes laborales, la organización de los cuerpos de funcionarios y, sobre todo, los intereses del mundo universitario, tan alejado personal, profesional y científicamente de la educación no universitaria.

Por un lado, para los maestros y maestras se han diseñado currículos con una parte importante de conocimientos propios de la ciencia educativa o de la pedagogía y se ha descuidado la formación disciplinar buscando cierta especialización. Por otro lado, en relación al profesorado de secundaria la ciencia de la educación se ha excluido de las exigencias para ejercer la profesión docente. La educación obligatoria es impartida por ambos tipos de profesionales. Con los nuevos planes de estudios universitarios se ha pretendido paliar este problema pero sus frutos están por ver. La formación de los profesionales deberá tener en cuenta todo lo expuesto. Seleccionar a los mejores, introducir el compromiso ético como condición para ejercer la profesión, ser especialistas en el desarrollo global de las personas, en el ejercicio del liderazgo de grupos humanos, con capacidad de trabajar en equipo, con buenas habilidades de comunicación… todo ello además de su especialización en alguna rama del conocimiento.

Es mucho lo que se ha escrito en torno a este tema. Difícilmente podremos cuestionar la necesidad de este cambio de rol si somos honestos con la realidad social que vivimos y con las demandas que la sociedad plantea a las instituciones educativas. El necesario cambio implica un nuevo modo de pensar, sentir y actuar por parte de los docentes. Queremos ilustrar este cambio a través de la narración que se adjunta (descripción de una sesión de clase y reflexiones de dos docentes que se sitúan en orillas diversas).

De las citadas ilustraciones pueden derivarse dos concepciones de la educación, unas determinadas actuaciones, diversos ámbitos de intervención, la definición de responsables, competencias, actitudes y funciones determinadas. No es nuestro propósito ofrecer un discurso cerrado sobre estos aspectos, sino suscitar la reflexión y el debate en uno de los momentos más críticos de la educación en nuestro país.©


Antonio González Pérez
Orientador de Educación Secundaria
 
José Mª Solano Chía
Orientador de Educación Primaria

 

 

Hacía dónde va la educación

Hacía dónde va la educación

Número que analiza el estado de nuestro sistema educativo actual, así como abre una serie de interrogantes en torno a la metodología, los retos de los nuevos educadores, los nuevos entornos y tecnologías, el éxito en el aprendizaje, formación y retos del profesor del futuro, entre otros.


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