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Crisis del "modelo" neoliberal y alternativas

Escrito por: Jaime Pastor
Enero - Febrero 2013

El estallido de la crisis financiera a partir de septiembre de 2008, con las crecientes secuelas destructivas que está generando, ha puesto de manifiesto la irracionalidad global y la naturaleza intrínsecamente injusta del “modelo” neoliberal que se fue extendiendo desde los inicios de los años 70 del pasado siglo mediante olas sucesivas a todo el planeta.

Desde los inicios de1970 se fue configurando un capitalismo cada vez más financiarizado, expropiador de bienes comunes y sobreexplotador de todo tipo de trabajo (incluido el de cuidados) que ha acabado sufriendo la peor crisis de toda su historia. Esta vez, además, a diferencia de 1929, se da en el marco de una crisis energética y de un cambio climático que marcan nuevos y dramáticos límites a su búsqueda de una salida que sea compatible con la preservación de la vida en el planeta Tierra.

De la crisis a la “doctrina del shock”

Pese a ese diagnóstico y a la percepción, incluso por parte de muchos analistas del “sistema”, de que el neoliberalismo ha demostrado su fracaso en sentar las bases de un capitalismo sin crisis, capaz de basarse en crear entre las clases subalternas la ilusión en una movilidad social ascendente y en una “sociedad de propietarios” a través del endeudamiento masivo, hemos visto que desde 2008 los grandes poderes financieros transnacionales han conseguido imponer a las elites políticas sus dictados para “rescatarlos” de la quiebra que ellos mismos han provocado. Al desconcierto inicial que llevó incluso a algún dirigente político a insinuar una “refundación del capitalismo” le está sucediendo una nueva “vuelta de tuerca” en la agravación de las desigualdades sociales, de género y de pueblos y etnias, así como en la depredación de la naturaleza, mientras se agrava una crisis alimentaria derivada de la especulación creciente en torno a materias primas básicas.

Es lo que se ha denominado “doctrina del shock”, la cual se está manifestando ahora en los países del Norte mediante un desmantelamiento acelerado de las ya menguantes conquistas sociales alcanzadas en el marco de los llamados Estados del bienestar. Es más, conscientes de la impopularidad de esas políticas, se busca aplicarlas haciendo “tabla rasa” de las promesas electorales  por parte de quienes acceden a los gobiernos, convertidos en fieles servidores de quienes votan todos los días en los mercados financieros y temerosos a cualquier consulta a los pueblos. De ahí también la crisis de legitimidad que está afectando a tantos gobiernos y la consiguiente indignación ciudadana que se extiende a muchas partes del mundo, especialmente desde el inicio de las revueltas árabes a finales de 2010.

Esta crisis adquiere mayor gravedad en la Unión Europea, en los países periféricos de la eurozona y en el caso español, cuyo “crecimiento” se basó en una burbuja inmobiliaria que terminó pinchándose y sacando a la luz una larga lista de escándalos de corrupción y provocando un aumento acelerado del desempleo. Es ahora cuando desde muy distintos ámbitos se reconoce que el proceso de “integración europea” y de creación del euro se planteó en un contexto de notables asimetrías entre las distintas economías “nacionales” que se han ido agravando en medio de grandes desigualdades salariales y fiscales que permitían el libre movimiento de capitales de un país a otro, a la búsqueda de la mayor rentabilidad posible a corto plazo. Sin embargo, en lugar de rectificar el rumbo y proceder a una refundación de Europa, vemos que la “crisis del euro” se convierte en una excusa para convertir a los Estados en salvadores de un sistema financiero a costa de una deuda pública que se quiere hacer pagar a unas mayorías sociales que no han tenido nada que ver con las causas de esta crisis.

Lo peor es que este estado de excepción económico, social y, cada vez más, político está generando una nueva y brutal redistribución de la riqueza de abajo arriba que ni siquiera está sirviendo para la entrada en una nueva fase de crecimiento económico. Es más bien una Gran Depresión la que parece estar instalándose, particularmente en la eurozona y en sus países del Sur, con Grecia como epicentro.

Frente a este panorama el argumento que sigue pesando entre muchos sectores sociales afectados por la crisis es el que puso ya de moda la primera ministra Margaret Thatcher cuando sostuvo “There is No Alternative” (“No hay alternativa”), aprovechando el hundimiento del mal llamado “socialismo real” y, luego, la adaptación a ese discurso de la gran mayoría de la socialdemocracia internacional. Sin embargo, mucho tiempo ha transcurrido desde entonces y en otras partes del mundo, como en América Latina, hemos visto grandes movimientos populares que llegaron a promover nuevos procesos constituyentes conducentes a rupturas en mayor o menor grado con el “modelo” neoliberal y a la búsqueda de caminos alternativos. Es verdad que hoy, tras el camino recorrido, sus gobiernos parecen apostar más por un “neodesarrollismo” basado en un modelo neoextractivista que por un paradigma alternativo y poscapitalista basado en la socialización de los bienes comunes al servicio del “buen vivir” o “vivir bien”, tal como aparecen constitucionalizados en Ecuador y Bolivia. Empero, es hacia esto último a lo que siguen apuntando sectores relevantes de los movimientos sociales no sólo en esos países sino también en otros lugares del mundo, incluida Europa con Islandia como modesto referente. Se busca así superar el fetichismo del “crecimiento” y poner en el centro la sostenibilidad de la vida en el planeta. Además, lejos de esperar al advenimiento de “otro mundo posible” o de un “socialismo del buen vivir”, se opta ya por ir prefigurando ese nuevo paradigma desde una “economía solidaria” y alternativa frente a un“neoliberalismo desde abajo” hoy en crisis.

Cambiar el “sentido común dominante”: “sí, se puede”

En el contexto europeo, la construcción de alternativas al neoliberalismo pasa, por tanto, por cambiar el “sentido común” dominante, por cuestionar el discurso hegemónico que pretende hacernos creer que los “sacrificios de hoy” son necesarios en aras de reemprender una nueva fase de crecimiento económico ilimitado que, además, como se ha recordado, nos llevaría a dejar un planeta inhabitable para las futuras generaciones. Por el contrario, es necesario denunciar que esos sacrificios son los de una mayoría social en beneficio de una reducidísima minoría que, ella sí, está beneficiándose del “rescate” de los Estados para intentar reanudar el mismo camino que ha conducido a esta crisis. Por eso uno de los ejes principales de una alternativa en países como el nuestro ha de ser el rechazo del pago de la parte ilegítima de una deuda pública que no deja de crecer precisamente por querer salvar a unos “banksters” que han demostrado sobradamente su criminalidad social. Una tarea que está emprendiéndose ya desde movimientos como el 15M y plataformas como la que exige una Auditoría Ciudadana de la Deuda, al igual que se está haciendo en Grecia, Portugal y otros países europeos.

La denuncia del pago de esa deuda (convertida en obligación “prioritaria” y constitucionalizada en la eurozona) debería ir unida a otras exigencias como una reforma fiscal progresiva (que incluya la lucha contra el fraude y los paraísos fiscales), la creación de una banca pública al servicio de una economía solidaria y ecológica, el rechazo a la privatización de bienes y servicios públicos como el agua, la sanidad o la educación, la aprobación de una ley de alquiler social y la reducción de la semana laboral remunerada a 35 horas y la redistribución de todos los trabajos. Éstos son sólo algunos ejemplos de demandas necesarias en el camino hacia una refundación de Europa, un proceso que pasa necesariamente por cuestionar las exigencias procedentes de la Unión Europea de recortes cada vez mayores de derechos sociales fundamentales y que están conduciendo a pueblos como el griego a una miseria creciente. Políticas éstas que, además, dada la debilidad de la izquierda, generan desesperación en amplios sectores populares y se convierten en caldo de cultivo de una extrema derecha dispuesta a encontrar chivos expiatorios en las capas sociales más vulnerables, como la población trabajadora de origen inmigrante.

La construcción de alternativas en el plano socioeconómico basadas en la defensa de los bienes comunes, de lo “común”, es inseparable de la que ha de plantearse en el plano de la redemocratización de la política y de nuestras sociedades. Porque, como denuncia Luigi Ferrajoli en Poderes salvajes, “gracias a la sinergia cada vez más estrecha entre poder económico, poder político y poder mediático, una parte esencial de la esfera pública se ha convertido, de este modo, en objeto de apropiación privada”. En efecto, la oligarquización de la política y de los principales partidos era ya un rasgo ascendente antes del estallido de la crisis, pero desde entonces se ha acentuado hasta el punto de ir vaciando a las instituciones representativas de su capacidad de decisión incluso sobre los presupuestos del Estado. Afortunadamente, un nuevo imaginario democrático se está ya forjando desde las calles, las plazas y muchos centros de trabajo a través de movimientos como, en nuestro caso, el 15M y las distintas “mareas” emergentes y su reivindicación de la soberanía popular frente a su secuestro por la “dictadura de los mercados”.

De la confluencia de esos movimientos en nuevos bloques socio-políticos contrahegemónicos depende que se vayan abriendo paso alternativas como las sucintamente expuestas en este artículo. Porque lo que se hará cada vez más evidente para las mayorías sociales es que el neoliberalismo no es una alternativa para la satisfacción de sus necesidades básicas y para la preservación de la vida en el planeta si, como estamos viendo, todo acaba viéndose sometido al criterio de la rentabilidad privada.

Por eso el discurso de “sí, se puede” que está emergiendo en las luchas de hoy es fundamental para demostrar que el problema no está en la ausencia de alternativas sino en alcanzar la fuerza colectiva para poder imponerlas frente a ese 1% que pretende salir inmune y más enriquecido si cabe de esta crisis. Una tarea que, si quiere llegar a hacer realidad la sentencia de que “otro mundo es posible”, no es concebible a escala de un solo país o Estado sino que debería extenderse e ir acompañada por un nuevo internacionalismo solidario a escala europea y global.©


Jaime Pastor

Profesor de Ciencia Política de la UNED


 

¿Hay alternativas a la crisis?

¿Hay alternativas a la crisis?

La compleja situación actual de crisis y las posibles alternativas para superarla ocupará el monográfico de nuestro número 983, en el que habrá importantes firmas que tratarán este tema desde distintas perspectivas. A parte de un análisis de la situación, se recoge una mirada hacia el futuro.


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