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Aproximación cristiana a la crisis del capitalismo neoliberal desde Centroamérica

Escrito por: Rodolfo Cardenal
Enero - Febrero 2013

Las voces proféticas que se alzaron para denunciar la inviabilidad socioeconómica y, en consecuencia, el pecado del consumo desenfrenado, y para llamar a la moderación fracasaron. Esas llamadas habían advertido que la civilización del capital (I. Ellacuría), centrada en el derroche, la superficialidad y la diversión no era viable. Simultáneamente llamaron a la conversión a otra civilización alternativa, centrada en el trabajo y la austeridad (J. Sobrino) o, en su formulación más radical, en la pobreza (Ellacuría). Monseñor Romero advirtió a la oligarquía salvadoreña que era mejor despojarse voluntariamente de lo superfluo antes que se lo arrebataran violentamente. Estas voces proféticas propusieron una civilización cuyo fundamento fuera compartir unos bienes que, por naturaleza, son comunes. Es cierto, no fueron muchas, pero se dejaron oír con fuerza. Quizás las menospreciaron porque la confianza en el capitalismo neoliberal era total.

Irónicamente, la voracidad capitalista ha conseguido lo que los profetas no lograron. No sólo acabar con el lujo y el despilfarro, sino que, además, ha despojado del empleo, de la vivienda y de las seguridades sociales. No sólo ha forzado la austeridad en familias donde antes había abundancia, sino que también las ha sumergido en la pobreza y la incertidumbre. Se había pensado que la pobreza sólo afectaba a los sectores de más bajos ingresos o a los países empobrecidos, desiguales y violentos. El hundimiento de los sectores medios se ha impuesto con descarnada brutalidad en el centro del capitalismo neoliberal. Ahí donde la estabilidad y la seguridad se daban por descontadas. Tanto, que parecía que se podía conseguir todavía más. En vez de ello, el desconcierto ha sobrevenido sobre millones de familias de todas las clases sociales, en particular, en sectores que desconocían esta realidad y su crueldad. Ensoberbecidos de sus éxitos económicos y su elevado nivel de vida, habían menospreciado al resto del mundo. El desempleo, la incertidumbre y la pobreza eran propios de sectores subdesarrollados, inferiores y quizás hasta vagos. Pero el mismo capitalismo neoliberal ha despojado de su vida fatua a quienes así pensaban. Esta mala noticia ha sido realidad desde tiempos inmemoriales para los primeros, pero para los otros es una dura realidad inesperada. La voracidad capitalista ha venido cuando menos la esperaban y se ha llevado consigo todo lo que ha encontrado. Ha llegado como el ladrón, por haber abandonado la vigilancia, tal como nos advierte el evangelio.

El control de los Estados no es suficiente

Esta realidad presenta una dimensión estructural y otra comunitaria y, en consecuencia, dos tipos de alternativas. La naturaleza destructiva del capital ya había sido denunciada con gran clarividencia por Marx. El aumento de la producción y la productividad, posibles por el desarrollo de la ciencia y la tecnología, destruyen empleos y aceleran la concentración mundial del capital desde hace unas cuatro décadas. Por el otro lado, los bienes y servicios producidos en mayor cantidad y variedad de forma más rápida y con menos trabajadores se ofrecen a un mercado cada vez menor, por la reducción del poder adquisitivo y de la participación del trabajador activo en la generación del ingreso nacional. Sin embargo, los bancos y la especulación internacional amontonan beneficios a corto plazo. Tímida, a comienzos de la década de 1970, la acumulación de capital ha adquirido un ritmo desconocido. Consignas como la desregulación significan producir donde el medio ambiente no está protegido, los salarios y la fiscalidad son más bajos, y la cobertura social menos exigente. El capitalismo no está interesado en el bienestar de la especie humana. Tampoco garantiza la reproducción de la fuerza de trabajo, que en cuanto implica una inversión de largo plazo, reduce la ganancia inmediata. Su prioridad no es generar empleo, sino la máxima ganancia. La lista de las fortunas más voluminosas y la absorción de unas corporaciones por otras, tan admiradas por cierta prensa y tan estudiadas por las escuelas de administración de empresas, incluidas las que se declaran católicas, significa el despojo de la inmensa mayor parte de la humanidad. Ahora cuando la voracidad afecta a las clases medias, esto es más evidente.

No es empresa sencilla revertir esta realidad, pero se la puede contener con el control financiero, la reestructuración de las finanzas mundiales, la imposición de una reglamentación más estricta, el impulso de un crecimiento económico duradero y sostenible y el reforzamiento de la protección social. Para avanzar en esta dirección es necesario cerrar los paraísos fiscales, donde mercaderes y especuladores, esconden sus ganancias, y gravar la transacción financiera. Esto significa controlar entre veinte y treinta billones de dólares, entre dos y tres veces el producto interno bruto de Estados Unidos. La cuarta parte de esa cantidad evitaría el recorte fiscal en Europa, el desempleo masivo y la negación de servicios sociales a millones de personas. Estas medidas, por radicales que puedan parecer a algunos, no son más que de contención, pues no atacan la raíz del mal. Además, su eficacia depende de la constancia, porque el capital financiero siempre encuentra maneras para evadir el control.

La impotencia estructural del capitalismo

Aunque los gobiernos coinciden en la conveniencia de estas medidas desde 2009, todavía ninguno de ellos se ha atrevido a dar el primer paso, porque el poder real lo detenta el capital financiero, no los Estados. Más aún, la crisis evidencia la impotencia estructural del capitalismo mundial para superar sus dificultades con sus propios medios y según su lógica. Es decir, si el capitalismo no renuncia o no es obligado a renunciar a la apropiación del beneficio, las crisis no sólo persistirán, sino que se ampliarán y serán cada vez menos manejables y más insoportables para las sociedades. La desesperación de millones de personas estimulará la criminalidad y la violencia. Entonces, la represión será la única manera para contener a unas masas hambrientas y exasperadas. Aun cuando el gobierno sea electo por voto popular, no será más que una dictadura disfrazada para proteger a un puñado de avariciosos.

Distribución equitativa del bien común

La raíz de este mal mundial se encuentra en la naturaleza intrínseca del capitalismo, cuya irracionalidad e inhumanidad la crisis ha evidenciado con una universalidad desconocida. La polarización entre la minoría que acumula y consume de manera desenfrenada y la inmensa mayor parte de la humanidad, despojada de unos bienes que son comunes y sin poder para satisfacer sus necesidades más elementales, ha alcanzado extremos intolerables. El capitalismo neoliberal es un imperialismo disfrazado de modernidad y democracia, pero tan mortal como cualquier otro imperialismo. Por lo tanto, es menester revertir, o subvertir, ese orden por medio de la distribución equitativa del bien común de la humanidad, es decir, del producto mundial bruto. En sentido estricto, no es un despojo, porque antes esa minoría se ha apropiado indebidamente de lo que es de todos, puesto que todos hemos contribuido, de una u otra forma, a producirlo. No puede alegar injusticia, porque su riqueza es ilegítima. Tampoco puede invocar el derecho de propiedad, porque lo común y humano privan sobre lo particular e individual. Desde una perspectiva cristiana, es pecado, porque contradice la naturaleza comunitaria de la creación, destinada a la humanidad entera. Por lo tanto, la justicia divina impone el deber de distribuir equitativamente lo que es común. La utopía del reinado de Dios exige que todos y todas dispongamos de lo necesario para satisfacer nuestras necesidades básicas y, por lo tanto, que lo común sea accesible para el uso y disfrute de la humanidad. Así, pues, la verdadera solución está en la satisfacción de estas necesidades de manera permanente y sostenible.

De la asistencia y la caridad a la solidaridad

En este horizonte debe colocarse el asistencialismo y la caridad, necesarios y urgentes, en las actuales circunstancias. Sin embargo, es menester afirmar que son insuficientes, por no ser más que paliativos. De la asistencia y la caridad hay que pasar a la solidaridad entre los despojados y empobrecidos. Una solidaridad que comparte lo poco que tiene, que se organiza para reclamar lo que es justo y que por eso mismo genera esperanza. La inconformidad y la protesta indignada, aunque comprensibles, tampoco son suficientes, porque la reversión del orden capitalista exige también compromisos creativos y eficaces para construir una sociedad mundial más justa y más humana. El compromiso surgido del clamor exige, asimismo, no conformarse con asegurar la propia economía o posición social. Eso sería demasiado egoísta. El cristiano debe comprometerse con la lucha por el derecho fundamental de la humanidad a satisfacer sus necesidades básicas. Aun cuando ello implicase disminuir el propio nivel de vida y bienestar.

Luchar por la construcción de una humanidad más igualitaria

La pasión para desencadenar acciones salvadoras, que pongan fin a tanta muerte cruel, y la esperanza brotan del compromiso solidario por la justicia. Se trata de luchar por la construcción de una humanidad más igualitaria, fundada en la distribución equitativa del producto mundial bruto. Ciertamente, esto es utópico, pero no por eso menos real. Además, no existe otra alternativa y cualquier otro planteamiento sólo salvaría la crisis actual y prepararía el terreno para la siguiente. Descartar la utopía por irrealizable, es paralizarse. En definitiva, hacerle el juego al sistema. Las dificultades son innumerables, pero si pensamos en aproximaciones sucesivas y constantes, se convierte en fuerza transformadora y en determinación firme de ponerse en marcha. Esta opción implica rechazar la riqueza como valor supremo y cultivar la solidaridad, la morigeración e incluso la austeridad. No existe otra forma de lanzar la historia en otra dirección. Comprometerse con la lucha por la distribución equitativa de la riqueza de la creación, no movido por el odio, sino por la compasión hacia la humanidad despojada y crucificada, puesta la esperanza firme en las posibilidades de la utopía es subvertir la historia y contribuir de manera eficaz con la construcción del reinado de Dios (I. Ellacuría).

Sin esperanza es imposible emprender la marcha, pero también vivir en este mundo de mayorías empobrecidas. La esperanza no es pasiva, ni irracional, sino acción lúcida, lanzada hacia el futuro. Un futuro donde el bien común predomine sobre el particular, donde la satisfacción de las necesidades básicas se imponga sobre el acaparamiento y el despilfarro, donde la comunidad derrote al individualismo, donde la apertura suprima el etnocentrismo y la generosidad a la discriminación, donde el desentendimiento de paso a la compasión ante el sufrimiento de los demás y donde la creatividad anule tanto el derrotismo como el sometimiento servil.©


Rodolfo Cardenal

Subdirector del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica, Universidad Centroamericana. (Managua, Nicaragua)


 

¿Hay alternativas a la crisis?

¿Hay alternativas a la crisis?

La compleja situación actual de crisis y las posibles alternativas para superarla ocupará el monográfico de nuestro número 983, en el que habrá importantes firmas que tratarán este tema desde distintas perspectivas. A parte de un análisis de la situación, se recoge una mirada hacia el futuro.


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