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El trabajo socioeducativo desde un recurso de prevención

Escrito por: Eulalia Quevedo Collantes
Noviembre - Diciembre 2011

Como profesionales, nuestra finalidad última es la coconstrucción de modelos de relaciones interpersonales, familiares, profesionales, y sociales que sean altruistas, de cuidados y de buen trato.
Estas relaciones constituyen la base de moléculas basa en la vinculación amorosa, en la reflexión permanente, en una ética del riesgo y en una práctica de los derechos humanos y del respeto a la naturaleza.
Jorge Barudy

La normativa legal vigente de Infancia atribuye a las entidades locales las actuaciones en materia de protección a niños, niñas y adolescentes en situación de desprotección moderada. Se entiende por tal aquella en la que tienen necesidades básicas sin satisfacer y ello sucede durante un período de tiempo lo suficientemente amplio como para provocar un daño, pero su desarrollo no se encuentra comprometido, ni la situación alcanza la suficiente entidad, intensidad o persistencia que fundamente la declaración de desamparo. Esta situación de desprotección, técnicamente valorada y planteada en el correspondiente Plan de Caso, debe abordarse a través de un programa de preservación familiar, si se considera que la familia dispone de la motivación y los recursos suficientes para una posible recuperación.

Dentro de estos programas de preservación familiar, y por tanto en el ámbito de la prevención secundaria, se sitúa el recurso especializado de Centro de Día. Este recurso proporciona una experiencia educativa de tipo convivencial, en el que una pareja mixta de educadores convive durante unas horas del día – de 12 a 20h.–, en periodo extraescolar con un grupo de diez niños, niñas y adolescentes –de 3 a 18 años– favoreciendo su desarrollo integral, así como apoyando y trabajando con la familia a fin de posibilitar la asunción de los roles parentales en su integridad.

Son objetivos generales del programa de Centro de Día: la prevención del maltrato y la desatención familiar; la prevención de la separación del ambiente familiar, la atención individualizada, paliando todos aquellos posibles déficits cognitivos, emocionales, conductuales o personales presentes; la normalización a través de un entorno estimulante y normalizado de relación, y la educación integral, trabajando tanto con la familia como con los niños y niñas, a nivel personal, familiar, escolar y social.

La intervención socioeducativa se orienta por enfoques teóricos complementarios que abordan la epistemología de la infancia en situación de riesgo, siempre teniendo en cuenta que la finalidad de todo modelo preventivo de maltrato es el bienestar infantil. Entre ellos, el modelo ecosistémico, Bronfenbrenner (2002), explica como el ecosistema social favorece los buenos tratos cuando la interacción entre los sistemas con que el niño se relaciona es buena; tanto más cuanto más próximos, como la familia. Por otra parte, las investigaciones sobre el origen de la resiliencia han demostrado que su aparición tiene que ver con una experiencia temprana de respeto y buen trato. Nos interesa su promoción porque, tal como la define Cyrulnik (2003), “la resiliencia es la capacidad de una persona o de un grupo para desarrollarse bien, para seguir proyectándose en el futuro a pesar de los acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas a veces graves”. Por último, el modelo complejo de necesidades de López (2008) permite identificar no sólo las situaciones familiares, sino también aquellas del entorno ecológico de los niños, niñas y adolescentes que pueden poner en riesgo su desarrollo, hasta dar paso a situaciones de desadaptación, como puede ser el acoso entre iguales.

Los contextos

Considerando estas perspectivas, el trabajo socioeducativo se articula en distintos contextos de intervención, que a su vez coinciden en su caso con sistemas de interacción cotidiana del niño, niña, adolescente y su familia:

  • El contexto personal o el niño o adolescente, en sus necesidades de desarrollo y necesidades específicas derivadas de la situación de desprotección.
  • El contexto familiar o la propia familia como entorno potencial para su desarrollo integral en tanto que susceptible de incorporar y recuperar las distintas funciones parentales.
  • El contexto escolar o el sistema formativo, en coordinación con agentes escolares –profesores, orientadores y auxiliares– y padres.
  • El contexto de salud o la respuesta a necesidades básicas, en coordinación con profesionales del sistema público de salud y de la salud mental privada.
  • El contexto socio-comunitario o la participación social, en coordinación con profesionales y voluntarios de ocio y tiempo libre, o educadores de calle.
  • El contexto laboral o la incorporación progresiva al mercado laboral, con el trabajo intensivo de las habilidades pre-laborales.
  • El contexto residencial o la gestión de la convivencia en el Centro y la interacción grupal, como recurso socio-educativo de base.
  • Por último, el contexto organizacional o la gestión organizativa (técnica y humana) y el mantenimiento del programa, garantía de su calidad.

El trabajo por proyectos permite diseñar, realizar, evaluar y comunicar la acción socioeducativa en los diversos niveles de articulación y coordinación a partir de una secuencia metodológica sencilla: Observación, análisis, concreción de objetivos, articulación de estrategias, acciones y recursos, puesta en práctica o implementación, y evaluación (continua y final). Se aplica a toda actividad desarrollada individual o grupalmente a lo largo del proceso educativo.

De forma permanente se desarrollan en el centro programas de higiene, salud y alimentación; apoyo escolar, habilidades sociales, educación sexual, prevención de consumo de drogas, y programas de modificación conductual individualizados para trastornos de conducta. En relación con otros contextos se realizan programas de ocio y tiempo libre, de conocimiento del entorno comunitario, de seguimiento escolar, y de seguimiento familiar. Periódicamente se programan actividades convivenciales –celebraciones y salidas fuera de la ciudad– con la participación de las familias.

Instrumentos básicos

Dos instrumentos básicos organizan la intervención individual con el niño o adolescente y su familia, respectivamente: el Proyecto Educativo Individual, PEI, y el Plan de Intervención Familiar, PIF. Tanto el niño como la familia, en la medida en que sus posibilidades y capacidades evolutivas lo permiten, participan en su elaboración, desarrollo y evaluación. En este proceso la Tutoría es el programa que mejor responde y se ajusta a los objetivos perseguidos. Desde el ingreso, tanto el niño o adolescente como su familia disponen de una figura de referencia estable, accesible y disponible en cualquier momento del horario de atención para plantear las cuestiones de su interés. A su vez, el tutor mantiene con ellos, juntos o separados, según proceda, entrevistas periódicas para el seguimiento del proceso educativo en el niño y de las incidencias que afectan al desarrollo de la parentalidad con las familias. El vínculo que se teje en la interacción tutorial será la base de la motivación, la colaboración y la participación a lo largo de la estancia en el centro.

Un abanico de roles

Como vemos, la intervención tanto con el niño o adolescente, como con su familia y con la red de trabajo exige de las figuras educativas el desempeño de un amplio abanico de roles:

Rol de base: realización de actividades de protección y atención, cuidado e higiene, alimentación, vestido... Se estructura sobre la convivencia educativa cotidiana.

Rol normativo: representación de reglas y valores socializantes con los niños y adolescentes.

Rol de autoridad: forma en el respeto a las reglas de convivencia al niño o adolescente y, respecto a los padres, demanda la función parental, como servicio que se presta condicionado a determinadas actuaciones o cambios en su comportamiento, de modo que mantengan la responsabilidad en determinadas áreas de la intervención.

Rol de ayuda: escucha activa y tranquilizadora. Valoración con el niño, adolescente y su familia de sus vivencias. Orientación.

Rol de identificación: presenta una imagen de adulto referencial que proporciona al niño o adolescente modelos accesibles y deseables. Respecto a los padres, modela interacciones adecuadas con los niños, adolescentes y con el entorno social.

Rol de facilitación y apoyo: el educador ayuda en aspectos relacionados con el trabajo escolar, la cultura y el ocio. Proporciona informaciones y vías de acceso al aprendizaje. Por otra parte apoya a los padres en la integración formativa, laboral y social en la medida en que lo requieran.

Rol de mediador: el educador es parte integrante en la mediación en todas aquellas situaciones en que surgen tensiones y conflictos: familia y centro formativo; familia y Servicios Sociales; niño o adolescente y terapeuta; niño o adolescente y centro formativo; niño o adolescente y grupo de tiempo libre; etc.

Rol de tutor: la tutoría afianza la relación, garantiza a cada niño o adolescente y familia una figura referencial estable y posibilita una relación educativa personalizada.

Rol de componente de un equipo educativo: se fundamenta en la capacidad de asumir decisiones conjuntas, y en la necesidad de diferenciarse como educador, buscando la mayor complementariedad posible en el trabajo en equipo.

Rol de componente de un entramado institucional cuya finalidad es la protección infantil que requiere facilitar información que contribuya a valorar las situaciones de riesgo y a establecer límites que las corrijan, en estrecha colaboración con la autoridad administrativa competente.

Ciertamente es una tarea compleja la que la sociedad encarga a los profesionales de la Protección infantil en la atención directa. Es una tarea que, más allá de las competencias profesionales, exige compromiso y entrega personal. Por ello, y para acabar volviendo a Barudy (2007), si los profesionales de la Infancia queremos promocionar los buenos tratos y la resiliencia, la responsabilidad primera es mantener afinado nuestro instrumento de trabajo, nosotros mismos, nuestras capacidades básicas: la capacidad de vinculación y comunicación, la capacidad de trabajar en red proporcionando apoyo a todos los implicados, y la capacidad de elección del espacio relacional adecuado para intervenir. En este sentido es primordial atender a nuestro deber y derecho al “autocuidado”, no sólo a través de la participación solidaria en las redes profesionales sino también a la promoción y participación en los programas correspondientes, públicos o privados, incorporando los mismos como otra práctica profesional más.©

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Barudy, J.; Dantagnan, M. (2007). Los buenos tratos a la infancia. Barcelona. Gedisa.
Bronfenbrenner, U. (2002). La ecología del desarrollo humano. Barcelona. Paidós.
Cyrulnik, B.(2003). El murmullo de los fantasmas: volver a la vida después de un trauma. (2005)
López, F. (2008). Necesidades en la infancia y en la adolescencia. Respuesta familiar, escolar y social. Madrid. Pirámide.


Eulalia Quevedo Collantes

Trabajadora y Educadora Social


 

Los menores en España

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Monográfico dedicado a la situación de los menores en España, desde la perspectiva de diversos especialistas y estudiosos de diferentes campos profesionales, se pone de relieve cuál es la realidad que viven hoy los menores en nuestro país. Con ello esperamos dar protagonismo a aquellos más indefensos en nuestra sociedad y hacer visible la situación precaria en la que se encuentran muchos niños/as y adolescentes que viven en un entorno hostil, tanto educativo, como jurídico, como social.


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