Revista Crítica

Usted está aquí: Inicio La Revista Monográfico Enfoque Por qué el decrecimiento es una buena alternativa

Por qué el decrecimiento es una buena alternativa

Escrito por: Carlos Taibo*
Enero - Febrero 2013

Desde hace unos años permanece abierta una disputa que se interesa por la acogida que la propuesta del decrecimiento tiene en un momento de crisis como el presente. Semejante propuesta, ¿encuentra hoy mayores dificultades que antaño o, por el contrario, está llamada a abrirse con mayor rapidez?

Admitamos que las dos perspectivas invocadas pueden aducir en su provecho argumentos respetables. La primera bebe ante todo de una idea: la de que mucha gente piensa que salir de la crisis es fundamentalmente volver a crecer en el terreno de la economía, tanto más cuanto que hoy se aprecian las muchas carencias que, al menos a primera vista, se derivan de la reducción de los ingresos de la población. La segunda recuerda, en cambio, que muchas personas estiman que las fórmulas que se están aplicando para encarar la crisis son las mismas que nos han conducido a ella, de tal manera que se impone prestar atención a propuestas que, como la del decrecimiento, plantean horizontes mentales muy diferentes. En este segundo sentido, el decrecimiento se beneficiaría de su condición provocadora, en la medida en que nos invita a considerar las relaciones económicas y sociales desde una perspectiva muy diferente, y en la medida, también, en que nos sugiere la conveniencia de romper con muchos atavismos, y entre ellos el que identifica sin más consumo, por un lado, y bienestar, por el otro.

Como quiera que la segunda de las percepciones glosadas es, con toda evidencia, la mía, me veo obligado a responder a una pregunta insorteable: ¿por qué el decrecimiento es, a mi entender, una alternativa muy interesante en un escenario de crisis como el que arrastramos hoy? Me permitiré encarar esa pregunta en cuatro estadios, con una coda final.

No queda más remedio

El primero de mis argumentos llama la atención sobre un hecho imperativo: en el Norte opulento tenemos que decrecer porque no nos queda más remedio. Hace tiempo que dejamos muy atrás las posibilidades medioambientales y de recursos que el planeta nos ofrece. De resultas, debemos ser conscientes de que hay que reducir, a menudo sensiblemente, la actividad de aquellos sectores económicos –el automóvil, la aviación, la construcción, la industria militar, por citar algunos ejemplos– que están en el origen de la expansión imparable de la huella ecológica. No se olvide que para mantener las actividades económicas hoy existentes en España precisamos nada menos que tres veces y media el territorio español. Con este panorama lo suyo es que concluyamos que, para postergar y limitar el colapso que muchos empezamos a entender que está a la vuelta de la esquina, se impone un ejercicio de prudencia elemental. Y ello tanto más cuanto que cabe dudar de que el designio de porfiar en la mecánica enloquecida característica del crecimiento nos haga en nuestros días más felices.

Porque obligado estoy a subrayar que el crecimiento económico no es esa panacea resolutora de todos los males que retrata machaconamente el discurso dominante. Recordemos al respecto que no siempre genera cohesión social, que de un tiempo a esta parte poco tiene que ver con la creación de puestos de trabajo, que se traduce con frecuencia en agresiones medioambientales literalmente irreversibles, que facilita el agotamiento de recursos básicos que no van a estar a disposición de las generaciones venideras, que propicia el expolio de la riqueza de los países del Sur y que, en fin, nos convierte en víctimas de un genuino modo de vida esclavo que, como ya he señalado, identifica fraudulenta e interesadamente consumo y bienestar.

Valores y principios diferentes

Quiero señalar, en segundo lugar, que la propuesta del decrecimiento reclama algo más que la mera reducción en los niveles de producción y de consumo. Reivindica, antes bien, la introducción de principios y valores muy diferentes de los hoy aplicados. Entre ellos se cuentan la primacía de la vida social –frente a nuestra obsesión por el consumo y la competitividad–, el ocio creativo –contrapuesto a las formas de ocio siempre vinculadas con el dinero–, el reparto del trabajo, la reducción de las dimensiones de muchas de las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte, la recuperación de la vida local –en un escenario de reaparición de fórmulas de democracia directa y autogestión– o, en fin, y en el terreno individual, la sobriedad y la sencillez voluntarias. Esos principios y valores han dejado huellas poderosas –no se olvide– en muchas de las prácticas históricas del movimiento obrero, en la economía de cuidados que protagonizan mayoritariamente las mujeres, en la lógica de la propia institución familiar y en la sabiduría popular que atesoran por igual nuestros campesinos viejos y muchos de los habitantes de los países del Sur. No nos son, pues, en modo alguno extraños.

Podemos vivir mejor con menos

Mi tercera apreciación pone el acento en la idea de que la propuesta del decrecimiento no tiene, pese a lo que pueda parecer, un carácter triste y sombrío. Subraya, muy al contrario, que podemos ‘vivir mejor con menos’. La principal página web francesa por el decrecimiento se reclama, significativamente, de la alegría de vivir. El referente mental de la propuesta, por decirlo de otro modo, no lo aportan unos lamas que viven aislados en un monasterio en una de las cimas del Himalaya, por respetable que pueda ser esta opción. Al efecto es importante rescatar el vigor de un elemento que he mencionado unas líneas más arriba: la necesidad de recuperar una vida social que infelizmente hemos ido perdiendo. Una vez hemos satisfecho las que se antojan necesidades básicas se trata, en otras palabras, de cambiar ‘bienes materiales’ por ‘bienes relacionales’. Trabajaremos menos horas, disfrutaremos de más tiempo libre, acrecentaremos nuestra vida social y reduciremos nuestros a menudo sin sentido niveles de consumo. Creo que este programa es mucho más atractivo que el que pone sobre la mesa el modo de vida esclavo que antes mencioné.

Una radical redistribución de la riqueza

Formulo una cuarta observación, que en este caso me obliga a situar en el terreno conceptual la propuesta del decrecimiento. A mi entender esta última no viene a sustituir a muchas de las contestaciones del capitalismo y de sus reglas que hemos conocido en el pasado: es, muy al contrario, un agregado a esas contestaciones. Nos dice que éstas deben incorporar elementos que antaño, y en virtud de unas u otras razones, no tenían el relieve que les correspondía, pero que hoy, con el colapso muy cerca, se impone tomar en consideración. En ese sentido, el proyecto del decrecimiento tiene que insertarse en una perspectiva, más general, de transformación radical del sistema en el que estamos emplazados, una perspectiva que por lógica implica abandonar el capitalismo. En semejante escenario debe hacerse valer una radical redistribución de la riqueza, de tal suerte que, en lo que a las consecuencias del decrecimiento se refiere, la mayoría ganará aunque algunos, claro, tendrán que perder. Porque cualquier propuesta de decrecimiento sensato debe serlo al tiempo de redistribución radical de los recursos. El problema de la economía española hoy -por descender a un ejemplo- no radica en que del 100 de 2007, antes del estallido de la crisis financiera, hayamos pasado a un 96 en estas horas: el problema principal estriba en que la riqueza correspondiente está cada vez peor distribuida (y nada induce a pensar que las cosas van a mejorar en este ámbito).

Pagar deudas pendientes

Me permito formular, como ya adelanté, una suerte de conclusión que me aconseja recordar algo importante: la propuesta del decrecimiento fue formulada, un decenio atrás, para encarar muchos de los problemas que se hacen valer en los países del Norte opulento. Tiene consecuencias importantes, sin embargo, en lo que se refiere a los países del Sur. Y las tiene en al menos dos terrenos. El primero de ellos apunta a un argumento ético: comprometámonos a decrecer en el Norte para disfrutar así de la posibilidad de solicitar que los países del Sur crezcan de otra manera y no reproduzcan los muchos errores que nosotros hemos cometido. El segundo pone el acento, una vez más, en la conveniencia de aprender de los habitantes de esos países del Sur, que a menudo son, paradójicamente, más independientes que nosotros: viven en pequeñas comunidades humanas, han mantenido una vida social mucho más rica que la nuestra y han conservado una relación mucho más fluida con el medio natural.

Lo diré de otra manera: el decrecimiento es un camino interesante para autoconvencernos de que hay que pagar tres grandes deudas pendientes. Si la primera lo es con las mujeres –víctimas casi siempre de una doble explotación, en el hogar y en los centros de trabajo, y de una manifiesta marginación en el orden material y simbólico- , la segunda lo es con los habitantes de los países del Sur, que aún hoy padecen los estragos del expolio de su riqueza humana y material. La tercera y última de esas deudas nos habla de los derechos de las generaciones venideras -también de los de las demás especies que nos acompañan en la Tierra-, a las que llevamos camino de entregar un planeta literalmente inhabitable. Me parece que este argumento es, por sí solo, más que convincente para concluir que la perspectiva del decrecimiento tiene hoy mayor actualidad que nunca. Con la crisis y sin ella.©

* Carlos Taibo es autor de En defensa del decrecimiento (Catarata, Madrid, 2009) y El decrecimiento explicado con sencillez (Catarata, Madrid, 2011.)


Carlos Taibo

Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Madrid


 

¿Hay alternativas a la crisis?

¿Hay alternativas a la crisis?

La compleja situación actual de crisis y las posibles alternativas para superarla ocupará el monográfico de nuestro número 983, en el que habrá importantes firmas que tratarán este tema desde distintas perspectivas. A parte de un análisis de la situación, se recoge una mirada hacia el futuro.


Ver revista Descargar Suscribirse

Artículos más leídos

Desde mi teclado

Desde mi teclado

El 93% de los internautas españoles tienen una cuenta activa en al menos una red social....

Crítica cumple 100 años

Crítica cumple 100 años

Hace exactamente 10 años, en el año 2003, yo misma titulaba el editorial de la...

La familia o la necesidad de andar por casa

La familia o la necesidad de andar por casa

Desde que el 22 de junio de 1981 el Parlamento español aprobara la famosa ley del...

Necesitamos testigos

Necesitamos testigos

Apropósito del Año de la Fe1 proclamado por el Papa Benedicto XVI, realizamos este número...

La educación no es neutral

La educación no es neutral

Para transformar la sociedad es necesario formar sujetos críticos y creativos, y...

  • Desde mi teclado

    Desde mi teclado

    Miércoles, 01 Mayo 2013 09:48
  • Crítica cumple 100 años

    Crítica cumple 100 años

    Domingo, 01 Septiembre 2013 00:00
  • La familia o la necesidad de andar por casa

    La familia o la necesidad de andar por casa

    Viernes, 01 Marzo 2013 11:07
  • Necesitamos testigos

    Necesitamos testigos

    Lunes, 01 Julio 2013 14:23
  • La educación no es neutral

    La educación no es neutral

    Martes, 01 Marzo 2011 13:57

Redes Sociales

Newsletter

Suscríbase a nuestras newsletters para recibir nuestros últimos comunicados
eMail incorrecto