21Septiembre2019

Revista Crítica

Usted está aquí: Inicio La Revista Monográfico Enfoque Ver, oír... e intentar echar una mano. La ayuda en situaciones de catástrofe

Ver, oír... e intentar echar una mano. La ayuda en situaciones de catástrofe

Escrito por: Luis Muiño
Septiembre - Octubre 2012

“(…) me puse triste y hasta la fecha lloro por mi hijo, porque era mi único hijo y ahora nomasito estoy sola, no duermo, vivo triste por él, porque perder un ser querido es triste y doloroso y nadie llena el vacío, solo Dios. Nosotros vivimos como traumados, a veces disimulamos, nos reímos, pero nuestras almas están heridas porque perdimos seres queridos y eso es duro”
ACAFADE, Florecerás Guatemala.
Citado en “Reconstruir el tejido social”, Carlos Martín Beristain. Ed. Icaria

La ayuda humanitaria, como cualquier actividad humana que nos confronta con el dolor, se traduce en experiencias subjetivas muy distintas. Hay cooperantes para los que supone un antes y un después porque cambia radicalmente su vida y hay otros en los que el impacto es mínimo. Para algunos supone un replanteamiento de sus concepciones éticas, para otros un afianzamiento ideológico. Las reacciones de cada cual son muy distintas, pero hay algunos fenómenos que, probablemente, hemos experimentado todos aquellos que alguna vez nos hemos dedicado a esas labores. Quizás, porque, de alguna manera, estas reacciones básicas forman parte de la respuesta humana más visceral ante la congoja ajena. Con el dolor no se razona: si conectamos con él lo reflejamos en sentimientos, una forma de experimentar el mundo en la que todos nos parecemos más de lo que creemos.

La visibilidad de los que sufren

El primer fenómeno inevitable que ha producido la ayuda humanitaria en situaciones de catástrofe es, probablemente, la visibilidad de los que sufren. La destrucción que generan ciertos cataclismos ha dejado de ser retrasmitidapara pasar a ser vista. La ayuda humanitaria ha reducido nuestra distancia con el dolor.

A principios de los años setenta, un demoledor experimento de los psicólogos Darley y Batson demostraba que el altruismo teórico no es suficiente para ver el desconsuelo de los que sufren. La investigación se realizó con estudiantes del Seminario Teológico de la Universidad de Princeton. A estos futuros sacerdotes se les pidió que dieran una charla sobre la parábola del buen samaritano. Después de concederles un tiempo para pensar sobre el tema y ordenar sus ideas, los investigadores les pidieron que se dirigiesen rápidamente a un estudio de grabación situado en otro edificio. Por el camino, los estudiantes se encontraron con un hombre caído en el umbral de una puerta, gimiendo lastimosamente y tosiendo, que parecía necesitar ayuda inmediata. Sin embargo, la prisa por realizar la grabación pudo más que el altruismo: el número de estudiantes que se detuvo a socorrer al pobre hombre no llegó al diez por ciento. La moraleja que extrajeron los autores del experimento parecía evidente, porque si ocurrió eso con personas comprometidas, era fácil extrapolar hasta qué punto ignoramos el sufrimiento ajeno en nuestra vida cotidiana.

Filósofos como Edgar Morin e historiadores como Philipe Ariès advierten que vivimos en una época de “muerte escondida” en la que se oculta de nuestra vista todo lo relacionado con la Dama de la Guadaña. Quizás la cuestión sea más profunda aún, quizás nuestro tiempo sea el del “dolor escondido”. Ocultamos el sufrimiento en lugares especiales a los que nunca acudimos si no nos afecta directamente y destinamos a personas especializadas para que se enfrenten a él. Incluso cuando parece que le damos visibilidad a la congoja, es solo para convertirla en espectáculo quitando los detalles humanos que nos provocarían empatía con los afligidos. ¿Qué recordamos del 11S, gente sufriendo o torres en llamas? Cuando los medios nos muestran imágenes de dolor, pocas veces aparecen los gritos, la sangre o los rostros del tormento.

Sin embargo, el que acude a intentar ayudar a las víctimas de esa catástrofe rompe con ese letargo. El tipo de personas que presumen de que aman a la humanidad pero a las que les cuesta querer al vecino corriente se dan de bruces contra el desconsuelo, contra la angustia. Y se somete a lo que probablemente sea la mayor prueba para los seres humanos: contemplar el sufrimiento y ser capaz de aportar algo de alivio. Entonces es el momento de elegir la “distancia emocional” adecuada, una de las grandes dificultades en las situaciones de ayuda. El arte de no alejarse del dolor ajeno convirtiéndose en un burócrata de la ayuda y, a la vez, no acercarse tanto como para resultar ineficaz, es una capacidad que se adquiere con el tiempo. No es fácil: es más sencillo hacer invisibles a los que sufren. Pero también es cierto que ver lo que ocurre es la única forma de estar de verdad en el mundo.

La importancia de la escucha

Esa inmersión en la aflicción se traduce también en otro fenómeno que se pone de manifiesto en la ayuda en catástrofes: la importancia de la escucha. Un viejo adagio dice que “un amigo es una persona que te pregunta cómo estás y se queda a escuchar la respuesta”. De alguna manera, la frase trasmite la dificultad que existe en el mundo actual para encontrar quién atienda a nuestras palabras. Y las experiencias catastróficas nos recuerdan que esa carencia puede tener mucha importancia, acabando por convertirse en uno de los mayores problemas de las víctimas.

Quizás el concepto más importante que ha surgido para explicar por qué hay personas que aguantan en momentos trágicos es el de resiliencia. Se llama así a la capacidad de una persona o grupo para proyectarse en el futuro a pesar de estar viviendo acontecimientos desestabilizadore como una catástrofe natural. Algunas variables implicadas tienen que ver con rasgos psicológicos internos: sentido del compromiso –con una ideología, con la familia, etc.– sensación de control sobre los acontecimientos, apertura a los cambios vitales –percepción de los problemas como retos– introspección y conocimiento de uno mismo, sentido del humor…

Pero hay otros factores que dependen de las relaciones con personas que ayudan a ese individuo. La psicóloga Emmy Werner siguió, durante más de treinta años, a más de quinientos niños nacidos en condiciones durísimas en la isla de Kauai. Una cierta cantidad de ellos había logrado, al final, un desarrollo vital positivo convirtiéndose en adultos auto-realizados. Según esta investigadora, había un nexo común en esos niños resilientes: todos encontraron, a lo largo de su vida, una persona que los aceptó de forma incondicional independientemente de su temperamento, su aspecto físico o su inteligencia. Todos habían dado con alguien que los escuchó sin juzgarlos; que les preguntó de forma abierta sin buscar una respuesta determinada; que entendió su diversidad y que les ayudó a encontrar un sentido a lo vivido, una forma de expresar el sufrimiento. Estos “optimizadores” (psicólogos o profesores, sacerdotes o familiares…) empujaron a estas personas a seguir adelante dándoles fuerzas para sobreponerse a su depresiva reacción inicial. A veces, había bastado una sola conversación, en la que ese dinamizador vital consiguió trasmitirles esperanza y cambiar el rumbo de su vida ayudándoles a preguntarse a sí mismos qué los podía hacer seguir adelante.

Actuar del modo adecuado

Pero no basta con sumergirse en el dolor: eso sería una forma de expandirlo. Cuando entramos en el escenario de una catástrofe, surge la necesidad de actuar. En las películas de mafiosos es habitual la consigna “Ver, oír y callar”. En la ayuda humanitaria ocurre lo contrario: quién oye y ve de verdad, nunca quiere dejar de hacer algo. Cuando se acude a un lugar donde ha tenido lugar una tragedia humanitaria, la motivación hacia la acción se hace perentoria.

En las primeras épocas, esto pudo resultar un problema. La necesidad de hacer algo (sin saber si es lo que hay que hacer) y las expectativas excesivas (el “Síndrome de Omnipotencia” de muchos cooperantes) generaron en muchas ocasiones problemas colaterales creados por la propia ayuda humanitaria y Síndrome de Burn-Out (quemado) en muchos cooperantes. Muchas personas que se unieron con ilusión a equipos de ayuda en catástrofes acabaron convirtiéndose en trabajadores cínicos, anestesiados emocionalmente y desencantados de la utilidad de la cooperación.

Pero poco a poco se ha ido creando un cuerpo teórico que ayuda a prevenir esta sensación fatalista.

Sabemos, por ejemplo, que para echar una mano en momentos trágicos hay que aprender a entender las diferencias transculturales: no se ayuda igual, por ejemplo, a las culturas colectivistas que a las sociedades más individualistas. En las primeras hay que tener en cuenta que las catástrofes no suponen solo un trauma personal, sino que afectan a toda la comunidad.

Conocemos también mejor el proceso de duelo y sus fases. Eso nos permite aportar nuestra ayuda en cuestiones como la realización de rituales que contribuyan a la aceptación de la pérdida; la creación de condiciones para que las personas puedan expresar sus sentimientos o la importancia de la adaptación a la nueva situación, casi siempre provisional.

Otra de las cuestiones en las que se ha avanzado es en la importancia de dotar de sentido a lo ocurrido. Las catástrofes naturales suponen una ruptura vital, algo que irrumpe en medio de una vida que suponemos que va a fluir por determinados cauces. Tras los primeros momentos, es importante interiorizar la experiencia como parte de la vida: por eso es tan importante buscar responsabilidades de lo ocurrido y mejorar la prevención para que no vuelva a suceder.

Por último, la ayuda en catástrofes tiene cada vez más en cuenta la necesidad que tienen los afectados de recuperar el control interno, la sensación de que ellos vuelven a llevar las riendas de su vida. Se trata de prevenir el “Síndrome de Institucionalización”, porque las víctimas necesitan una mano que les ayude a levantarse y volver a caminar, no alguien que las lleve en brazos para siempre.

El escritor Italo Calvino, en uno de sus momentos más pesimistas, escribió que Toda historia no es otra cosa que una infinita catástrofe de la cual intentamos salir lo mejor posible. Quizás sea cierto, pero la ayuda humanitaria en estas situaciones demuestra que los seres humanos podemos compartir este dolor vital y echarnos una mano unos a otros para sobrellevarlo.

La salvación de la humanidad depende solamente de hacer que todo concierna a todo el mundo. (Alexander Solzhenitsyn, discurso al recibir el Premio Nóbel).©


Luis Muiño

Psicoterapeuta


 

 

Comprender el dolor

Comprender el dolor

La ayuda en situaciones de catástrofe, el manejo emocional ante el dolor ajeno, el dolor en las grandes religiones, la representación del dolor en el cine, en definitiva, un mosaico de perspectivas con las que pretendemos comprender el dolor.


Ver revista Descargar Suscribirse

Artículos más leídos

La educación no es neutral

La educación no es neutral

Para transformar la sociedad es necesario formar sujetos críticos y creativos, y...

Consumo y ciudadanía

Consumo y ciudadanía

La ciudadanía no consiste únicamente en tener derechos, sino también...

Como lágrimas en la lluvia

Como lágrimas en la lluvia

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de...

Desde mi teclado

Desde mi teclado

El 93% de los internautas españoles tienen una cuenta activa en al menos una red social....

Crítica cumple 100 años

Crítica cumple 100 años

Hace exactamente 10 años, en el año 2003, yo misma titulaba el editorial de la...

  • La educación no es neutral

    La educación no es neutral

    Martes, 01 Marzo 2011 13:57
  • Consumo y ciudadanía

    Consumo y ciudadanía

    Martes, 01 Julio 2008 11:17
  • Como lágrimas en la lluvia

    Como lágrimas en la lluvia

    Sábado, 01 Marzo 2014 13:54
  • Desde mi teclado

    Desde mi teclado

    Miércoles, 01 Mayo 2013 09:48
  • Crítica cumple 100 años

    Crítica cumple 100 años

    Domingo, 01 Septiembre 2013 00:00

Redes Sociales

Newsletter

Suscríbase a nuestras newsletters para recibir nuestros últimos comunicados
eMail incorrecto