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Bailando con lobos

Escrito por: Antonio Grande
Enero - Febrero 2012

Miedo humano, horrores deshumanizadores y la importancia de la letra “A”

En una noche estrellada, un anciano de la tribu de los Cherokee estaba enseñando a sus nietos a través de cuentos. Les dijo: “Hay una lucha dentro de mí, una lucha terrible entre dos lobos.
Uno de estos lobos representa el miedo, el otro el amor. Esta misma lucha existe dentro de vosotros y de todos los demás.
Durante unos segundos, los nietos se quedaron en silencio, sin pronunciar palabra. “Abuelo, cuál de los dos lobos va a ganar?”, preguntó por fin uno de ellos. El anciano le sonrió calmadamente y respondió: “Aquel que yo decida alimentar”.
(Pilar Jericó)

Las emociones, como dice Elster, son “la sustancia de la vida, aquello que nos mantiene despiertos por la noche y que nos hace esperar más allá de toda esperanza.” (Elster, 2011, pag. 29). Y una de ellas, la que aparece en los escenarios de futuros inciertos como el que nos está tocando vivir, es el miedo.

El miedo es algo natural, normal, e incluso hasta podríamos decir que bueno, en tanto que forma parte de los recursos de los que estamos dotados para la supervivencia. Pero el miedo es también algo socialmente aprendido, que puede estar excesivamente presente y que en algunos casos es tóxico para nuestra vida.

En una sociedad globalizada, la inseguridad, el miedo, el riesgo han llegado a dominar las conciencias de individuos y colectivos del siglo XXI. Una inseguridad global, lo que algunos denominan “globalización negativa”, creada por la crisis económica, medioambiental y de seguridad a escala planetaria; y donde desde las radiaciones de los móviles hasta el terrorismo internacional, pasando por los recortes del Estado de Bienestar, de los salarios y del empleo, nuestra vida parece estar rodeada de potenciales “lobos” que nos dan miedo.

El miedo como emoción natural y sentimiento humano

El miedo es el nombre que damos a nuestra incertidumbre: a nuestra ignorancia con respecto a la amenaza y lo que hay que hacer para detenerla en seco, o para combatirla, si pararla es algo que está ya fuera de nuestro alcance. (Zygmunt Bauman)

El miedo es uno de los 5 sentimientos primarios o básicos, junto a la felicidad, la tristeza, la ira y el asco. El miedo se manifiesta en formas muy distintas: a la muerte, a la vida, a la enfermedad, al dolor, al abandono, etc. El temor puede llegar a ser tan amplio como el pensamiento nos permita dividir las situaciones que pueden generar en nosotros esa emoción y ese sentimiento tan profundamente humanos. Pero lo primero es hablar sobre la naturaleza del miedo en sí misma.

Según neurocientíficos como Antonio Damasio, el miedo es una emoción primaria, innata, generada a partir de un estímulo externo que genera un proceso emocional pre-programado en nuestro cerebro, y por lo tanto de origen genético. Eso sí, aunque genéticamente somos “miedosos” no estamos preprogramados para tener miedos específicos (excepto quizás el miedo a la caída por la pérdida de equilibrio). Como dice Damasio, no tenemos miedo genético a los osos o las serpientes, sino a características genéricas de esos animales, como puede ser el tamaño o el tipo de movimiento, que serían las que despertarían esa reacción emocional primaria de miedo que activa en nuestro cerebro la amígdala y generan respuestas internas musculares y del hipotálamo y los neurotransmisores, haciéndonos reaccionar con respiración entrecortada, mayor ritmo cardiaco, dilatación de los vasos sanguíneos, etc., reacciones que nuestro cerebro identifica como respuestas propias del miedo, convirtiéndolo en sentimiento, esto es, una evaluación consciente que hacemos de la percepción de nuestro estado corporal durante una respuesta emocional.

El miedo es un sentimiento, y como tal nos sirve para prestar atención a cambios significativos, funcionando como una especie de balance consciente de nuestra situación: nos dice cómo van yendo las cosas en nuestra vida, el modo en el que nuestros deseos y expectativas se encuentran o no con la realidad esperada. Si percibimos un peligro que amenaza nuestros deseos, lo percibimos como miedo, y esto ha sido clave en el incremento de nuestras oportunidades de supervivencia como individuos y como especie. El nivel de temor adecuado nos enfrenta a las dificultades haciéndonos capaces de resolver la situación, o en su defecto nos posibilita alejarnos del peligro.

En segundo lugar, como sentimiento, el miedo es una experiencia cifrada. Nuestros miedos tienen difícil explicación, porque muchas veces no sabemos de dónde proceden ni su sentido. De ahí que a veces el miedo se convierta en angustia, un temor generalizado, sin sentido, que puede convertirse en el mayor de los horrores que vivamos.

En tercer lugar, el miedo es un fenómeno transaccional en el que se da una causalidad circular, que no se corresponde con un pensamiento lineal por el que pensamos que detrás de cada efecto hay una causa. El miedo funciona a modo de vasos comunicantes, en el que uno de los vasos es el sistema de evaluación del sujeto; y el otro, el peligro real. El desencadenante puede en realidad entrar por uno u otro, de modo que el nivel de peligro determina el nivel de miedo; pero también al revés: el nivel de miedo que tengamos determina también el nivel de peligro que afrontamos: cuanto más miedo tengamos a una situación, más peligrosa puede resultar para nosotros, por lo que nuestra capacidad de adaptación a un entorno nos sirve de termómetro para medir la intensidad de nuestro miedo y nuestras posibilidades del afrontamiento del mismo.

Por último, el sentimiento de miedo inicia una nueva tendencia. Nos moviliza, cambia nuestra atención desde lo que estamos haciendo hacia la nueva situación, por lo que el miedo en sí mismo es, por lo tanto, beneficioso, ya que constituye un mecanismo de defensa que permite que respondamos a las situaciones no favorables con mayor eficacia. En ese sentido tendríamos que decir que el miedo no es la expresión de una profunda vulnerabilidad sino más bien el modo de afrontarla. Un miedo equilibrante.

Aunque también puede ser todo lo contrario, nos puede bloquear e incapacitar para reaccionar ante esos cambios, impidiéndonos poner en juego nuestro potencial, lo que Pilar Jericó denomina “miedo tóxico”. Ese tipo de miedo genera una sensación de impotencia, no por la propia cualidad o poder de la amenaza en sí, sino por la incapacidad de respuesta que se cierne como un abismo entre la amenaza y nuestras reacciones frente a ella. Un miedo que se convierte en crisis de confianza en nosotros mismos (cuando las amenazas son personales) o en nuestra propia sociedad (cuando son amenazas colectivas).

El miedo no es, por lo tanto, un sentimiento evidente en sí mismo, sino que tiene detrás diferentes motivaciones, por lo que es necesario para adentrarnos en el análisis del miedo la exploración de los diferentes significados sociales atribuidos al miedo, y las pautas culturales que gobiernan el modo como experimentamos, expresamos y afrontamos el miedo.

De la “sociedad del riesgo” al horror de lo inmanejable

Hemos tratado de exorcizar nuestros temores y hemos fracasado en el intento, habiendo sumando durante el mismo nuevos horrores a la lista total de los que pretendíamos abordar y ahuyentar antes de empezar. El más horrendo de nuevos terrores añadidos es el miedo a ser incapaces de impedir o conjugar el hecho mismo de tener miedo (Zygmunt Bauman).

El miedo es un fenómeno eminentemente social. Como decía Norbert Elías, las sociedades construyen esquemas o guiones culturales que comunican reglas sobre los sentimientos y lo que significan, y que sostienen los miedos como comprensiones comúnmente compartidas que se asientan como hechos culturales. De esa manera, las sociedades han construido esquemas culturales que instruyen a los individuos sobre cómo responder a los riesgos relacionados con su seguridad, enseñando las formas de experimentar, mostrar, ocultar o manejar nuestros miedos. No obstante, los individuos las interpretan e internalizan de acuerdo con sus relaciones con otras personas, sus circunstancias y temperamento.

Por eso, la intensidad del miedo no es directamente proporcional a las características objetivas de la amenaza, y muchas de esas potenciales amenazas no producen directamente miedo, sino que están mediatizadas por ideas, valores y normas culturales que dan significado a esa situación y nos informan sobre qué se espera de nosotros ante ella, qué debemos temer y cómo debemos temerlo. Ese carácter social y cultural del miedo es sobre todo evidente cuando es capaz de generar sensaciones de inseguridad y vulnerabilidad social incluso cuando no existen realmente esas amenazas.

Aunque algunos historiadores como Lucien Fevre habla del “miedo siempre, miedo en todas partes”, como algo presente en la vida cotidiana de la Europa del siglo XVI, lo que si podríamos decir que ha caracterizado al miedo antes de la modernidad es que los miedos estaban asociados a unas amenazas claramente formuladas: hambre, enfermedad y muerte, provocadas por malas cosechas, epidemias y guerras; frente a los cuales la modernidad prometía alejarnos de esas catástrofes, de esas fatalidades que generaban miedo.

Sin embargo, el contexto actual es de inseguridad global, una “sociedad del riesgo” (Ulrich Beck), o del “miedo líquido” (Zygmunt Bauman) o de la “inseguridad social” (Robert Castel), donde coexisten grandes miedos, como el terrorismo, el calentamiento global, la crisis económica, las epidemias globales; junto con miedos producidos por objetos aparentemente inofensivos, como la televisión, los móviles, los auriculares estéreo o los chuletones de “vaca loca”.

El miedo implica inseguridad del presente e incertidumbre sobre el futuro, y su carácter más peligroso es cuando se convierte en angustia, en sensación de impotencia, de falta de control sobre nuestros problemas, sobre nuestros mercados, sobre nuestras sociedades, sobre nuestras políticas, sobre el futuro de nuestro planeta. Miedos que nuestras obsesiones por la seguridad a través de la ciencia, la tecnología y la policía no consiguen conjurar.

Miedos que en algunos casos pueden estarse traduciendo actualmente en angustia social, ese tipo de miedo sin objeto claro que surge en situaciones donde el objeto del miedo es opaco o invisible, y conforma “comunidades de riesgo compartido”, donde terroristas, especuladores y primas de riesgo amenazan a los pueblos y sus gobiernos. Angustia social convertida en lo que Bauman denomina “el horror de lo inmanejable”, y que tiene su origen en la propia incapacidad de nuestras sociedades para gestionar una crisis que cada vez parece más inmanejable.

La idea de que somos objeto de amenazas da lugar al concepto de riesgo como categoría- atributo de individuos o colectivos “en riesgo”, que podría generar en algunos casos identidades donde lo que predomina, como dice U. Beck es el estado de “tengo miedo”, donde la comunidad de ansiedad toma el lugar de la comunidad de necesidades, convirtiendo el miedo en algo que configura y construye nuestra identidad.

Pero el miedo es una energía que esconde en su fondo la valentía, y todos los sentimientos positivos que, si los alimentamos, pueden hacer que nuestra danza con los lobos no sea una danza donde solo escuchamos la música del miedo.

En la película “El secreto de sus ojos” de Juan Jose Campanella, hay una escena final donde el protagonista (interpretado por Ricardo Darin) toma entre sus manos una nota que escribió al inicio de la historia que se narra, y que tiene escrita una palabra: “ Temo”. Y al igual que había tenido que ir haciendo durante la escritura de la novela sobre un crimen, con una vieja máquina a la que le falla la tecla de la letra “A”, coge una pluma y escribe, entre la “e” y la “m”, la letra “ A”, de modo que podemos leer: “TeAmo”. No hay antídoto ante el miedo más eficaz que el amor. Alimenta tu amor, no tu miedo.©

Referencias bibliográficas

Bauman, Zygmunt (2007): Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores. Barcelona, Paidós.
Ben-Ze`ev, Aaron (2001): The Subtetly of Emotions, Cambridge, MIT Press.
Castel, Robert (2004): La Inseguridad social. ¿Qué es estar protegido?, Manantial, Buenos Aires.
Damasio, Antonio (2010): Y el cerebro creó al hombre. Barcelona. Planeta.
Elias, Norbert (1988): El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, México, FCE.
Elster, Jon (2001): Sobre las pasiones: emoción, adicción y conducta humana, Barcelona, Paidós.
Jericó, Pilar (2010): No Miedo, en la empresa y en la vida. Barcelona, Alienta Booket. (2011): Héroes Cotidianos, Barcelona, Planeta.


Antonio Grande

Antropólogo. Universidad Alfonso X el Sabio


 

 

Repaso a nuestros miedos

Repaso a nuestros miedos

¿Qué es el miedo? ¿Cuál es su origen? ¿Son diferentes los miedos de la mujer y del hombre? La construcción social del miedo; El miedo en niños y adolescentes; El miedo desde la perspectiva de la fe; Miedo y pobreza; Miedo y vejez; El cine y el miedo; Miedos cotidianos; El miedo a la muerte, al fin del mundo... En éste monográfico trataremos de dar respuestas a los interrogantes y tratar el miedo desde todas las vertientes.


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