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Tejer redes de colaboración en educación

Escrito por: Mª Dolores Morillas
Noviembre - Diciembre 2012

…Sabemos cómo hemos comenzado; no
podemos decir dónde llegaremos. (…) Todos
hemos de cooperar. Aquí no hay uno sólo y los
demás son comparsa, sino que cada cual tiene
su sitio, su deber, su responsabilidad.
(P. Poveda, 1919)

En los medios de comunicación, en la calle, en los espacios de decisión política o económica se habla mucho de Educación. De “lo mal que va” o de la “inversión” que supone. De su transcendencia para el cambio social o del proceso de burocratización que vive.

Sin embargo, en ese gran debate público, raramente aparecen invitados los/as educadores/as que cotidianamente, a través de su quehacer profesional, están con las manos en la masa. Hablan periodistas o políticos, juristas o sindicatos, economistas o federaciones de AMPA. Raramente se le concede la palabra al profesorado en activo o a los educadores/as de espacios no formales, a los asesores de formación o a los inspectores de educación. A aquellos y aquellas que diariamente hacen posible los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Que la realidad educativa necesita cambios y cambios en profundidad, no cabe la menor duda. Que esos cambios no se producen, por más que se reformen las leyes cada año, sin el compromiso efectivo de las personas que estamos directamente implicadas en educación, es una obviedad.

Pero, ¿cómo se puede conseguir el compromiso de los/as educadores/as si la sociedad no les concede una palabra autorizada sobre su trabajo? Ante esta cuestión, podríamos entrar en debate sobre el por qué del desprestigio social de los espacios educativos, o lamentarnos de lo mal que nos tratan determinadas instituciones. Sin embargo ese debate no cambiaría nada.

Eliminar sospechas, aprender a cooperar

Los cambios educativos efectivos se producen cuando diversos grupos o redes de profesionales se unen para afrontar las situaciones problemáticas y darles respuestas en la práctica.

Unir a los/as educadores/as para el cambio no es tarea fácil. Se necesita en primer lugar quebrar la sospecha entre colectivos y aprender a cooperar. En el día a día aparece más “la rivalidad” entre los diversos espacios educativos que los nexos en común, aunque todos/as tengamos el mismo objetivo: el aprendizaje global de todas y cada una de las personas. En este sentido, se suele dar mucho más relieve a los conflictos entre centros educativos y familias que a los proyectos compartidos que se realizan en conjunto. Suelen subrayarse más las divergencias entre la educación pública y la privada que las convergencias de los procesos educativos que se viven, etc.

Esto sucede, en primer lugar, porque vivimos en unas estructuras educativas competitivas (que no competentes) en las que miramos a los demás no como posibles aliados para el cambio sino como “sospechosos” de invadir y/o controlar lo que consideramos nuestro espacio propio de actuación.

Las mejores teorías que fundamentan hoy la educación plantean la necesidad de crear estructuras de aprendizaje cooperativo generalizadas. Esto es así porque cuando las personas cooperan:

  • El nivel de rendimiento y la capacidad de cambio es mayor que en la situación individual (sinergia).
  • La experiencia de coordinación social permite aplicar lo aprendido a nuevas situaciones (autorregulación y transferencia).
  • Se produce un mayor desarrollo del aprendizaje derivado del conflicto sociocognitivo que se deriva de la confrontación simultánea de diversas perspectivas (pensamiento crítico).
  • Se da una correlación de metas entre los sujetos que cooperan (interdependencia positiva).
  • Aumenta la motivación y la significatividad del aprendizaje (inteligencia emocional).
  • Se respeta y valora la diversidad como riqueza (inclusión).

Pero, ¿cómo crear estructuras cooperativas de aprendizaje si los/as educadores/as, los/as docentes no sabemos colaborar en numerosas ocasiones entre nosotros/as? Para que una red de aprendizaje sea efectiva, necesita previamente (o con ella) a una red de educación que permita interaccionar al profesorado y a las familias en particular y a todos los profesionales de la educación implicados en el proceso, en general.

Una cultura de la cooperación

Está de moda hablar del trabajo en red. Pero, ¿sabemos hacerlo?… Trabajar en red es “otra” manera de trabajar, dentro de las organizaciones y en las relaciones entre ellas, otra forma de funcionar, de actuar, de compartir la información, de trabajar como un solo equipo cohesionado… No es un cambio superficial, es una transformación profunda de la cultura asociativa y de participación.

La implantación de una estructura colaborativa en educación sólo puede construirse sobre la base de una cultura de la cooperación que:

  • Conciba el aprendizaje como un proceso de construcción en el que la interacción es básica.
  • Introduzca la idea de éxito o fracaso en el aprendizaje como una realidad compartida en las que todos/as ganan o pierden.
  • Rompa con los modelos transmisivos tradicionales y abra espacios para el trabajo autónomo y para el trabajo colaborativo.
  • Establezca, en definitiva, que el ser humano se construye en la interacción social.

Trabajar en red supone en primer lugar, aprender a trabajar en equipo, a compartir metas y proyectos, tanto en el interior de cada institución educativa como entre ellas. Experiencias como las redes de proyectos, la docencia compartida, los programas de Aula Abierta, las Comunidades de Aprendizaje, etc. son un buen ejemplo de ello.

Trabajar en red también supone vivir la diferencia como riqueza, integrar los diversos espacios educativos. Las redes de centros y espacios educativos, las experiencias de las ciudades educadoras, los grupos de apoyo entre docentes, etc. apuntan a esta realidad.

Trabajar en red, permite afrontar los cambios complejos del mundo en que vivimos: las redes de innovación, de formación y de intercambio de conocimiento son una buena prueba de ello.

Condiciones que hacen viable una red de cooperación

Las redes de colaboración entre docentes y educadores/as pueden ser presenciales, virtuales o mixtas. Cada entorno tiene sus propias peculiaridades y ventajas. También se puede dar la colaboración como trabajo sistemático y formal o de manera informal y coyuntural. En cualquier caso es necesario entender que las redes deben siempre ser estructuras flexibles de colaboración.

La creación de redes de cooperación reclama una serie de condiciones que las hagan viables en el tiempo:

  • Articulación, valoración igualitaria y reciprocidad: Cada organización y cada profesional conoce las funciones y las competencias de las otras organizaciones y profesionales. Define sus actuaciones a partir de este reconocimiento y del trabajo colaborativo acordado entre los que componen la red.
  • Coherencia en los valores propuestos: Basada en que las acciones de la red sean pactadas, para que los valores propuestos sean coherentes en procesos, aplicación de proyectos, cultura de evaluación…
  • La organización en agrupamientos heterogéneos y flexibles que permitan que no todos/as tengan que estar en todo sin perder por ello las riquezas y el conocimiento de cada equipo.
  • La interdependencia positiva: las redes de cooperación parten del principio de que para tener éxito en la tarea es necesario colaborar.
  • La responsabilidad individual e institucional: Cuando en una red alguien se desentiende y no aporta aquello a lo que se ha comprometido, todo el conjunto pierde y en la red se instala la cultura de la sospecha.
  • La igualdad de oportunidades para el éxito: en cualquier red todos los elementos son valiosos y deben contribuir a las metas de la misma desde las posibilidades específicas de cada uno/a.
  • La interacción promotora: es la condición para pasar de un trabajo de equipo a un trabajo en equipo. Esta condición se traduce en las palabras de ánimo y estimulo entre los participantes, la ayuda y el apoyo en caso de necesidad, el intercambio de opiniones, recursos y estrategias, las observaciones críticas para mejorar, en definitiva la confianza mutua.
  • El procesamiento colaborativo de la información: Una red que no intercambia información no puede construir conocimiento. La información debe ser clara, compartida con todos/as y adecuada al momento que se vive.
  • La utilización de las habilidades cooperativas de cada uno/a: hay personas y grupos que presentan habilidades orientadas a la organización de la red, otras que ayudan a orientar los esfuerzos en la realización de la tarea, otros colectivos ayudan a profundizar y evaluar la tarea. Todas las habilidades cooperativas ayudan a construir red si se estimulan positivamente las habilidades de cada uno/a.
  • La evaluación grupal: las redes no avanzan y se quedan estancadas si no hay procesos de evaluación de las mismas que ayuden a promover cambios.

La comunicación, el diálogo permanente, el intercambio de ideas, es la forma básica y cotidiana del trabajo en red, una de sus claves esenciales. Todas las acciones que desarrollamos en red –como las que hacemos en nuestros centros– pasan necesariamente por la comunicación.

Eso no quiere decir (lo aclaramos, por si acaso) pasarse todo el día en reuniones. Por el contrario, significa “menos y mejores reuniones, y más, muchas más, formas diversas de comunicación e intercambio”. Si la comunicación no funciona, querer trabajar en red es perder el tiempo.

Concluyo apostando por un cambio educativo en el que se escuche la voz de los educadores/ as, porque ellos/as se han comprometido, de manera efectiva, a tejer redes de colaboración que permitan en la práctica ese cambio. Redes que pongan en valor su capacidad de respuesta ante la emergencia educativa. No importa que sean grandes o pequeñas... basta con que realmente acompañen a la vida.©


Mª Dolores Morillas

Directora del IEPS (Instituto de Estudios Pedagógicos Somosaguas)


 

 

Hacía dónde va la educación

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Número que analiza el estado de nuestro sistema educativo actual, así como abre una serie de interrogantes en torno a la metodología, los retos de los nuevos educadores, los nuevos entornos y tecnologías, el éxito en el aprendizaje, formación y retos del profesor del futuro, entre otros.


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