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Lenguaje, autoestima y familia

Escrito por: Nika Vázquez Seguí
Marzo - Abril 2013

La influencia que puede tener el modelo familiar,desde el punto de vista comunicativo y relacional, es más importante de lo que creemos, así como los efectos que puede tener en la persona a corto, medio y largo plazo para su desarrollo. Un claro ejemplo de ello son las etiquetas psicológicas que usamos al hablar.

Cuando en 1955 el psicólogo estadounidense Albert Ellis desarrolló la terapia racional emotiva conductual (TREC), dudo que se imaginase que tuviese una repercusión tan importante en el campo de la psicología. Según su teoría, ante una situación, ya sea cotidiana o extraordinaria, un sujeto desarrolla un pensamiento, interpretación o creencia, y según la naturaleza de este, se desencadenan unos sentimientos, provocando que actuemos de una manera totalmente diferente a la que actuaríamos si nuestros pensamientos fueran otros.

Así pues, nuestras acciones vienen condicionadas por nuestros pensamientos. En función de lo que pensemos, haremos y nos sentiremos. Y esa relación entre pensamientos, acciones y emociones la aprendemos de nuestros padres, de nuestro núcleo familiar o de los cuidadores que tenemos.

El riesgo de etiquetar conductas

La influencia que puede tener el modelo familiar, desde el punto de vista comunicativo y relacional, es más importante de lo que creemos, así como los efectos que puede tener en la persona a corto, medio y largo plazo para su desarrollo. Un claro ejemplo de ello son las etiquetas psicológicas que usamos al hablar. Hacemos referencia a las etiquetas psicológicas cuando ponemos un adjetivo a una conducta reiterada. No suele hacerse con la intención de ofender, pues algunas son buenas o positivas para el niño, pero no siempre provocan bienestar y satisfacción.

Un claro ejemplo suelen ser los niños que son hermanos mayores. Tienden a ser niños responsables, cuidadosos, atentos con los demás, y que suelen ser escuchados y tenidos en cuenta. Pero, ¿cuántas de esas cualidades no vienen impuestas por categorías que les ponen los padres de pequeños? Frases como “eres el hermano mayor y tienes que dar ejemplo” o “eres el más responsable de todos y cuidas de ellos muy bien”, hacen que el niño sienta limitado su campo de acción, y su conducta se centre sólo a lo que los padres esperan de él. Al fin y al cabo, los adjetivos son límites que imponemos a los niños, casillas en las cuales deben caber y a las que deben amoldarse respondiendo a las limitadas expectativas que los padres han puesto sobre ellos.

Para romper los límites que ponemos a los niños y dejarles vivir en libertad, para que expresen y actúen lo que les nazca, es importante evitar los calificativos y afirmaciones que traigan consigo rasgos, y cambiarlas por estados. Realizar el ejercicio de cambiar el verbo ser por estar, por ejemplo “eres travieso” por “estás travieso esta tarde”, trae grandes beneficios al niño, y le ayuda a identificarse en cada momento, en el aquí y el ahora, y no de forma continua y permanente.

Ayudar a crear una buena autoestima

Si lo que pensamos influye directamente en lo que hacemos, el lenguaje cobra un papel clave en el proceso de desarrollo de los sentimientos. Cuántas veces a lo largo del día nos descubrimos juzgando nuestras acciones o las acciones de los demás con adjetivos peyorativos o despectivos, o halagadores y positivos. En función de cuáles empleemos, nos sentiremos y sentiremos al otro de un modo u otro. La frase automática que sale de muchas cabezas o bocas al hacer algo erróneamente es “qué tonto/a soy”. Al hacer eso, la persona se está juzgando a nivel global y no sólo a nivel parcial, no teniendo en cuenta sólo la acción que acaba de hacer. Por otro lado, al juzgar de manera global y decirse este tipo de frases, se autoetiqueta con una cualidad peyorativa. Repetirse una y otra vez esto cada vez que se comete una equivocación o algo sale mal, acaba por minar la autoestima de la persona, pues nuestra realidad es la que nosotros creamos, la que nos creemos.

Al ser el lenguaje una construcción social, que aprendemos inicialmente en nuestra familia y de nuestras relaciones sociales, y vamos desarrollando a lo largo de la vida, dependiendo de cómo sean esas relaciones es probable que nos desarrollemos nosotros. La autoestima de cada persona no acontece en el vacío, no es fruto de una autopercepción solitaria y silenciosa, sino que surge con la percepción que cada persona tiene del modo en que los demás le estiman. Entre los 3 y los 6 años de vida es cuando se forma la personalidad de una persona y dependiendo del entorno y los aprendizajes que tenga durante ese periodo, sus interpretaciones y calificaciones de sí mismo será de un tipo u otro.

Así pues, los padres pueden interferir directamente en la autoestima del niño. Un estilo autoritario o demasiado dependiente hará que la autoestima del niño se vea mermada y en detrimento. Esto se da al castigar constantemente cada acción o no dar al niño la seguridad e independencia suficiente para descubrir el mundo por sí mismo y experimentar. Del mismo modo, un estilo educativo donde se refuerce perseguir metas, pero haciendo hincapié en el proceso más que en el resultado, donde los éxitos sean festejados y las derrotas sean vistas como oportunidades para aprender y crecer es beneficioso para el niño. Hará que en un futuro ese niño sienta su autoestima fuerte, sea conocedor sus puntos débiles y sus fortalezas y haya aprendido a sacar el máximo partido de ellas.

Estamos a tiempo de cambiar

Aunque esté comprobado que repetimos los patrones que aprendemos, ya sea en la infancia o en la edad adulta, tenemos la capacidad de cambiarlos y actuar de un modo más adaptativo y beneficioso para nosotros. Para ello, “simplemente” tenemos que darnos cuenta de cómo actuamos, observar nuestro entorno y elegir hacerlo de un modo diferente. Si durante tantos años nuestra familia, nuestra red social e incluso nosotros mismos, nos boicoteamos mermando nuestra autoestima, el esfuerzo que supone desmontar todas esas ideas irracionales y trabajar desde cero puede ser duro, pero nosotros mismos debemos valorar si merece la pena el cambio.

Lo cierto es que repetir patrones, aunque conscientemente no nos gusten o los critiquemos cuando los hacen los demás, es un modo fácil de actuar. Nuestra mente imita conductas cercanas, y de un modo automático las reproduce. Pero si lo que deseamos es romper con esos patrones, porque sentimos que no nos representan, porque nos crean malestar o porque queremos desarrollar nuestra libertad de acción más allá de lo aprendido, es esencial “sentarnos a sentirnos”, ser críticos con nosotros mismos y analizar nuestras acciones. Posteriormente se trata de cambiar esos modos de actuar a través, por ejemplo, de los pensamientos que retroalimentan nuestra baja autoestima, cambiando juicios de valor absolutos por parciales o temporales.

Llegados a este punto, negar que es un trabajo arduo y costoso sería una falacia, pero la recompensa que obtenemos puede ser tan grande y tan beneficiosa para nosotros que resulta casi imposible no plantearse, al menos, experimentar el cambio y comprobar resultados. Tiempo para estar mal y volver a los patrones aprendidos siempre tenemos, y es esencial reconocer cuándo sentimos que necesitamos un cambio para ser felices y ponerse manos a la obra en ese momento.

Muchas personas consideran que la teoría de Ellis es difícil de llevar a cabo, pues sienten que cambiar pensamientos y creencias que han estado alimentando durante años es una tarea complicada y que requiere demasiado tiempo y dedicación. La ciencia se ha puesto del lado de estas personas y les facilita el cambio de un modo sencillo y casi sin esfuerzo. Hoy sabemos que podemos cambiar un sentimiento sin cambiar un pensamiento, cambiando simplemente una acción.

Fritz Strack y colaboradores observaron que el simple hecho de ponerse un lápiz entre los labios provocaba que los músculos faciales reprodujeran los mismos movimientos que se dan cuando sonreímos.

Al hacer esa pequeña acción, el cerebro interpreta que estamos sonriendo, por lo que segrega endorfinas, hormonas relacionadas con la felicidad, por lo que nos sentimos felices. Investigaciones posteriores agregaron que este efecto no desaparece en cuanto se termina de sonreír. Sigue presente y afecta a varios aspectos del comportamiento, incluida una interacción más positiva con los demás y la capacidad de recordar mejor acontecimientos felices de la vida.

Así pues, con todo podemos concluir que si queremos ser felices, tener una alta autoestima y sentirnos a gusto con nosotros mismos, debemos actuar como lo hacen las personas felices, cambiar etiquetas negativas por positivas y valorar o juzgar sólo las acciones negativas, no la totalidad de las personas o de nosotros mismos.©

 


Nika Vázquez Seguí

 Psicóloga y Master en Psico-oncología y Psicología clínica y de la Salud


 

Retrato de familia

Retrato de familia

En este número, Crítica lleva a cabo una radiografía sobre la familia en nuestro país, aunque los nuevos modelos y unidades familiares ocuparán el grueso de nuestro monográfico se da una visión amplia de todos aquellos problemas y conflictos que se dan dentro del seno familiar, como siempre aportando una visión multidisciplinar apoyada y respaldada por prestigiosas firmas especializadas en el tema.


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